(Especial Inocentes «Un Comino») Haciendo fuerza
Por: Johny Bravo En medio de la carnestoléndica celebración del año nuevo, uno se emborracha dizque para olvidar las penas y, en medio de la exaltación, hace propósitos para los 365 días que se vienen a continuación. Uno de los más socorridos y del que fui víctima estos primeros días de enero fue el
Por: Johny Bravo
En medio de la carnestoléndica celebración del año nuevo, uno se emborracha dizque para olvidar las penas y, en medio de la exaltación, hace propósitos para los 365 días que se vienen a continuación. Uno de los más socorridos y del que fui víctima estos primeros días de enero fue el de hacer ejercicio, como casi el 99 por ciento de la humanidad arrepentida por los places excesivos que acompañan el nacimiento de nuestro Señor Jesús. Pero quería hacerlo por la puerta grande, hijuemadre. Esto es, matriculándome en un gimnasio. Nada de andar por ahí corriendo en la calle sin técnica ni acompañamiento.
Entonces llegué el dos de enero a uno grande, grandote. Prácticamente, un gimnasio con centro comercial. Catedral de la salud, del fitness y la musculatura, olía como a eucalipto quemado, a esencias florales. En la recepción, una niña de muy buen ver, pa´qué, me dio el tour y me mostró una maquinaria que daban ganas de montarla (a la maquinaria, pues). Me inscribí de una. Aunque ella me mostró los planes, yo me fui con toda y desenfundé la tarjeta de crédito. “Vamos por todo el año, hijuemadre, porque este año sí”. ¿”Seguro”? advirtió la nena, impulsada por la experiencia que vive cada enero. “¡Seguro!”, bramé con la suficiencia de los ganadores.
Me gasté un millón y medio de pesos en una ropa lo más de linda en Adidas, verde y naranja fosforescente, con camisetas “climacool”, tenis hasta con cámara de gas y unas toallas que le hacían juego. Termo refrigerante y un tarro de extrapowernitronosequé, que es un polvito que dizque ayuda a adelgazar y a acomodar la masa muscular… y todo eso.
El primer día llegué con la ropa esa y la balaca a coger el toro por los cuernos, hijuemadre. El parqueadero, lleno de automóviles deportivos e intimidantes camionetas, apenas sí tenía espacio para mi “Sparkcito”.
¿Cuál examen médico? Eso póngame de una a trotar en esas caminadoras con TV, Internet y hasta GPS, le dije al instructor tatuado, a quienes todos llamaban cariñoasamente “sensei”, título reservado a grandes maestros japoneses de artes marciales. No quise averiguar si el título era cierto o una ironía. A mi lado, una rubia perfecta trotaba hacia ninguna parte en la caminadora esa. El culo, como de cemento, apenas sí se le movía. El pelo cogido en una cola de caballo flotaba acompasadamente, junto con los brazos y las piernas, que eran dos columnas que ya se las quisiera CDO.
Me extrañó no ver gente gorda. Todos con sus cuerpos perfectamente moldeados, sudando a mares, tomando montones de bebidas energéticas, al tiempo que se tomaban selfies cada que cambiaban de máquina. De verdad que yo era un bicho raro en ese ensayo de paraíso terrenal.
Yo trataba de sincronizar la caminada con el movimiento de las manos y la velocidad de la máquina, mientras me veía un capítulo de “Mujeres al Límite” en la pantalla, y trataba de tomarme la mezcolanza del polvo con el agua y los electrolitos. La mujerona esta me miraba con compasión.
De la forma más digna, silenciosa y desapercibida que pude, me bajé de la caminadora sin apagarla y me fui a hacer spinning. La clase ya había empezado y un grupo de rubias y musculosos jovencitos parecía disputando el sprint del Mundial de Ruta.
Mientras tanto, yo parecía subiendo el Alto de la Línea, pero empujando una volqueta. Cuando el grupo respiraba con garbo, yo mugía, balaba, bramaba y hedía. Yo creo que las pesas son lo mío, me dije con determinación y me dirigí a la zona de levantamiento.
Un sujeto levantaba con un brazo 20 kilos de hierro como si fuera algodón. El sudor le bajaba en cámara lenta haciendo un caminito predeterminado, con gotas gruesas, de macho alfa. Yo, mientras tanto, era el macho alfalfa tratando de levantar 5 kilos lo más heterosexualmente posible, mientras un río de agua pantanosa y espesa me bajaba por la espalda como una cascada. Delante mío, un tipo movía con los brazos una máquina que levantaba lingotes de a 10 kilos. Cuando se fue, me senté ahí y tiré de la p*ta barra esa y parecía un Cristo crucificado de tres días… un Cristo que no iba a resucitar de entre los cuajos.
Me puse a hacer abdominales y terminé con esguince de cuello en las vértebras C3 y C4. Me metí al sauna y lo último que recuerdo es que otra rubia gritaba “ay, se descompensó, cójanlo”, y me desperté en la camilla del examen médico que me debí hacer cuando entré.
Pagué todo el año. Dos millones y pico. La membresía es intransferible, con la ropa fosforecente paseo el schnauzer de la casa y con las toallas seco el carro cuando lo lavo. El único ejercicio que hago con el cuello ortopédico que tengo. Me quedó un temblorcito en las piernas y aún tengo las palmas de las manos ampolladas de las pesas.
Pero qué hijuemadres, en estos días voy al jacuzzi, cuando se me sane la uña enterrada que me quedó después de tropezar con un disco de 40 kilos cuando salía de lo de las pesas.
En definitiva lo más sano que decidí hacer fue ver desde la distancia de mi incapacidad a esos adoradores de San Ejercicio muy lindos desde la vitrina del gimnasio, donde se ven como Barbies y Kens listos para ser empacados en sus burbujas.

El especial del día de los Inocentes en IFMNOTICIAS estará a cargo de «Un Comino» – ifm noticias
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