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(NOS ESCRIBEN) Carta de un general a uno de sus compañeros de curso

Apreciado curso ¿Recuerdas cuando llegamos a la primera estación asignada, después de salir de la Escuela de Cadetes General Santander? ¡Cómo éramos de jóvenes! Acomodamos nuestras cosas en el alojamiento y recibimos las órdenes respectivas. Ese primer viernes, jamás lo olvidaré. Me correspondió el

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Redacción IFM
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Apreciado curso

¿Recuerdas cuando llegamos a la primera estación asignada, después de salir de la Escuela de Cadetes General Santander? ¡Cómo éramos de jóvenes! Acomodamos nuestras cosas en el alojamiento y recibimos las órdenes respectivas.

Ese primer viernes, jamás lo olvidaré. Me correspondió el primer turno (de las 22:00 horas a las 06:00) y comencé a recorrer la jurisdicción. Era una panel, de las Ford, que estaba tan podrida, que el piso del puesto de la derecha, ya no existía. Tuve los pies, mientras estaba en la patrulla, trepados a lado y lado de la silla, tratando de mantener el equilibrio para no terminar cayéndome por el hueco.

Eso sí: estaba muy bien puesto. Llevaba mi número tres impecable, mis botas altas, el kepis nuevo, el abrigo que servía para mitigar el frío de la noche y el universal encima. Mientras la gente de nuestra edad se divertía y pasaba las horas en Discovery, yo me aseguraba, como todos nosotros, de que estuvieran bien y seguros y que llegaran sanos y salvos a sus casas. Así se nos fue el estado físico, pues el lavadero del abdomen le dio paso a barrigas de diferentes tamaños, todo por la imposibilidad de hacer siquiera una hora de ejercicio.

Pasó el tiempo y superamos el año de prueba. Nos comenzaron a trasladar: a ti, si mal no recuerdo, te mandaron para el comando de la Mebog y a mí me enviaron para la Cundinamarca. Fuimos afortunados. A muchos de nuestro curso los trasladaron a Medellín y uno a uno comenzaron a caer en esa guerra sin cuartel que tuvimos que librar, muchas veces con las uñas, contra el cartel de Medellín y contra la guerrilla en «la finca de Santander» y en otras partes del país. Las reuniones de nuestro curso se volvieron habituales, pero no por el gusto de encontrarnos, sino por acompañar a las familias de nuestros compañeros caídos.

Despedimos a decenas de amigos y cómplices, a muchos de los que compitieron con nosotros en natación o en el polígono del Teniente Jerez. Llevamos el ataúd por el Centro Religioso, mientras las familias se resistían a entender que ese era el destino al que todos podíamos llegar.  

Unos años después, a ti te trasladaron a Medellín y comenzaste a contar los compañeros muertos, a ver el dolor de las familias y a sufrir la pérdida de tu mejor amigo, por una bala disparada por un lavaperros del narcotráfico. Entre tanto, yo tenía que enfrentar a la guerrilla en el Cauca. Recuerdo que, cuando me trasladaron, me llevé a mi perro, que era prácticamente mi única compañía. Me asignaron el comando de estación de un pueblo y allá llegó la guerrilla para acabar con todo y asaltar el banco. En medio del combate, hirieron a varios hombres y también a mi perro, a quien tuve que enterrar en medio de la destrucción ocasionada por esos bandoleros.

Así se nos fue la vida. Mientras tu asumiste la vida civil, después de retirarte, yo decidí seguir con el uniforme encima. ¡No te imaginas las veces que he recordado lo que nos enseñaba aquel coronel en la Escuela!: «la policía no se hizo para quererla, sino para respetarla». He tenido que ver como la gente no nos quiere, estamos acostumbrados a eso, pero también he sido testigo durante todos estos años, que tampoco nos respetan.

211 muchachos decidimos, hace mucho tiempo, jurar por Dios y por la Patria, que estábamos dispuestos a dar la vida por la gente. Hoy hice cuentas, nuevamente, antes de escribirte: más de 150 murieron con el uniforme puesto, antes de llegar al grado de capitán. Lástima que muy pocos reconocen el sacrificio que esos jóvenes llenos de ilusión, tuvimos que hacer por este pueblo muchas veces ingrato.

Por todo lo que hemos vivido, que nadie se atreva a preguntarnos lo que va a pasar en el país: las decisiones políticas las toman los votantes y los funcionarios. Nosotros obedecemos. Escogieron, en las urnas, el camino del resentimiento y de la desmoralización de los uniformados y les corresponde a los que llegan, hacer valer la decisión de los ciudadanos.  

Anónima

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