(OPINIÓN) Aibmoloc. Por: Gustavo Gómez
Una columna que hace un balance crítico del gobierno de Gustavo Petro, utilizando la ironía y la sátira para cuestionar sus decisiones, su estilo de gobierno y las consecuencias que, según el autor, dejó su administración. Gustavo Gómez Córdoba plantea que Colombia terminó funcionando “al revés”, al tiempo que repasa episodios políticos, institucionales y sociales que, desde su perspectiva, marcaron los cuatro años del petrismo
Parece el nombre de un demonio. No. Es la palabra Colombia escrita al revés, que fue como funcionó el país con Gustavo Petro como timonel.
Muchos corrieron a votar por Rodolfo Hernández. Sabían que tenía algunas tuercas mal ajustadas en la cabeza, que era más propenso a las malquerencias que al entendimiento y que su propuesta era floja, amparada en promesas efectistas de lucha contra la corrupción (latente, además, en su vida pública). Pero iban a hacer lo que fuera necesario para evitar que Gustavo Petro llegara al poder. No sirvió de nada; el resultado fue más o menos el mismo.
Con Petro, se convertía en presidente una persona cuya salud mental estuvo (y sigue estando) en discusión. Alguien que se ha vendido como heraldo del amor, pero que hizo del odio y del resentimiento su motor fuera de borda. Petro gobernó saltando entre nubes para tratar de alcanzar el reconocimiento mundial, mientras solo su saliva nos caía del cielo, porque fue un incapaz en materia de ejecución y gerencia.
La corrupción que floreció a su alrededor hace ver como principiantes a los delincuentes que fustigó cuando, a su vez, dejó de delinquir para sumarse a la civilidad y llegar al Congreso. Su administración fue un masacote con porciones generosas de idearios trasnochados, populismo mesiánico y oscuras pulsiones. Huyendo de Petro en las urnas llegamos a Petro.
Terminó su gobierno. O, mejor, su gobierno casi terminó con el país. No podría ni siquiera decirse que tuvo las mejores intenciones. El objetivo fue, como se dice popularmente, acabar hasta con el nido de la perra. Abrió agresivos frentes con la Registraduría, el Congreso, las altas Cortes, la Procuraduría, el empresariado, los medios, la Defensoría del Pueblo, la oposición, el sector eléctrico y de hidrocarburos, el Banco de la República, la Fiscalía, la banca, la Contraloría, las Fuerzas Armadas, la Constitución, las entidades de salud, las gobernaciones y alcaldías…
Como se sabe, él pelecha y da frutos en el caos y la confusión. Eso, acompañado por su propensión a favorecer amigues (con derechos de sábanas), hicieron que hasta los arrodillados medios públicos que lo abanicaban se vieran a gatas para embutirnos la idea de que era un estadista de talla mundial. ¡Gran chequera la de Hollman Morris!
Imposible perder de vista su mano blanda con el accionar de los delincuentes, que acababan con Colombia mientras él insistía en tratarlos como próceres. Porque el corazón, que pareciera nunca habérsele desmovilizado, le late con fuerza frente a antiguos guerrilleros dedicados al narcotráfico, el oro ilegal y las extorsiones. Como les pasa a los escarabajos peloteros, Petro encuentra maravillas en el estiércol.
Como presidente, pues, Petro convirtió Colombia en Aibmoloc: puso al país patas arriba. Hagamos el ejercicio de ejemplificarlo con algunos episodios inolvidables.
Gustavo Petro no fue guerrillero, sino soldado de los ejércitos de Simón Bolívar. De la misma manera en que la ayuda del empresariado a los colombianos necesitados es para él una “limosna”.
El expresidente y sus funcionarios están dando lecciones en redes de cómo enfrentar la tragedia del sismo… Olvidan cinco letras: UNGRD, que fue lo único que no se robaron en esa entidad. Las cifras que comienzan a conocerse sobre el festín del gasto, el derroche y la contratación están ahí para demostrar que, por cuatro años, experimentamos una combinación fatal: derroche, incompetencia y protección a los corruptos.
A Juliana Guerrero y a su hermana (la segunda boyante Verónica de la Colombia Humana) debe resguardárselas de los empresarios que, aprovechando su infinita candidez, pretendieron corromperlas. Como la propia Juliana ordenó: que las declaren lideresas sociales o gestoras de paz para que les doblen el esquema de protección. Las opaca hoy Gabriela Muñoz, la joven promesa de la política que se instala en la oreja de Petro durante las reuniones del Pacto Histórico.
Petro dejó la presidencia con un país en expansión: pasó de 1.103 municipios a 150 mil, según el modelo de análisis electoral petrista planteado por Carlos Oñoro, el hombre que se acostó siendo organizador de parrandas metaleras y despertó convertido en estadístico.
A pesar de las innumerables ocasiones en que se comportaba con un inquietante “acelere”, o simplemente no cumplía su agenda, Petro sostiene que durante su mandato solo se tomó una cerveza en una tienda de barrio. ¿Cosas de la cafeína?
Sin Cepedas y otras hierbas del solar progresista, Petro reclama para sí el título de “jefe de medio país”. Ya se sabe lo que piensa la gente de sus jefes.
Si Ana Lucía Pineda atiende el llamado de su esposo a participar en causas humanitarias, se trata de una mujer subyugada por el macho alfa. Verónica Alcocer, embriagada por la danza de los millones y la rumba dura en el extranjero, es modelo a seguir.
Mancuso ejerce como gestor de paz (el Consejo de Estado descubrió que el gobierno lo dejó al garete, sin función diferente a amargarle la vida a Uribe Vélez) y faro de una ética basada… ¿en el arrepentimiento?
Isabel Zuleta saca pecho como honorable senadora y, en palabras de Federico Gutiérrez, también es “Madrina política de la mafia”. Ahora corre a ofrecerle al nuevo gobierno sus servicios de mediación con la escoria, mientras la justicia que tanto le estorba la tiene en capilla.
Margarita Rosa de Francisco confiesa que ella es petrista arrepentida y que su líder la ha defraudado. Vivió cuatro años engañada. Como corresponde a semejante profesional, nos ofreció una magistral actuación justo cuando estaba a punto de caer el telón.
Da la impresión de que Iván Duque hubiera gobernado ocho años: cuatro en propiedad y, a punta de retrovisor progresista, otros cuatro cargando con las culpas de lo que Petro no pudo resolver.
Por meses, que se convirtieron en años, el sector eléctrico le rogó al gobierno que tomara medidas para enfrentar el fenómeno de El Niño. El decreto con tales previsiones lo firmó Petro quince días antes de convertirse en lo que sigue siendo hoy: un renglón, sin fueros, en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos.
Los catalanes amigos de los Petro Alcocer son perseguidos políticos allá y perseguidos por el dinero aquí. Y por los recursos de los hidrocarburos. No de otra manera se explica que siempre estuviesen bien “tanqueados”.
Guillermo Alfonso Jaramillo encontró un sistema de salud frágil y le aplicó la eutanasia, de la misma manera en que, al ocaso de su perniciosa gestión, a él le aplicaron la Cruz de Boyacá.
Las elecciones se las robaron, según Petro, aprovechando los tiempos de Mundial, que permitieron a la gente votar hasta siete veces (¡siete, número bíblico sagrado que debe evitarse en un estado laico!). Fraude, sí hubo. Y duró cuatro años.
Pero no todo está perdido: un presidente mediocre, siempre y cuando decida respetar la institucionalidad y no animar insurrecciones a punta de megáfono, podría ser un pasable expresidente. Quizás.
Retaguardia. La nueva estrategia en redes de Gustavo Petro, con exaltaciones a su salud, energía del eros y longevidad, no son sino pistas de lo que se nos viene: su aspiración a repetir alcaldía en Bogotá. ¿Estamos listos para vivir de nuevo en Átogob?
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