Saltar al contenido

(OPINIÓN) El arte no tiene la culpa. Por: Manuela Correa Poveda

~ La obra, el artista y el límite que cada espectador decide cruzar ~ Hace unas semanas fui al Museo de Arte Moderno de Bogotá con la intención más modesta y simple posible: ver arte. De vez en cuando me gusta ir a museos y no hacerme fotos allí. Siempre me ha parecido una forma …

R
Redacción IFM
5 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) El arte no tiene la culpa. Por: Manuela Correa Poveda

~ La obra, el artista y el límite que cada espectador decide cruzar ~

Hace unas semanas fui al Museo de Arte Moderno de Bogotá con la intención más modesta y simple posible: ver arte. De vez en cuando me gusta ir a museos y no hacerme fotos allí. Siempre me ha parecido una forma un poco pretenciosa de sugerir inteligencia o, peor aún, de intentar convencer a los demás de que uno es inteligente cuando quizá no lo es tanto.

Mientras caminaba por las salas me fijé en algo curioso, y es que casi nadie lee las cartelas. La gente mira la obra, hace una foto y sigue caminando. Solo cuando una pieza gusta especialmente alguien se acerca al pequeño texto que explica quién la creó.

Mientras la obra ocupa toda la pared, la vida del artista cabe en unas líneas. Y no hay nada de casual en esto, nos han enseñado a mirar la obra como si existiera dentro de una urna aséptica, no hubiera sido hecha por nadie, y tuviera vida propia.

Supongo que en esa diferencia de tamaño es donde se alberga el verdadero disyuntivo: ¿cuánto estamos dispuestos a soportar sobre quien creó aquello que admiramos?.

Por eso el debate sobre si hay que separar al artista de su obra aparece cada cierto tiempo como si fuera una discusión nueva. Hace poco volvió a surgir cuando Rosalía mencionó a Pablo Picasso en una entrevista y dijo algo en apariencia simple: que le gustaba Picasso, y que no creía que le correspondiera juzgar la vida de alguien con quien nunca convivió.

La reacción fue inmediata. En cuestión de horas internet volvió a repasar la vida privada de Pablo: su relación con las mujeres, su carácter manipulador, el trato que le daba a sus parejas y un largo etcétera de representaciones misóginas.

Nada de eso es nuevo. En Vida con Picasso, Françoise Gilot recuerda que el pintor decía que las mujeres eran “máquinas de sufrir”. Y, por lo que dejaron escrito varias personas que sí convivieron con él, aquella frase no era solo una provocación.

Aquí es donde yo no compro la teoría de separar al artista de su creación. No porque cada obra sea una confesión autobiográfica, sino porque el arte no aparece en el vacío. El arte lo hacen las personas, personas con valores, obsesiones, prejuicios y formas muy concretas de relacionarse con el mundo. Y pretender que todo eso desaparece cuando miramos un cuadro o escuchamos una canción me parece una forma bastante sofisticada de autoengaño.

En la teoría puede que esté bien, pero en la práctica es pura ficción. Porque lo que realmente hacemos no es separar, sino clasificar en un umbral de tolerancia. No dejamos de consumir la obra de un artista cuando descubrimos que fue una mala persona, dejamos de hacerlo cuando lo que hizo supera nuestro propio límite moral.

Ese límite parece ser dinámico y cambia según la cultura, el país o la época. Y en Colombia existe un ejemplo bastante claro. Diomedes Díaz, uno de los grandes íconos del vallenato, fue condenado por la muerte de Doris Adriana Niño en los años noventa. Cumplió pena de

prisión y después continuó su carrera musical con enorme éxito. Sus conciertos se llenaban y sus canciones siguieron y seguirán sonando durante años. Ni la cultura ni el público lo expulsaron; lo reacomodaron.

Algo parecido ocurre con Richard Wagner, quien fue uno de los compositores más influyentes de la historia de la música clásica y también escribió textos abiertamente antisemitas. En su ensayo El judaísmo en la música lo deja bastante claro. Aun así, sus óperas siguen representándose en los teatros más prestigiosos del mundo. En cambio, en Israel, su música casi no se interpreta en público debido a su asociación histórica con el antisemitismo y con el nazismo. Pero la música de Wagner no cambió, lo que cambia es la frontera moral de quien la escucha.

Un caso comparable es el de Quentin Tarantino. Hace unos meses, en plena guerra en Gaza —un conflicto que, obviamente, muchos analistas y organizaciones internacionales han llegado a calificar de genocidio contra la población palestina— el director declaró públicamente que era sionista y que moriría siendo sionista. Sus palabras generaron indignación en gran parte del público, sin embargo, Pulp Fiction sigue siendo exactamente la misma película. Y probablemente lo seguirá siendo, un clasicazo del cine contemporáneo.

Pero en mi caso esa declaración sí marca una gran diferencia. No tengo ningún problema en reconocer que Pulp Fiction es una gran película, donde las haya. Lo que sí sé es que no volveré a ver un largometraje de Tarantino. No porque haya dejado de tener talento, sino porque ya no puedo mirar su cine del mismo modo.

Eso es precisamente lo que muchos prefieren negar: que saber quién creó algo modifica inevitablemente nuestra relación con ello. La pieza sigue siendo la misma, pero nosotros no.

Por eso me cuesta aceptar la idea de que arte y artista viven en compartimentos estancos. El arte no nace separado de la vida de quien lo crea; nace dentro de ella. Fingir lo contrario no es una posición estética, es una forma bastante conveniente de evitar preguntas incómodas anulando el juicio moral.

Esa es la razón por la que este debate nunca se resuelve del todo. Porque en realidad no trata solo de arte, sino de cuánto estamos dispuestos a ignorar para seguir disfrutando de algo sin que nuestra conciencia se interponga demasiado.

Yo, al menos, no siempre puedo hacerlo. Y sospecho que mucha gente tampoco, aunque les resulte más fácil decir que sí.

Separar al artista de su obra no es realmente una teoría sobre el arte, es una decisión sobre nuestra propia conciencia.

Compartir:

Noticias relacionadas