Saltar al contenido

(OPINIÓN) El 8M no es un día de flores, es un día de cifras. Por: Manuela Correa Poveda

~ Entre las rosas y las estadísticas ~ Colombia es el segundo mayor exportador de flores del mundo, solo después de los Países Bajos. Más de 2.000 millones de dólares en exportaciones anuales salen de nuestros cultivos hacia decenas de países. Qué orgullo, ¿no? En fechas como el Día de la Madre, San Valentín y …

R
Redacción IFM
6 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) El 8M no es un día de flores, es un día de cifras. Por: Manuela Correa Poveda

~ Entre las rosas y las estadísticas ~

Colombia es el segundo mayor exportador de flores del mundo, solo después de los Países Bajos. Más de 2.000 millones de dólares en exportaciones anuales salen de nuestros cultivos hacia decenas de países. Qué orgullo, ¿no? En fechas como el Día de la Madre, San Valentín y el Día del Amor y la Amistad, las ventas se disparan. Y el 8 de marzo para esta industria tampoco pasa desapercibido. Se ha convertido en otra fecha comercial más: flores, mensajes de “feliz día”, bonos empresariales, descuentos por ser mujer, galletas de cortesía en panaderías y toda una colección de detalles perfectamente empaquetados para la ocasión, con esa admirable puntualidad que este tipo de ocasiones suelen despertar. El mercado no desaprovecha ninguna oportunidad del calendario. Y el 8M empieza a parecer, por momentos, otro Black Friday.

El problema no es regalar flores, qué va. El problema es que esas flores sustituyan la conversación.

Quizá por eso hoy merece la pena hacer algo poco habitual en un día como este: opinar, sí, pero con estadísticas.

Si empezamos por mirar el panorama global, las cifras no invitan precisamente a la tranquilidad. La Organización Mundial de la Salud estima que una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida.

Al acercar un poco más la mirada hacia nuestra región, América Latina concentra algunos de los niveles más altos de violencia letal contra las mujeres. Varios de sus países registran algunas de las mayores tasas de feminicidio del mundo, lo que convierte la violencia de género en un problema estructural que atraviesa fronteras.

Colombia no encabeza el ranking regional, pero por supuesto no es ajena a este panorama. Según cifras oficiales, miles de mujeres denuncian cada año violencia intrafamiliar. La Defensoría del Pueblo informó que solo entre enero y abril de 2025 se registraron 123 feminicidios. Eso equivale, matemáticamente, a más de un feminicidio por día en ese periodo. No es una metáfora, es una media aritmética.

Y como ocurre con muchos delitos de violencia de género, una parte importante de estos casos termina enfrentándose a otro problema persistente: la impunidad. Las investigaciones avanzan con lentitud, muchas denuncias no llegan a sentencia y la judicialización sigue siendo uno de los grandes desafíos para combatir este tipo de violencia.

Más allá de lo que registran los informes oficiales, estas cifras también apuntan a un patrón conocido en la violencia de pareja: su carácter privado. Muchas de estas agresiones ocurren puertas adentro, lejos de la mirada pública, en ese espacio que socialmente seguimos llamando “hogar”.

Exacto: ese mismo hogar donde el 8 de marzo muchas reciben flores.

La desigualdad de género tampoco se limita a la violencia extrema. También figura en el trabajo que no aparece en las nóminas. Según el DANE, la participación laboral femenina ronda el 52 %, mientras que la masculina supera el 70 %. Y aun cuando trabajan, persiste la brecha salarial. A eso se le suma el trabajo invisible: la Cuenta Satélite de Economía del Cuidado muestra que las mujeres dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado. Es decir, el sistema económico descansa sobre millones de horas invisibles que no cotizan, no pensionan y no figuran en balances financieros, pero que sostienen hogares enteros.

En ese contexto aparece otra decisión profundamente desigual en la práctica: muchas mujeres dejan o reducen su vida laboral para criar hijos. Y no, ¿cómo iba yo a estar en contra de esa decisión? Al contrario, puede ser profundamente valiosa. El problema es cuando esa decisión deja de ser elección y se convierte en expectativa cultural unilateral. Cuando el trabajo de cuidado se naturaliza como deber femenino y no como responsabilidad compartida. Y cuando el hombre sigue siendo visto como proveedor principal y la mujer como cuidadora por defecto.

Esa diferencia entre reconocimiento y desigualdad también se nota en la forma en que hablamos de esta fecha. He vivido el 8 de marzo en España y en Colombia, y el contraste entre una y otra no está en el tamaño de las marchas. Está más bien en el tono del debate público. En España, esta jornada suele girar alrededor de cifras, políticas y debate estructural. En Colombia, con frecuencia se diluye en una celebración amable que evita el conflicto. Y aunque no voy a caer en la vaga comparación binaria de “es que allí no hay desigualdad y aquí sí”, lo cierto es que aquí preferimos la cortesía a la incomodidad.

Quizá por eso merece la pena volver al origen de esta fecha. El 8M no nació para ser cómodo. Ni tampoco surgió por una sola tragedia, ni por un incendio concreto en una fábrica —como repiten muchos posts virales cada año—, aunque esas luchas obreras formaron parte del contexto. Su origen se remonta a comienzos del siglo XX, cuando mujeres trabajadoras exigían jornadas dignas, derechos políticos e igualdad laboral. En 1910 se propuso instaurar un día internacional para visibilizar esas demandas, y tras movilizaciones masivas de mujeres en la Rusia de 1917, el 8 de marzo terminó consolidándose como fecha simbólica. Décadas después, la ONU lo oficializó. La motivación de esta fecha nació de huelgas y de derechos, no de felicitaciones.

Desde entonces han cambiado muchas cosas. ¿Hemos avanzado? Sí. Hoy hay más mujeres en educación superior, mayor presencia femenina en espacios públicos y una conciencia mucho más extendida sobre la violencia de género que hace veinte años. Eso es real, igual de real que las cifras que siguen mostrando brechas estructurales.

Por eso el 8M no necesita flores para ser significativo. Necesita honestidad, datos y mucha voluntad para corregir lo que todavía no funciona.

La rosa puede ser un gesto afectuoso, y puede serlo cualquier día del año. Pero la igualdad no es un gesto diario, ni siquiera anual. Es una estructura que se construye todos los días.

Y esa construcción no puede quedar solo del lado de las mujeres. Se trata de una conversación que también interpela a los hombres, porque ninguna desigualdad estructural se corrige desde un solo lado de la mesa.

Ahí radica, en el fondo, la verdadera celebración posible: no en la que dura veinticuatro horas, sino en la que transforma las estadísticas.

Hoy creo que el verdadero sentido del 8 de marzo no es conmemorar lo que creemos haber alcanzado, sino medir, con datos en la mano, cuánto nos falta por recorrer, cuántas conversaciones incómodas estamos dispuestos a tener, cuántas desigualdades seguimos prefiriendo no mirar de cerca. Porque detrás de cada cifra hay una vida concreta, una historia interrumpida, una cocina que limpiar, un trabajo que sostener, un futuro que imaginar. Y, posiblemente, una mujer a la que también felicitaron un día como este.

No convirtamos la memoria en marketing. El 8M no se celebra; se recuerda, se escucha y, sobre todo, se lucha. Y conviene recordarlo: el silencio nunca ha cambiado ninguna estadística.

Compartir:

Noticias relacionadas