(OPINIÓN) Colombia no va a salir adelante odiando a sus ricos. Por: Andrés Gaviria Cano
La foto es casi absurda
La foto es casi absurda: un aeropuerto pequeño, de provincia, completamente lleno de jets privados. Fila tras fila de aviones blancos, estacionados solo para una cosa: el Masters de golf en Augusta. Un torneo de una semana, 100 golfistas en el campo… y afuera, centenares de aviones cargados de millonarios que vienen a verlos jugar.
Esa imagen condensa algo que en Colombia todavía nos cuesta digerir. En Estados Unidos, nadie se escandaliza porque el aeropuerto esté lleno de jets privados para un evento deportivo. Hay debate ambiental, hay críticas, sí. Pero en el fondo hay una aceptación cultural de que la riqueza existe, circula, se muestra y, sobre todo, se produce.
En Colombia, en cambio, basta un solo jet para desatar el ritual de siempre: “los malvados ricos”, “los de siempre”, “los que nos tienen así”. Nos enseñaron a sospechar de la riqueza como si fuera un delito moral en sí misma. Y así hemos construido una especie de religión laica: la igualdad de la pobreza. Si todos estamos jodidos, al menos nadie está “por encima”.
El problema es que ningún país ha salido adelante desde el resentimiento. Un país no progresa persiguiendo a quienes les va bien, sino multiplicando las condiciones para que a muchos más les vaya mejor. Es imposible tener desarrollo sin riqueza, así como es imposible tener empleo sin empresas que inviertan, arriesguen y ganen plata. No existe el milagro de una sociedad próspera sin gente próspera.
Aquí confundimos dos cosas que deberían ir separadas: por un lado, la lucha contra la corrupción, los monopolios y los privilegios amañados; por el otro, la estigmatización genérica de todo el que tiene dinero. Lo primero es urgente e indispensable. Lo segundo es puro veneno cultural. Cuando metemos a todos en el mismo saco, el mensaje que mandamos es claro: en este país, si te va bien, eres sospechoso por definición.
Colombia es un país que necesita desesperadamente más riqueza productiva: más empresas, más inversión, más innovación, más gente creando valor y no solo sobreviviendo. Y sin embargo, tratamos a nuestros pocos ricos como si fueran una plaga que hubiera que tolerar a regañadientes. Nos cuesta algo muy simple pero políticamente incorrecto: admitir que un país sin ricos tampoco tiene cómo crear nuevos ricos, ni cómo sostener una clase media amplia y sólida.
Necesitamos cambiar el chip: dejar de hablar de “ellos” como si no nos tocaran. Cuando alguien monta empresa, arriesga capital, contrata gente, paga nómina, se equivoca, pierde y vuelve a intentar, no está actuando contra el país, sino a favor. ¿Hay empresarios corruptos? Sí. ¿Hay contratos amañados, capturas del Estado, abusos de poder? También. Pero la respuesta a eso no puede ser odiar a todo el que crea riqueza, porque entonces terminamos castigando también a los que hacen las cosas bien.
Hay un tipo de pobreza que se ve y otra que no. La pobreza material es dolorosa y evidente. La pobreza mental, en cambio, es silenciosa: es ese resentimiento instalado que nos hace desear que, si yo no puedo subir, al menos el de arriba se caiga. Es la envidia disfrazada de discurso moral. Es la idea de que el éxito ajeno es una agresión personal y no una posibilidad de aprender o de abrir caminos.
La foto de los jets en Augusta provoca muchas reacciones. Habrá quien vea solo contaminación y exceso. Otros verán lujo y derroche. Yo veo algo más incómodo para nosotros: una sociedad que, con todos sus problemas, entiende que la riqueza es parte del juego. Que la envidia no crea ni un solo empleo. Que el odio a los que tienen no ha sacado de la pobreza a nadie, en ninguna parte.
Colombia necesita abrazar —sí, abrazar— a los pocos ricos productivos que tiene. No para arrodillarse ante ellos, no para entregarles el país, sino para entender que sin ellos no habrá inversión, ni empleo, ni innovación. Necesita también algo igual de importante: atraer más ricos de afuera, más capital, más talento, más gente que venga a arriesgar aquí. Si a los que ya están los tratamos como enemigos de clase, ¿qué mensaje le mandamos a los que podrían venir?
No se trata de romantizar al rico, se trata de dejar de romantizar la pobreza. Dejar de celebrar la precariedad como si fuera una virtud moral y de usar el resentimiento como programa político. El verdadero cambio no es bajar a todos al mismo nivel, sino subir las oportunidades para que millones puedan crear su propia riqueza.
La pobreza material duele, pero la pobreza mental condena. Un país que odia a sus ricos termina odiando también la idea de prosperar. Y un país que le tiene miedo a la prosperidad solo puede ofrecer una cosa: igualdad… pero de la escasez.
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