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(OPINIÓN) El pobre es pobre porque quiere. Por: Manuela Correa Poveda

~ Y otras coartadas cómodas para no pensar demasiado ~ Explicar un problema social complejo a partir de una sola causa suele ser tan tentador como explicar el funcionamiento de un coche diciendo simplemente que se mueve gracias a las ruedas. Las ruedas están ahí, desde luego. Sin ellas el vehículo no avanzaría ni un …

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) El pobre es pobre porque quiere. Por: Manuela Correa Poveda

~ Y otras coartadas cómodas para no pensar demasiado ~

Explicar un problema social complejo a partir de una sola causa suele ser tan tentador como explicar el funcionamiento de un coche diciendo simplemente que se mueve gracias a las ruedas. Las ruedas están ahí, desde luego. Sin ellas el vehículo no avanzaría ni un metro. Pero cualquiera que haya abierto alguna vez el capó de un coche sabe que el movimiento depende también del motor, del combustible, de la transmisión y de una cantidad considerable de piezas trabajando al mismo tiempo. Atribuir todo ese sistema a un único componente resulta ingenuo, y también intelectualmente perezoso.

Esa misma lógica reduccionista aparece con frecuencia cuando hablamos de la sociedad. Basta una conversación cualquiera —una sobremesa familiar, un debate con café o una discusión improvisada sobre política— para que aparezcan esas frases breves, contundentes y aparentemente claras que prometen resolver problemáticas sociales con una facilidad desconcertante.

Entre esas explicaciones hay algunas que se repiten con especial entusiasmo: que “el pobre es pobre porque quiere”, que “trabajo sí hay, lo que faltan son ganas”, que “si quisieran, podrían” y que, en definitiva, “todo depende de uno mismo”.

La dificultad aparece cuando miramos cómo comienzan realmente muchas vidas. Nadie elige las condiciones en las que crece ni el conjunto de oportunidades que encontrará al empezar su historia. A pesar de ello, cuando escuchamos sentencias como estas, todo ese entramado desaparece de la ecuación. Y como resultado, la pobreza deja de ser un fenómeno sistémico para convertirse en un fallo individual y de carácter, como si millones de personas hubieran tomado alrededor del mundo, de forma inexplicable y simultánea, la decisión de no esforzarse lo suficiente.

No es casual que estas explicaciones resulten convincentes para quienes han vivido dentro de contextos relativamente estables. Cuando la propia experiencia transcurre dentro de un entorno con cierta seguridad por defecto, es más fácil concluir que todo depende únicamente del mérito individual.

La psicología social tiene incluso un nombre para este tipo de razonamientos: la hipótesis del mundo justo. En la que se describe la tendencia humana a creer que el mundo funciona de manera razonablemente equitativa y que, en última instancia, cada cual termina donde merece estar. Es una idea reconfortante, a la vez que plana, pero transforma las desigualdades en algo fácil de explicar: si alguien está abajo, será porque hizo algo —o dejó de hacer algo— para acabar allí.

Sin embargo, la realidad dista años luz de una fábula moral. Décadas de investigación en ciencias sociales muestran que las trayectorias de vida están profundamente influidas por una multifactorialidad estructural. No se trata de negar la importancia del esfuerzo individual, sino de reconocer algo mucho menos agradable, que las reglas del juego no son exactamente las mismas para todos.

Hay contextos en los que la vida nace con una desventaja abismal. En ellos, crecer no consiste solo en esforzarse. Consiste en avanzar con menos oportunidades, con más puertas cerradas, con la sospecha constante de que el error siempre se pagará más caro. Y con la injusta certeza de que antes de que alguien pueda demostrar quién es, ya se ha decidido quién será.

Aun así seguimos repitiendo las mismas frases que lejos de simplificar los problemas, simplifican nuestra conciencia social. No porque expliquen bien la realidad, sino porque evitan una pregunta incómoda: ¿Cuánto de lo que somos es mérito y cuánto punto de partida?

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