(OPINIÓN) ¿Y después del 21 qué? Por: Laura Mejía
A pocos días de una de las elecciones más determinantes para el rumbo del país, la discusión pública parece concentrarse únicamente en el resultado del 21 de junio. Sin embargo, más allá de quién gane o pierda, el verdadero desafío para Colombia comenzará al día siguiente. En esta columna, Laura Mejía plantea una reflexión sobre la responsabilidad colectiva que persiste después de las urnas: aceptar, construir y decidir qué nación se quiere consolidar en medio de las diferencias.
Llevamos semanas, meses, hablando del 21 como si fuera una línea de meta. Como si ese día se resolviera todo. Como si el país estuviera contenido en un tarjetón.
Pero no.
El 21 no es el final. Es apenas un punto de partida.
Nos hemos obsesionado con quién gana, quién pierde, quién celebra y quién se frustra. Y en medio de esa conversación, hemos dejado de hacernos la pregunta incómoda, la importante, la que realmente define el rumbo de un país: ¿qué vamos a hacer después?
Porque el 22 Colombia sigue ahí. Con los mismos problemas estructurales, con las mismas desigualdades, con los mismos retos en seguridad, en empleo, en educación, en confianza. Nada de eso desaparece porque haya un nuevo presidente. Nada de eso colapsa automáticamente si el resultado no nos gusta.
Creer lo contrario es, en el fondo, una forma de evadir nuestra responsabilidad.
Hay una narrativa peligrosa instalada: si gana “mi candidato”, todo mejora; si pierde, todo se acaba. Y no. Ni lo uno ni lo otro. Colombia no se salva en una elección, ni se destruye en una elección.
Colombia se construye, o se deteriora, todos los días.
Después del 21, lo primero será aceptar. Sin matices. Sin excusas. Sin relatos paralelos. La democracia se sostiene en eso: en reconocer los resultados, incluso cuando no nos representan.
Pero aceptar no es suficiente.
Después del 21 hay que decidir qué país queremos ser. Y esa decisión no es del presidente de turno. Es de todos.
De los empresarios que, en lugar de frenar, tienen que seguir apostándole al país. De los emprendedores que no pueden dejar que el miedo les apague las ideas. De los líderes políticos que tienen la obligación de construir, no de incendiar. De los líderes de opinión que deben entender que cada palabra suma o divide. De los ciudadanos que no pueden reducir su participación a un voto cada cuatro años.
Después del 21 también hace falta algo más profundo: un detox del pasado.
No para borrarlo. No para desconocerlo. Sino para dejar de vivir atrapados en él.
Colombia no puede seguir reaccionando desde la rabia, desde la revancha o desde el miedo. No puede seguir tomando decisiones mirando por el retrovisor. Recordar, sí. Aprender, también. Pero avanzar es una decisión que no admite aplazamientos.
Porque quedarse en el pasado es otra forma de renunciar al futuro.
Después del 21 no hay espacio para el derrotismo ni para el triunfalismo ciego. Ambos son igual de dañinos. Uno paraliza, el otro desconecta de la realidad.
Lo que sigue es más difícil: construir en medio de las diferencias. Confiar sin ingenuidad. Exigir sin destruir. Participar sin odiar.
El país que viene no depende únicamente de quien llegue a la Casa de Nariño. Depende de lo que hagamos con lo que tenemos. Depende de si elegimos ser espectadores o protagonistas.
Por eso, la conversación que deberíamos estar teniendo no es solo quién gana el 21.
Es si estamos listos para lo que viene después. Porque el verdadero desafío no es elegir un presidente. Es no renunciar al país al día siguiente.
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