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(Especial Inocentes «Un Comino») Lo que solo pasa en Colombia

Somos particulares, únicos y, lo peor de todo, es que nos creemos especiales. Ser colombiano significa tantas cosas que muchas veces no sabemos para dónde coger. Esta mezcolanza extraña de absurdo optimismo, felicidad con lágrimas e irrealidad, nos plantean retos diarios. Por fortuna prevalece ese m

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Redacción IFM
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(Especial Inocentes «Un Comino») Lo que solo pasa en Colombia

Somos particulares, únicos y, lo peor de todo, es que nos creemos especiales. Ser colombiano significa tantas cosas que muchas veces no sabemos para dónde coger. Esta mezcolanza extraña de absurdo optimismo, felicidad con lágrimas e irrealidad, nos plantean retos diarios. Por fortuna prevalece ese muy necesario orgullo de ser colombianos. Por fortuna alguien se inventó ese concurso que no transmiten en ningún canal: El País Más Feliz del Mundo. Y quienes no adhieren, pues ya están viviendo la vida loca en casas de familia, restaurantes y obras en construcción de Europa y los Estados Unidos.

Aquí, también, tenemos formas singulares de hacer las cosas. Miremos pues cómo, en Colombia, se hace así:

En los carros importados desde Corea por ninguna parte dice: “Cierre la gaveta de un rodillazo”.

En las instrucciones de ninguna maleta ni maletín dice: “para su más fácil cerrado siéntese en la maleta cuando usted lleve más de lo que le cabe”.

Ningún manual de odontología dice: “sáquele los dientes de leche a su niño amarrándoselo contra una puerta”.

En ninguna parte las bebidas colas se usan más que para beber frías y mezclarlas con ron o vodka (queda muy bueno el ruso negro, pruébenlo), pero en Colombia se usan para aflojar tuercas.

En todo el mundo los ganchos de ropa tienen un uso lo más de particular: sirven para colgar ropa, pero aquí no, aquí se usan para abrir carros y hasta de antena de TV.

Y es que aquí sí que se aplica esa sabia máxima de las leyes de Murphy, que dice: “si y sólo si las cosas no funcionan, entonces lea las instrucciones”.

Pero como somos de folclóricos para vestirnos o impartir justicia, también lo somos para usar las vainas, para comportarnos en sociedad.

Por ejemplo, en toda parte se cierra la puerta del carro con la mano, pero aquí no, aquí se cierra de un nalgazo.

Los libros, entre más grandes mejor, no para leerlos sino para cuñar una puerta y si son bonitos, para que adorne la sala y la gente crea que en esa casa se lee mucho.

Cuando el televisor empieza a mostrar una señal defectuosa en vez de mirar la conexión de la antena ¿qué es lo que se hace? Se le da un totazo arriba, como si el televisor tuviera la culpa de la desconexión.

Y el mismo tirito del golpe a las cosas se usa por lo general a todo elemento defectuoso, a un reloj que ya se le acabó la pila, a un radio que no sintoniza bien, a un teléfono que ya casi no suena, a un computador que se bloquea, somos castigadores de aparatos por excelencia.

En Colombia es en la única parte en donde si las pilas del control remoto se acaban, la gente abre la tapa del control y empieza a girar las pilas… y lo verraco es que funciona.

En ninguna otra parte se lleva una palangana en la cabeza, pero en Cartagena, Colombia, sí. Donde los que las fabrican supieran para qué las usamos, muy seguramente que le hacían un huequito para que las negras vendedoras de dulce de millo y cocada no tuvieran que caminar como con una regla en la espalda.

En Colombia las cajas de cerveza y gaseosa también deberían venir con destapador, para que más de uno no se las dé de loco y despique la botella intentándola abrir con una esquina de la caja. Aplica para quienes usan la boca y la ranura de las puertas.

El cable de la plancha colombiano debería traer una instrucción que dijera: “no le pegue a sus hijos con él”, pero no, más de uno ha sido levantado a punta de cable de plancha cada que hace cualquier calaverada.

Los postes de luz también deberían decir: no son para orinar, “no tire sus tenis viejos aquí” y los CDs anotar: “no somos adorno para el carro”.

Donde los constructores de neumáticos vieran el uso que le damos aquí en los ríos y en el mar, seguro que montaba industria por cuenta de nuestro invento.

Qué manera tan particular la de ver la vida aquí en Colombia, donde la gente usa los clips no para agarrar hojas sino para limpiarse las orejas, donde el carbón no se usa para hacer fuego sino para que recoja malos olores en la nevera y donde las piscinas de algunos hoteles son trampas mortales que se chupan a indefensos niños que llegan con el único afán de vacacionar. Es que nuestro folclorismo a veces mata.

Otras rarezas:

En ninguna parte el presidente manda a cambiar los delitos por pequeñas aventuras juveniles.

En ninguna parte el que demanda, es decir la víctima, termina recibiendo el castigo y todos perdonando al agresor.

En ninguna parte a un presidente le comprueban sus vínculos con el narcotráfico y tan orondo como que a nadie le importa y ya se vuelve paisaje y algo folclórico, como el Cole, en Barranquilla, tenemos El señor del perico en la mañana.

En ninguna parte es un juez el que ordena las fórmula médicas y los que estudiaron medicina atienden con cronómetro en mano.

En ninguna parte del mundo la gente come durante toda la película. Aquí sí. Compramos para disimular una caja de crispetas de 20 mil, y cuando se acaba, sacamos el mecato que trajimos de la casa hasta The End.

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