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(ANÁLISIS) El por qué Washington habla hoy con Delcy Rodríguez y no con María Corina Machado

Las horas posteriores al pronunciamiento de Donald Trump sobre Venezuela dejaron una sensación de desconcierto en amplios sectores de la oposición venezolana y de la opinión pública internacional. El hecho de que Estados Unidos no anunciara una entrega inmediata del poder a Edmundo González y María

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Redacción IFM
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El por qué Washington habla hoy con Delcy Rodríguez y no con María Corina Machado

Las horas posteriores al pronunciamiento de Donald Trump sobre Venezuela dejaron una sensación de desconcierto en amplios sectores de la oposición venezolana y de la opinión pública internacional. El hecho de que Estados Unidos no anunciara una entrega inmediata del poder a Edmundo González y María Corina Machado, y que en cambio reconociera la necesidad de mantener interlocución con Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen chavista, fue leído por muchos como una claudicación moral. Sin embargo, un análisis frío del escenario revela que la decisión responde menos a simpatías políticas que a una lógica clásica de administración de crisis y transiciones de poder en contextos autoritarios profundamente armados.

La clave para entender este momento está en una realidad incómoda que se traduce en reconocer que el poder real en Venezuela, tras la caída o captura de Nicolás Maduro, no lo detenta la oposición civil, sino el entramado chavista-madurista que aún controla las armas, las instituciones, la inteligencia, las empresas estratégicas y buena parte del territorio. En escenarios de transición dura, la historia demuestra que se negocia primero con quienes pueden apagar o encender el incendio, no necesariamente con quienes tienen la razón moral o la legitimidad electoral.

El poder que permanece tras la caída del líder

La salida de un líder autoritario no implica automáticamente la desaparición del régimen que lo sostuvo. En Venezuela, el chavismo no es solo una figura presidencial; es una estructura compleja que conserva el control administrativo y coercitivo del Estado. Cortes, entidades estatales, PDVSA, bancos públicos, puertos, aduanas y empresas básicas; siguen bajo la órbita de funcionarios formados y leales al sistema que gobernó durante más de dos décadas.

En ese contexto, Delcy Rodríguez no aparece como una figura de continuidad ideológica por convicción externa, sino como un nodo funcional del poder que aún existe. Representa la capacidad de garantizar que el país no se paralice en cuestión de días, algo que para Washington es prioritario si el objetivo es evitar un colapso humanitario mayor y un vacío de poder que derive en violencia generalizada.

La utilidad de Delcy Rodríguez, desde la perspectiva estadounidense, no radica en su legitimidad, sino en su capacidad operativa. Ella mantiene canales directos con el poder duro de Maduro como las Fuerzas Militares, servicios de inteligencia, colectivos armados y redes burocráticas que siguen activas tras décadas de enquistamiento ideológico y burocrático que seguramente se resistirá a salir. Delcy Rodríguez, no gobierna de manera autónoma, pero ayudará en un proceso de transición presionada por Estados Unidos a coordinar las fuerzas en choque; y en una fase inicial de transición, aportaría a la coordinación que pesa más que la representación.

Negociar no es legitimar

Uno de los errores más frecuentes en este tipo de coyunturas es confundir negociación con reconocimiento político. Que Delcy Rodríguez esté sentada en la mesa no significa que Estados Unidos valide el proyecto chavista ni que renuncie a la restauración democrática. Significa, más bien, que reconoce una correlación de fuerzas que no se puede ignorar sin provocar un escenario de confrontación abierta.

En este punto, la estrategia estadounidense parece orientada a dos niveles simultáneos. En la superficie, una agenda pública en la que el discurso de Rodríguez seguirá alineado con los principios formales del chavismo. En paralelo, una agenda reservada de conversaciones destinadas a garantizar desmovilizaciones, entrega de información sensible, control de focos armados y compromisos verificables que permitan avanzar hacia una transición ordenada. La pista la dio Trump, “ella hará lo que le pidamos”.

Esta doble vía no es nueva en procesos de salida de regímenes autoritarios. La diferencia está en que, en el caso venezolano, la presión militar y naval en el Caribe introduce un elemento disuasivo permanente. La negociación ocurre bajo la amenaza implícita de que el incumplimiento tendrá costos inmediatos. también lo anunció Trump, “estamos listos para una segunda oleada de ataques”

Por qué María Corina Machado no entra en la primera fase

La exclusión temporal de María Corina Machado del centro del proceso ha generado incomodidad en algunos sectores y voces reactivas han dado cuenta de ello; pero responde a una lógica de seguridad más que a un veto político. Machado no controla armas, no controla territorio y no dispone de una estructura logística capaz de garantizar que, de asumir el poder de forma inmediata, no se produzca una reacción violenta de las fuerzas que aún dominan el país.

Para el chavismo duro, ella representa una amenaza existencial. Su llegada abrupta al poder podría detonar una respuesta de colectivos armados, sectores radicalizados de la Fuerza Armada y estructuras criminales que operan en simbiosis con el régimen. En ese escenario, el riesgo no solo sería institucional, sino personal. La historia latinoamericana muestra que las transiciones mal administradas suelen cobrarse la vida de líderes civiles cuando no existe control efectivo del aparato coercitivo.

Además, incorporar a Machado en esta fase inicial bloquearía cualquier negociación en curso. Para los sectores que aún conservan poder armado, ella simboliza la derrota total, no una salida negociada. Forzar su protagonismo ahora podría empujar al chavismo residual a optar por la confrontación antes que por la entrega gradual del poder.

Edmundo González, pieza clave pero no operador

Edmundo González, por su parte, cumple un rol distinto. Es la expresión del mandato electoral y un símbolo de consenso civil expresado en las urnas, pero no es, en esta etapa, un operador de poder. Su figura será clave en fases posteriores, cuando el control del territorio y de las armas haya sido neutralizado y el escenario permita un traspaso institucional sin riesgo de colapso y de manera ordenada.

En las transiciones complejas, los símbolos del poder no apagan incendios; los administradores del poder real sí. Esto no devalúa la legitimidad de González, sino que la preserva para un momento en el que pueda ejercerla sin quedar rehén de estructuras hostiles.

Las fases de una transición inevitablemente larga

El escenario que se perfila para Venezuela responde a un esquema que se ha repetido en otros procesos históricos similares en el mundo. No se está ante un caso único ni nuevo. Sobre estas situaciones ya hay un guión. En una primera fase, el objetivo central es el control de la coyuntura y evitar el caos. Se busca la estabilización inmediata y se prepara el terreno para el para la transición política e institucional. Aquí se negocia con quienes tienen armas, información sensible y capacidad de sabotaje.

Es en esta fase en la que encaja Delcy Rodríguez, no por afinidad, sino porque “no tiene alternativa”, como reconoció Trump en sus declaraciones. Este periodo requiere de una alta financiación operativa que proveerá Estados Unidos, pero que cobrará en acuerdos económicos cuando finalmente entregue el poder en medio de las condiciones.

La segunda fase implica la administración temporal del poder y el reacomodo institucional. Comienzan a aparecer figuras civiles, técnicas y políticamente aceptables para amplios sectores, que operan bajo nuevas condiciones. Es en este punto donde Edmundo González, María Corina Machado y otros actores democráticos empiezan a asumir roles más visibles. Es el período en el que se reconoce el triunfo en las urnas como voluntad popular y se restablece la democracia bajo un poder legítimo.

La tercera fase es la de legitimación plena del proceso. Se reordenan las reglas democráticas, se reconstruye el sistema electoral, se redefine el modelo económico y se busca una narrativa de reconciliación nacional. En este momento, decisiones de fondo como una eventual dolarización, la reforma monetaria y la reinserción financiera internacional se vuelven inevitables, el restablecimiento del comercio internacional y el retorno de millones de venezolanos con inversiones y reconstrucción del tejido social, empresarial, institucional y económico.

Entusiasmo peligroso

El impacto emocional de la caída de Maduro ha llevado a muchos a creer que el cambio es inmediato y total. La experiencia demuestra lo contrario. Venezuela enfrenta la resistencia de estructuras armadas, economías ilícitas y actores transnacionales como las disidencias de las Farc, el ELN y redes del narcotráfico que no desaparecerán de la noche a la mañana.

Pensar que la salida del dictador implica automáticamente el restablecimiento del orden democrático es desconocer la profundidad de la crisis venezolana. Primero mandan quienes pueden evitar que el país arda; después, quienes pueden gobernar; y solo al final, quienes pueden representar plenamente al pueblo.

La historia ha demostrado en estos casos, que no siempre al cortarle la cabeza a la serpiente, ella muere. A veces al cortar la cabeza, estas se reproducen. Este peligro está latente y se manifestará en la resistencia que está por venir. Las diferentes fuerzas chavistas-maduristas, guerrilleras y narcotraficantes, entran en una etapa de reorganización antes combatir y reaccionar. Se tomarán su tiempo y buscarán hacer contrapeso y boicot al proceso de transición.

historia han demostrado que en estos periodos de reorganización de la resistencia, los diferentes grupos acuden a técnicas que van de sabotaje al terrorismo. En este periodo será fundamental la fortaleza de la inteligencia y la contrainteligencia de quienes administran el retorno a la democracia. En este punto los Estados Unidos tienen larga experiencia.

El papel de Estados Unidos y lo que viene

Estados Unidos parece decidido a administrar la transición con un enfoque pragmático. Marco Rubio aparece como el negociador y administrador visible, mientras que María Corina Machado podría operar como legitimadora política en la sombra, preparando el terreno para capitalizar democráticamente el proceso cuando las condiciones lo permitan.

Hoy se habla con Delcy Rodríguez porque es funcional al control del caos. Mañana se hablará con Edmundo González, María Corina Machado y otros actores para conformar una eventual comisión de transición. No se trata de una traición a la democracia, sino de una secuencia calculada para que la democracia pueda sobrevivir, el guión está escrito revisando la historia.

En Venezuela, el desafío no es solo sacar al régimen, sino evitar que el país se quiebre en el intento. La estrategia actual, aunque incómoda y difícil de aceptar emocionalmente, responde a una lógica que privilegia la vida, la estabilidad y la posibilidad real de reconstrucción institucional. La historia juzgará si fue acertada, pero ignorar esa lógica habría significado apostar por el caos.

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