(OPINIÓN) Mi yo “mamerta”. Por: Jerome Sanabria
El miércoles pasado recibí, por primera vez, un insulto en la calle. Salía del concierto de Joaquín Sabina cuando un hombre, algo embriagado pero bien vestido, me dijo, entre otras cosas, que Sabina leería más a Marx que a Hayek, y que yo era una incoherente. Ese mismo comentario, o similares, me ll
El miércoles pasado recibí, por primera vez, un insulto en la calle. Salía del concierto de
Joaquín Sabina cuando un hombre, algo embriagado pero bien vestido, me dijo, entre otras
cosas, que Sabina leería más a Marx que a Hayek, y que yo era una incoherente. Ese
mismo comentario, o similares, me llegaron durante todo el fin de semana en redes.
Al parecer, para muchos hay un manual que dicta qué arte puede disfrutar alguien según su ideología.
Me imagino que ellos, los ‘policías’ de la música, revisan minuciosamente su
playlist para asegurarse de que ningún artista piense distinto a ellos. Supongo también que, si son de izquierda, jamás han cantado una canción de Calamaro. O que, si son de derecha, nunca han disfrutado de una canción de The Beatles, pues, para no escuchar a Lenon.
Nada más veamos a Calamaro: ahora simpatizante de Milei, fue gran amigo de Maradona, y hasta le compuso una canción. ¿Los ‘policías’ de la música ya le cayeron al artista?
La creación artística no sigue la lógica ideológica. León de Greiff -socialista declarado- es
uno de los grandes poetas colombianos, y quienes lo hemos leído, lo admiramos. Del otro
lado, muchos intelectuales de izquierda veneran los aforismos de Nicolás Gómez Dávila, sin
que les importe que fue un pensador conservador. Qué aburrido sería si la admiración y el
gusto se sometieran a las veletas ideológicas de temporada.
Por ejemplo, yo siempre he admirado a los artistas que tocan guitarra acústica. Desde que
escuché por primera vez a Silvio Rodríguez, lo admiré como músico y poeta; y eso no me
convierte en comunista. Gozo del arte, de lo esencial, y disfruto de Silvio y de Sabina
porque escriben buenas canciones, y no por sus afinidades ideológicas.
Tampoco les pido perfección a los artistas que sigo. Aunque tengan esa pequeña
‘imperfección’ -ser de izquierda-, con su arte me basta. Son la muestra de que ni los más
genios están exentos de caer en la farsa comunista.
A quienes me llaman “mamerta”, les cuento que también uso collares y aretes hechos por
indígenas Emberá, y vestidos que, según sus estereotipos, serían más propios para alguien
de izquierda. Y lo hago porque me encantan, y eso no me hace menos libertaria.
La izquierda ha sabido seguir al pie de la letra la recomendación de Gramsci: “Tomen la
educación y la cultura, y el resto se dará por añadidura”. Ya vimos cómo nos adoctrinan con
ideología marxista en las aulas, y estamos viendo cómo la gran mayoría de artistas son
propagandistas de izquierda. Ahora no les demos el gusto de pensar que el arte les
pertenece solo a ellos.
Qué triste andar por la vida con el temor de cambiar una canción apenas te contradiga. Con sus ataques, casi me hacen devolver las boletas que compré para ver a Aterciopelados,
pero me acordé de algo clave: disfruto la música por el arte, no por la ideología. Y no tengo
que pedir permiso.
Ustedes, tranquilos, sigan amargándose la vida mientras les pasan un examen político a
cada acorde que escuchan.

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