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(OPINIÓN) Fajardo, un especialista en blanquear el comunismo. Por: José Obdulio Gaviria

Sergio Fajardo no le ha hablado al país con sinceridad. Ha logrado mimetizarse como un hombre confiable, moderado y defensor de la democracia, cuando en realidad sus creencias políticas tienen una fuente muy cercana y familiar a las ideas en las que ha abrevado Iván Cepeda.

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(OPINIÓN) Fajardo, un especialista en blanquear el comunismo. Por: José Obdulio Gaviria
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Con la hipocresía clásica del tartufo, Fajardo ha instalado en importantes sectores de la sociedad colombiana una visión suicida de la política: lo importante no serían las doctrinas que guían la acción de los líderes, sino la apreciación subjetiva y sentimental del votante. “Si yo pienso que es bueno, es bueno; si pienso que es malo, es malo”. Da igual que ese sujeto “bueno” conduzca a una nación a la ruina económica y a la pérdida de las libertades. Ahí están Castro y Chávez como ejemplos trágicos entronizados en Cuba y Venezuela.

El contraste entre dos recientes informes de El Colombiano resulta devastador y revela la trampa conceptual que Fajardo ha vendido desde cuando llegó a Medellín en 1995 como contratista del gobierno de Álvaro Uribe.

En el perfil de Iván Cepeda titulado “Cepeda: el filósofo comunista que quiere seguir pasos de Petro”, el periódico muestra sin ambages quién es realmente el candidato:

“Cepeda se forjó en el comunismo ortodoxo; militó junto a su padre en una línea ideológica que en sus inicios bebió del pensamiento de Mao Zedong, estudió filosofía en Bulgaria...”. Mantiene “una gran biblioteca de clásicos del marxismo”, entre ellos El Capital de Marx y ¿Qué hacer?de Lenin. Visitaba el comando central de las FARC en Casaverde y era recibido por Tirofijo, Jacobo Arenas y Alfonso Cano. Su círculo más cercano sigue anclado al Partido Comunista, la Unión Patriótica y el Polo. Es un hombre de “férrea disciplina de partido” que viste “camisas de cuello tipo Mao”.

Frente a ese perfil, Fajardo, en su entrevista decálogo, le dice a sus votantes con total naturalidad:

“Todos son libres [...] hay personas que están conmigo que van a votar por uno o por otro [...] Yo no voy a generar rabia ni odio.”

Y cuando le preguntan específicamente por quienes quieren votar por Cepeda los anima: “Tómense su tiempo. Piensen bien. Revisen nuestro decálogo[...] Cada quien tiene derecho y estamos en una democracia.”

Así, Fajardo convierte en equivalente moral un filósofo marxista formado en el comunismo ortodoxo, con profundos lazos históricos con las FARC, y un jurista liberal. Para él no existe diferencia sustantiva entre Comunismo y Libertad. Reduce la alternativa a “quien me cae bien o quien me cae mal”. Si es de izquierda me cae bien, si es de derecha me cae mal.

Con esta actitud ha logrado inocular un peligroso virus de insensibilidad frente al comunismo en sectores que antes lo rechazaban. Ha convertido a muchos antioqueños y colombianos decentes en cómplices involuntarios del avance de la izquierda radical. El ejemplo más escandaloso fue su decisión de nombrar en la junta directiva de Empresas Públicas de Medellín a un comandante del Estado Mayor del Bloque José María Córdova de las FARC, a las órdenes de Iván Ríos.

Todo lo hace con la sonrisa beatífica de quien cree estar dando “oportunidades a todos” y “no generar rabia ni odio”. Esa es su bacanería, su palabrería amable que esconde el propósito profundo: introducir el socialismo por la puerta de atrás, con buena cara y sin aspavientos.

Ya es hora de que Colombia entienda a Sergio Fajardo, a Claudia López, a Juan Daniel Oviedo y a todos los que practican este camuflaje sofisticado. Su sueño es el socialismo, pero no lo venden con el rostro áspero de Petro o Cepeda sino que lo envuelven en decálogos, sonrisas y frases de “libertad de conciencia”.

El país debe elegir con los ojos bien abiertos. No es cuestión de simpatías personales. Se trata de doctrinas, de historia y de futuro. Y en esa elección, blanquear al comunismo no es moderación: es complicidad.

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