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(OPINIÓN) El voto es por Colombia. Por: Laura Mejía

A 24 horas de unas nuevas elecciones presidenciales, el país vuelve a enfrentarse a su propio espejo: polarización, desinformación, desconfianza y una creciente sensación de desgaste institucional. En medio del ruido político, hay una verdad que no debería perderse de vista: votar no es un acto ideológico, es un acto de país.

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(OPINIÓN) El voto es por Colombia. Por: Laura Mejía

Colombia llega a una nueva jornada electoral en un clima que ya se ha vuelto habitual, pero no por ello menos preocupante. Las últimas horas han estado marcadas por confrontaciones en redes sociales, circulación de noticias falsas, lecturas manipuladas de la realidad y una tensión que, lejos de aportar al debate democrático, profundiza la división entre ciudadanos.

Sin embargo, en medio de ese escenario de desgaste, hay una idea que merece ser rescatada con urgencia: el país no se está jugando una disputa entre derecha, centro o izquierda. Se está jugando su capacidad de seguir existiendo como proyecto común.

Las necesidades básicas de los colombianos, empleo, seguridad, educación, salud, oportunidades, no deberían ser tratadas como banderas partidistas. Son, en esencia, asuntos de ética pública y de responsabilidad colectiva. La discusión política es necesaria, pero no puede seguir reducida a trincheras donde cada postura invalida a la otra. Colombia necesita acuerdos mínimos para sostenerse y avanzar.

En ese contexto, el voto se convierte en algo más relevante que una preferencia ideológica. Votar es decidir si el país continúa su camino o si se resigna a la parálisis. Es, en última instancia, una responsabilidad con el presente y el futuro.

Pero hay otro elemento que no puede ignorarse: la abstención. En las últimas elecciones presidenciales, más de 16 millones de colombianos no acudieron a las urnas. Y en las elecciones legislativas de marzo de este año, casi el 50% del país decidió no participar. Esa cifra no es menor. Es una señal de desconexión, de desconfianza, pero también de peligro democrático.

Porque cuando la mitad de un país no participa, las decisiones que afectan a todos terminan siendo tomadas por una minoría. Y eso debilita cualquier sistema democrático, sin importar su orientación política.

Este domingo Colombia no puede darse el lujo de repetir esa historia. No se trata solo de elegir un nombre o un programa de gobierno. Se trata de proteger la democracia misma, de mantener vivo el mecanismo que permite que las diferencias se tramiten sin violencia y que el rumbo del país se defina en las urnas y no en la imposición.

La democracia no se sostiene sola. Se alimenta de participación, de conciencia y de presencia ciudadana. Cada voto suma, incluso cuando parece pequeño frente al tamaño de los problemas nacionales. La indiferencia, en cambio, siempre suma en contra.

Por eso, más allá de cualquier inclinación política, el llamado es claro: este no es un momento para la distancia ni para la apatía. Es un momento para asumir que el país se construye con decisiones concretas, y que una de las más importantes ocurre dentro de un cubículo de votación.

Colombia necesita recuperar el rumbo, pero ese rumbo no lo define un solo sector ni una sola visión. Lo define la suma de millones de ciudadanos que deciden participar.

Este domingo, el voto más que por un candidato, es por Colombia.

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