(OPINIÓN) La democracia de la rabia colombiana. Por: Manuela Correa Poveda
La creciente división política del país, el deterioro del debate público y las narrativas que alimentan el miedo y la confrontación son el eje de esta reflexión de Manuela Correa Poveda. La autora analiza el comportamiento electoral de los colombianos y plantea una inquietud de fondo: qué ocurrirá con la mitad del país que no gane las elecciones y cómo evitar que la diferencia política siga convirtiéndose en una amenaza para la convivencia democrática.
La mitad del país cree que la otra mitad sobra .
La mujer que trabaja en mi casa me pidió que la orientara sobre su voto en segunda vuelta. Podía decirle que votara por Abelardo de la Espriella. Al fin y al cabo, a mí, como empresaria, me conviene un país donde recorten derechos laborales, se reduzca el Estado y la libertad económica se venda como si todos hubiésemos nacido en la misma casilla del Monopoly. Podía mirarla a los ojos y recomendarle que votara por lo que me conviene económicamente a mí.
Pero también podía decirle la verdad. Que a mí algunas propuestas podrían favorecerme más, pero que a ella, como trabajadora, le conviene más mirar quién habla de salario, salud, educación, protección social y derechos. Así que no pude venderle mi futuro como si fuese el suyo. Le dije lo que habría que decirle a medio país: no votes como si fueras dueña del edificio cuando todavía vives pendiente de que no te suban el arriendo.
Esta escena resume lo que está pasando en Colombia. La gente está votando no desde el lugar que ocupa, sino desde el lugar que le prometieron que ocuparía si obedecía lo suficiente.
Llevo dos días leyendo comentarios políticos en redes sociales y he llegado a la conclusión de que la gente no debate, se atrinchera. Cada quien entra a una publicación con el casco puesto mientras calienta pulgares para repetir la poquita información que tiene sin importar a qué le estén contestando. La gente entra a confirmar que el otro bando es idiota. Una maravilla democrática, francamente. Casi me dan ganas de imprimir la Constitución en papel higiénico y admitir que hace rato dejamos de usarla para limpiarnos la conciencia.
La primera vuelta del pasado 31 de mayo no dejó dos candidatos. Dejó veinte millones de votos repartidos entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Un poco más de diez millones para un candidato que ha convertido la mano dura, el espectáculo y el desprecio por la izquierda en marca de campaña. Un poco menos de diez millones para un candidato que representa, precisamente, a esa mitad del país que la derecha lleva años tildando de guerrilla. O infiltración, según el nivel de fiebre del mitin.
Lo que me duele —no sé si la izquierda pueda decir “Colombia, me dueles” o si solo la derecha tiene permitido abrir las inscripciones para su uso en historias de Instagram— no es que alguien vote distinto a mí. Eso es democracia. Lo que me duele es ver a millones de personas votando por alguien que no solo discrepa de la izquierda, sino que la trata como algo que habría que exterminar y sacar a golpes del país. En Colombia las palabras contra el enemigo interno nunca han sido solo palabras. Aquí las metáforas políticas acaban con cuerpos, expedientes, fosas, madres buscando y funcionarios diciendo que habrá investigación.
Una cosa es votar contra un proyecto político y otra, mucho más grave, votar por un señor que ha hecho de la rabia, una amenaza y de la amenaza su estrategia presidencial. La ultraderecha colombiana no está simplemente votando contra Cepeda. Está votando contra una caricatura delirante de Cepeda: el guerrillero, el violador de niños, el asesino, el comunista que viene a quitar casas, la potencial Venezuela, el fantasma perfecto para no tener que leer una propuesta o preguntarse si de verdad uno quiere entregar el Estado a alguien que simplemente quiere un logro más en su lista de millonario, ser presidente de su país.
Lo que he visto estos días en redes es aplastante. Cerebralmente, digo. Cuando alguien cuestiona a Abelardo por derechos fundamentales, recortes, fracking, legalización de armas, modelo Bukele, salida de organismos internacionales o la pulsión irremediable de poner cara de tigre mientras se apodera del show, la respuesta automática no entra al argumento. No contesta, no rebate, no debate, no contrasta. Llega con la precisión de un loro en una finca con mala conexión: guerrillero, FARC, niños, Venezuela, Petro, 19.000, estallido social, Cuba, comunismo. No importa si se habla de política criminal, medioambiente, institucionalidad, derechos fundamentales o maltrato animal. La respuesta viene pregrabada, como esas muñecas antiguas que al tirarles de la cuerda decían siempre lo mismo, solo que esta muñeca tiene bandera en su foto de perfil y una confianza en sí misma que ya les gustaría a los cirujanos plásticos de este país.
Votante del Tigre, quieto ahí, no estoy normalizando los 18.677 jóvenes reclutados por las FARC. Pero los crímenes del Estado, los 7.837 falsos positivos, también importan ¿O vamos a estratificar también a los muertos como hacemos con los vivos? Ambas cifras son ciertas al mismo tiempo, aunque a Colombia le de una embolia cada vez que un dato no le sirve solo a su bando—no caigamos en la estúpida conveniencia de aceptar unos resultados solo cuando convienen, como acaba de hacer Petro con los de la primera vuelta—. Los mal llamados falsos positivos fueron cometidos a manos del mismo Estado que tenía la obligación de protegernos. Los menores reclutados por las FARC pertenecen a un universo de violencia guerrillera injustificable. Y ambos horrores atravesaron, entre 1996 y 2016, los gobiernos de Samper, Pastrana Arango, Uribe y Santos. Entonces, ¿de verdad vamos a mirar dos décadas de políticas criminales y de seguridad aplicadas, en su inmensa mayoría, por gobiernos de derecha y centro-derecha, para concluir que lo que faltó fue más derecha? Gracioso. Lo que hemos hecho no ha funcionado durante un cuarto de siglo, pero tranquilos, ahora sí va a funcionar si le subimos la dosis, rezamos mucho, repartimos pistolas y llegamos en ferry a la salvación.
Si el argumento es que durante el cargo de Petro aumentó la extorsión, el secuestro y la presencia criminal, discutámoslo con datos. Pero que diez millones de personas finjan demencia al mismo tiempo, haciendo como si Colombia hubiera descubierto la violencia en los últimos cuatro años y antes hubiésemos vivido en una Suiza con puestos de arepa en las calles, es una bajeza con todas sus letras. Este país ha producido víctimas bajo gobiernos de todos los colores políticos. No vayamos a fingir alzhéimer también con el Bogotazo del 9 de abril de 1948. Si alguien creyó que una historia entera de violencia armada se resolvía en cuatro años porque Petro dijera “paz total”, entonces los que no votasteis por él le teníais más fe que los que sí.
Al candidato del adversario se le exige cumplir hasta la última coma de su programa, mientras que al propio se le perdona hasta el índice del plan de gobierno, es decir, las únicas dos páginas que ha presentado Abelardo. Y con guiones.
Este es el país que ha llegado a la segunda vuelta. El mismo que votó en el plebiscito de 2016 y que todavía no ha entendido lo que ese mapa quería decirle. Algunos ven que Cepeda gana en zonas golpeadas por el conflicto y, con la profundidad de un charco, concluyen que allí votan por él porque “Cepeda es de los suyos”. No. Esas fueron las mismas zonas que también votaron por el Sí a la paz porque los que han vivido la guerra en la puerta de sus casas saben que no se acaba subiéndole el volumen a los disparos, sino intentando que la siguiente generación no llene también el cementerio. Apunte que parece olvidársele a quienes ven la televisión desde la ciudad con buen internet.
Y claro, si ni siquiera hemos aprendido a leer el mapa en guerra, cómo vamos a pedirle a la gente que se lea un plan de gobierno si parece que el país entero se ha puesto a dieta de información y solo se alimenta de bulos por goteo. Hace menos de dos días comenté en una publicación que la propuesta de Abelardo cabía en una servilleta. Varios iluminados corrieron a decirme que ese era solo el resumen, que yo estaba equivocada, que existía un documento larguísimo que ellos mismos habían leído. Les pedí el enlace. A día de hoy, sigo esperando. Ellos, supongo, siguen yendo tan rápido que la inteligencia no puede alcanzarlos.
Esto, además de parecerme patético, es una prueba gráfica increíble para el momento que estamos viviendo. La gente no necesita que el documento exista, con creer que existe basta. Solo necesita creer que su candidato tiene plan, dos dedos de frente y uno para apretar el gatillo.
¿Alguien en la campaña del Tigre ha pisado Colombia sin escolta, sin camioneta blindada y sin burbuja de señor con privilegios desde la que todo parece gestionable? De la Espriella afirma en su entrevista con Westcol que quien demuestre “idoneidad física y psicológica” podrá portar un arma en la era del Tigre. No se le movió ni un pelo mientras lo decía. Ni una arruga en el traje. Yo quiero pensar que estaba confundiendo Colombia con su otro país, Italia, porque la violencia intrafamiliar, las deudas, los robos, los celos, la rabia y la violencia vial colombiana no parecen ser el cultivo ideal para añadir más armas y confiar en que todo el mundo se haya hecho un curso de gestión emocional.
El disfraz de la disuasión es una palabra muy limpia para algo que derramaría tanta sangre. Disuasión sería una justicia que no llegase cuando el muerto ya está frío. Disuasión sería una Policía capaz de proteger sin que medio país sospeche de ella y el otro medio tenga que rogarle que aparezca. Disuasión sería que el Estado fuese efectivo en tanto que nadie tuviese que pensar en tener que comprar un arma. Disuasión no es que, si el criminal lleva un arma y el ciudadano también, se equilibre la carga. Eso se llama tiroteo. O si no, que venga Estados Unidos y nos profundice un poquito en la materia ya que ocupa el primer lugar del mundo en el ranking de tiroteos masivos con 120 armas de fuego por cada 100 habitantes. Y llamadme conformista, pero si Colombia ya es uno de los países con más víctimas por armas de fuego, quizá no hace falta competir por el primer puesto.
Hablando del sueño americano, y como si al circo no le sobrasen luces ya, Trump ha aparecido dando su “respaldo total” a Abelardo y pidiendo el voto por él en segunda vuelta. Pero miremos un segundo qué opinan de él en su casa a través de una encuesta que Fox News, un medio caracterizado por lectores del sector republicano, publicó la semana pasada. Según Fox, el 77% de los votantes estadounidenses cree que la economía está en mala forma, el 71% desaprueba el manejo económico de Trump y su desaprobación general llega al 61%. Además, en inflación, donde la vida real es menos patriótica que los discursos, apenas el 24% aprueba su gestión. A lo mejor por eso Abelardo es un vendehumos, porque intenta importar el modelo de un país que, según sus propios votantes, ya huele a quemado.
El que parece que por fin ha hecho algo con la humareda de una constituyente es Cepeda anunciando el retiro del proyecto de firmas. Aunque es cierto que aún no ha sabido explicarle a la gente que una constituyente no se da por un trino de Petro en X. Para convocarla, hace falta una ley aprobada por el Congreso, control de la Corte Constitucional y 13 millones de votos.
Pero no podremos sorprendernos con el resultado si el presidente sigue hablando como si pudiera hacer lo que se le viene en gana con el Pacto Histórico. En segunda vuelta, tener razón se queda corto. Y qué tragedia, una democracia debería premiar eso, pero Colombia vota con el sistema nervioso reventado, y aquí gana quien mejor sepa rascar la herida, no quien mejor explique cómo cerrarla.
Lo que nos jugamos el 21 de junio no es solo si gana la defensa de la mafia o de la paz. Es qué vamos a hacer con la mitad del país que pierda. Porque esa mitad no desaparece, ni se exilia en masa a Venezuela, ni consigue visa directa a Estados Unidos por mucho que a algunos les encante soñar con esa idea. Se queda, trabaja, paga impuestos, se enferma y entierra a sus muertos aquí. Y si la política sigue diciéndole a una mitad del país que la otra es una plaga, más pronto que tarde alguien va a creer que destriparla, de verdad, es un acto patriótico. Y para ese entonces, no estaremos contando votos, sino consecuencias.
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