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(OPINIÓN) No todo es tan grave como nos lo quieren hacer sentir. Por: Laura Mejía

En medio de un entorno marcado por la alarma constante y la sobreexposición de crisis, Laura Mejía plantea una reflexión sobre cómo se está narrando Colombia y advierte sobre los efectos de un discurso público que, entre la exageración y la inmediatez, puede estar debilitando la capacidad de análisis, la participación y la construcción colectiva.

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(OPINIÓN) No todo es tan grave como nos lo quieren hacer sentir. Por: Laura Mejía

En Colombia parece haberse instalado una costumbre peligrosa: todo es urgente, todo es crítico, todo es definitivo. Vivimos entre titulares que anuncian el fin de algo: la democracia, la economía, la salud, la confianza, como si el país estuviera permanentemente al borde del abismo.

Y no es que no tengamos problemas. Claro que los tenemos. Pero otra cosa distinta es la manera en que se está construyendo el relato público: uno donde la alarma constante termina reemplazando el análisis, y donde la exageración compite con la información.

En ese ruido, algo se va perdiendo: la capacidad de distinguir entre lo grave y lo matizable, entre lo estructural y lo coyuntural, entre lo que exige acción inmediata y lo que requiere paciencia institucional.

Hace unos días, en una conversación con unos amigos, expresé que estaba preocupada por las próximas elecciones. Expliqué mis razones. Pero también dije algo más: que lo que más me inquietaba era ver a la gente desorientada, atrapada en un ambiente donde las redes sociales se están convirtiendo en un escenario cada vez más peligroso, amplificando los problemas y construyendo una imagen de Colombia que, sin negar sus dificultades, no siempre corresponde con la totalidad de la realidad.

Sostuve que esa exageración constante puede terminar teniendo un efecto profundo: paralizar, desgastar o incluso llevar a la resignación colectiva.

La reacción fue inmediata. Me dijeron ingenua, poco realista, que estaba romantizando el país.

Y no se trata de eso.

No se trata de negar lo que ocurre ni de maquillarlo. Se trata de algo más básico: no perder la capacidad de ver con proporción. Porque cuando todo se presenta como desastre absoluto, el pensamiento se estrecha y la conversación se empobrece.

Y hay algo que me preocupa todavía más.

Que muchas veces quienes más hablan de “lo mal que está Colombia” son, paradójicamente, quienes menos construyen. Quienes más critican, pero menos proponen. Quienes más señalan, pero menos se involucran. Quienes se quedan en la queja, pero no en la acción colectiva.

El problema no es solo el diagnóstico, es la actitud frente a ese diagnóstico.

Porque lo que más me inquieta no es el resultado de las próximas elecciones. Es que incluso si el resultado es el que muchos esperan, sigamos atrapados en la misma crisis de fondo: una crisis que no depende de un gobierno ni de un nombre propio, sino de algo más profundo y más difícil de resolver.

Una crisis de indiferencia, de cinismo, de debate superficial, de rabia permanente, de inseguridad emocional y de miedo social.

Esa es la verdadera fractura.

Y quizás por eso hay que decirlo con claridad: Colombia no se define por un presidente. Se define, sobre todo, por lo que cada uno de nosotros está dispuesto —o no— a construir en común.

El país no se cae solo desde arriba. Tampoco se salva solo desde arriba.

Tal vez el reto no sea solo resolver los problemas del país, sino también recuperar una forma más honesta, y más equilibrada, de contarlos.

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