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(OPINIÓN) Ni hombres contra mujeres, ni derecha contra izquierda. Por: Laura Mejía

La sociedad parece haberse acostumbrado a juzgar antes de comprender. En esta columna, Laura Mejía invita a abandonar las etiquetas que dividen y a volver a una pregunta esencial: ¿qué principios deben defenderse cuando los hechos no caben en una sola versión?

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(OPINIÓN) Ni hombres contra mujeres, ni derecha contra izquierda. Por: Laura Mejía

Vivimos en una época en la que pareciera que todo debe dividirse en dos extremos. Derecha o izquierda. Hombre o mujer. Víctima o victimario. Buenos o malos.

Ya casi nadie está dispuesto a detenerse en la complejidad de los hechos. Lo preocupante es que esa lógica termina contaminándolo todo.

En política sucede todos los días. Pareciera que los problemas del país no dependieran de la corrupción, de la falta de liderazgo o de la incapacidad para gobernar, sino únicamente de una etiqueta ideológica. Como si un problema fuera bueno o malo dependiendo de quién lo denuncie. Como si una propuesta dejara de tener sentido simplemente porque viene de la otra orilla.

Y con las relaciones entre hombres y mujeres empieza a pasar algo muy parecido.

La conversación sobre el acoso y el abuso, una discusión que debería unirnos alrededor de un principio básico, el respeto por la dignidad humana, terminó convirtiéndose, muchas veces, en una confrontación entre géneros.

Como si defender a una mujer implicara atacar a un hombre. Como si garantizar el derecho de una víctima a ser escuchada significara renunciar al derecho de otra persona a defenderse.

No creo en esa lógica.

Creo profundamente que existen miles de mujeres que han sido víctimas de violencia y que durante años fueron obligadas a guardar silencio. Que esas voces tenían que ser escuchadas y que la sociedad tenía una deuda enorme con ellas.

Pero también creo que la justicia pierde legitimidad cuando deja de ser igual para todos.

No puede existir una justicia para hombres y otra para mujeres. No puede existir un debido proceso selectivo. No puede haber derechos que dependan del género.

Porque el día en que eso ocurre dejamos de hablar de igualdad y empezamos a hablar de privilegios. Y los privilegios, cualquiera que sea su origen, nunca producen sociedades más justas.

Hay otro aspecto del que hablamos muy poco.

Existe una narrativa según la cual el abuso siempre tiene un mismo protagonista y una misma víctima. Sin embargo, la realidad es mucho más amplia. También existen hombres víctimas. También existe violencia entre mujeres. También existe acoso psicológico, profesional y reputacional que rara vez entra en las conversaciones públicas porque no encaja en el relato dominante.

El verdadero enemigo nunca ha sido un género. Como tampoco el verdadero problema de Colombia es una ideología.

El enemigo es la corrupción, venga de la derecha o de la izquierda.

El enemigo es el abuso, venga de un hombre o de una mujer.

El enemigo es la mentira, sin importar quién la pronuncie.

El enemigo es la injusticia, sin importar a quién perjudique.

Quizás ha llegado el momento de dejar de mirar el mundo como una competencia permanente entre dos bandos. Porque cuando reducimos cualquier discusión a escoger un lado, dejamos de preguntarnos cuál es el correcto.

Y ese, justamente, debería ser el centro de cualquier democracia, de cualquier sistema judicial y de cualquier sociedad madura: no defender personas por pertenecer a un grupo, sino defender principios que protejan a todos por igual.

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