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De los poetas y las piedras

Por: Oscar Jairo González Hernández Todo es de manera esencial un comienzo. Todo es dentro de lo absoluto, o sea, del misterio, una iniciación. Ellas entonces son lo esencial, lo absoluto y el misterio. Tradición hermética, que es sobre la que vamos a hablar, a hablarnos. Todo será nuevamente extrañ

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Redacción IFM
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De los poetas y las piedras

Por: Oscar Jairo González Hernández

Todo es de manera esencial un comienzo. Todo es dentro de lo absoluto, o sea, del misterio, una iniciación. Ellas entonces son lo esencial, lo absoluto y el misterio. Tradición hermética, que es sobre la que vamos a hablar, a hablarnos. Todo será nuevamente extraño una vez no hablemos más de ellas ni ellas de nosotros. Y será extraño de nuevo, porque nada habremos dicho que no sea dicho otra vez. Toda relación, toda ilación —la nuestra— con ellas, es de la esencia de lo femenino, de lo sutil, siendo ellas, porque no decirlo, más próximas a lo masculino.

Tienen razón quienes observan en ellas nada más que lo que son, y ellas no lo saben de la misma forma. Tienen tensiones y también tienen intensidades en las que cambian y se transforman; en eso son como el hombre, aunque este no sea consciente de ello. En eso ellas son más que nosotros, ya que saben lo que les ocurre y saben lo que harán ocurrir. Tenemos que el hombre las mira y sabe lo que son, o al menos cree saberlo, para lo cual no necesita de una ciencia ni de un tratado.

Ellas entonces son lo que son y los hombres también. Tenemos que escucharlas y sabremos que ellas mueren y nosotros también. Tenemos que lo que hace hilo de comunicación con ellas es también el hilo de la muerte, del misterio de la muerte, porque la muerte en sí no quiere decir nada, es lo absurdo. De allí que Paracelso indique en sus “Tres tratados esotéricos”: “A causa de que, de cuando en cuando, te has mostrado terco y obstinado, estás predestinado a verte rodeado de gran adversidad, porque tú no has considerado de ti mismo que estabas mágicamente prefigurado, bajo el símbolo de una piedra, al mismo tiempo gruesa y delgada.

Tú no lo sabes, sin embargo. Tú caes bajo el castigo que ha destrozado todos los imperios. Tuviste tu pretendida sabiduría y conocimiento, siendo propiamente tuyos; tú creíste estar más allá del desastre y además, otros imperios te habrían tomado a ti como espejo. Pero esto no es así, ya que tu sabiduría se mostrará como locura en este tiempo”.

(1) Entonces ellas son construcción de sí mismas y el hombre también. Ya no es la estética lo que vemos, sino la construcción, la formación. Y de la misma manera, la irrevocable realización de la muerte, y no la muerte en la historia, que sin duda no es la realidad de la muerte, sino la muerte en lo conocido, en lo verosímil. Toda muerte ocurre en el misterio de la muerte; ellas se hallan también en la misma estructura de lo esencial.

Cada que un hombre muere, también una de ellas muere, y muere a la mirada de ese hombre que ha muerto. Instantes de lo maravilloso que solamente se resuelven allí, en la vía hermética de la sensibilidad. En esa construcción de relaciones concretas que hacemos, en ese deseo de darles a las cosas una otra dimensión.

Traídas del sueño, las vemos en la realidad, en la naturaleza, en la ciudad, en la casa, en la mano de Dios. Todavía quedan lectores de ellas y como en un momento de la historia lo hizo el sabio oriental Mi Fu, como nos lo relata R. Caillois y como nos hace visible la visión que de ellas él tiene: “(…) Al igual que él, busco las piedras de excepción. No les doy bellos nombres, pero me sorprendo intentando describirlas.

Prefiero sus dibujos a las pinturas de los pintores, sus formas a las esculturas de los escultores; a tal punto me parecen obras de un artista menos meritorio pero más infalible que ellos. En sus simetrías y sus curvas caprichosas, mis ensueños descubren los arquetipos coherentes de donde se derivan no la belleza que cada cual aprecia según el lugar que le ha dado la situación o la historia, sino las normas permanentes y la idea misma de la belleza, la inexplicable e inútil añadidura a la complicación del mundo que lleva a dividir las cosas entre bellas y feas”.

(2). Formas del misterio, renacimiento de lo innombrable, memoria de la melancolía barroca, mística y revolución del romanticismo. Todo eso que ha de nombrarse queda nombrado en ellas, y esa historia que en ellas se halla, hablará y será escuchada en la medida en que el hombre se observe en ellas, se mire hasta el exceso, como Narciso se miraba a sí mismo.

Y es obvio que este hallar el misterio en ellas habrá de ser realizado en la vía iniciática, o sea por el que ha de ser el formador de su Método para observarlas, vía la luminosidad de la obsesión. Obsesión como método, ciencia de la sensibilidad y física de la emoción. Métodos que son más bien de invocación, de consumación.

Consumirnos en la mirada de ellas y ellas en nosotros, como si mirásemos a la Medusa, y no la destruyéramos, sino que destruyéramos entonces a Perseo. Todas las vemos, y no todos sienten hacia ellas la misma fascinación, la misma cantidad de verdad, de luz, de misterio que otros ven en ellas.

Todas las tradiciones han hecho de ellas símbolos, medios de iniciación, vías de lo sensible, hilos conductores de lo sublime, esencia de lo humano, estructuras de lo maravilloso. O sea, ellas son el misterio y la resolución del misterio. Y nada es más extraño que ellas, lo que dicen y lo que no dicen, lo que ellas hacen y lo que nos hacen hacerles. Nosotros las intervenimos, las cambiamos y les damos sentido; ellas en sí mismas no tienen sentido. Nosotros se los damos y existen allí, en la diseminación del sentido. Decíamos que todas las tradiciones las han observado (mirado) y les han dado un sentido.

Como ocurre con los kogi: “Los antepasados se volvieron piedras y así todas las piedras son personas y tienen su propia vida. Los kogi distinguen entre “piedras grandes, piedras medianas y piedras chiquitas”. Las grandes son las rocas graníticas que personifican ancestros o sus habitaciones; las medianas son las piedras que se pueden mover y que se utilizan en construcciones; ellas no son antepasados, pero “pertenecen” a estos. Las piedras pequeñas tienen valor como ofrendas o como remedios.

“La Madre no son plantas sino piedras para curar enfermedades”, dicen los kogi y, en efecto, las piedras reemplazan entre ellos las plantas medicinales de otras culturas (…) Todas las piedras, grandes o pequeñas, se consideran así como cosas animadas, y el hecho de que las piedras se rueden a veces o se desplacen en las corrientes de los ríos es detalladamente observado por los kogi (…)

(3). Nada más hermoso que esto, nada más lleno de lucidez y de hechizo que lo que acabamos de mencionar. Concebimos también la relación con ellas, la hacemos, les concedemos el misterio y les damos el poder necesario y esencial para cambiar el orden de la realidad, el orden mismo de las cosas. Observación de ellas en la naturaleza y en nuestra naturaleza.

Notas: 1. PARACELSO, Tres tratados esotéricos; Madrid, Luis Cárcamo editores, 1977. Pág. 45. 2. CAILLOIS, Roger. “Los amigos de las piedras”, México, Revista “Vuelta”. Nro 174. 1991. Pág. 15-19. 3. REICHEL DOLMATOFF, Gerardo. Los Kogi. Bogotá. Procultura. 1985. Pág. 249-250. Ilustraciones: Pinturas de René Magritte (1898-1967)

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