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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 9, por Jorge Iván Carvajal Sepúlveda

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 9 titulado «Los inicios del alboroto popular».

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Redacción IFM
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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 9, por Jorge Iván Carvajal Sepúlveda

IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 9 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.

Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 9 titulado «Los inicios del alboroto popular», escrito por el Notario de Medellín Jorge Iván Carvajal Sepúlveda. A continuación, se transcribe el texto mencionado:

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LOS INICIOS DEL ALBOROTO POPULAR

Por: Jorge Iván Carvajal Sepúlveda, Notario de Medellín.

¿Cómo corresponder en propiedad a una invitación tan estimulante como la extendida por la senadora Paola Holguín para trazar unas líneas acerca de Álvaro Uribe? En este caso, reseñar -como es debido a nuestra generación y a las que nos han de seguir- los inicios de la brillante carrera política de ese Uribe que yo he conocido, para mí constituye un asunto de conciencia.

Uribe es un agitador social, como él mismo lo dice. Y lo fue desde sus comienzos: un estudioso con propósitos y metas definidas, actuando en medios estrechos, yendo de atrás para adelante con constancia y disciplina, enfrentando la mayor cantidad de obstáculos, sosteniendo en público y en privado el mismo discurso consistente, sin desfallecer ante la adversidad; así es el Uribe que he conocido y que conozco. Con toda razón, a pesar de haber permanecido arraigado en estas montañas de la cordillera occidental, sus obras y su pensamiento son reconocidos más allá de nuestras fronteras. Sin embargo, realizar aquí un perfil justo y completo de la persona más influyente y universal en la Colombia de las últimas décadas, excedería los estrictos límites de esta memoria. En consecuencia, prefiero concentrarme en algunos episodios relacionados con los inicios del alboroto popular que tuve la fortuna de vivir al lado suyo y me obliga a mencionarme, perspectiva bastante incómoda en lo personal.

En 1978, siendo yo estudiante en la Escuela de Leyes de la Universidad Autónoma Latinoamericana, lo escuché por primera vez en una reunión ante el empresariado antioqueño realizada con los auspicios de la Sociedad Económica de Amigos del País, institución dirigida por el expresidente Carlos Lleras Restrepo. Resultó en extremo reconfortante en aquella época, ver cómo un joven liberal irrumpía con la claridad, propiedad y convencimiento que les daba a sus palabras; por lo demás, su análisis de la situación económica del país y de los sectores que podrían generar desarrollo resonó precisa y convincente.

A finales de 1983, Uribe fundó el Iela-Instituto de Estudios Liberales de Antioquia-, al que nos unimos innumerables jóvenes entusiastas; muy pronto organizamos grupos de estudio y mesas de trabajo con temas específicos de ciudad y de las regiones. Las directivas políticas regionales no apreciaron dicho órgano de discusión y formación de ideas, y hasta nos negaron un espacio físico para nuestras reuniones en la sede del directorio político, apodada en ese entonces “La Casa de Mármol”. Nuestras primeras reuniones las celebramos en salones que nos facilitaban las directivas de mi Universidad, la Unaula.

Bernardo Guerra Serna, presidente del Directorio Liberal de Antioquia, como sucedía siempre, impuso sus listas para el proceso eleccionario de los cuerpos colegiados regionales: Asamblea y Concejos. En 1984, por el llamado “bolígrafo de Guerra”, Uribe encabezó la lista para el Concejo de Medellín, y yo fui anotado en la quinta suplencia para la Asamblea Departamental de Antioquia. Durante el año siguiente, los diputados principales de la época me permitieron asistir a casi todas las sesiones del período, en un acto de generosidad que siempre he agradecido.

La apuesta de Uribe con el Iela consistía en atraer parte de la intelectualidad antioqueña interesada en políticas públicas. El panel “Desempleo y Sector Formal”, coordinado por esa entidad y citado por la Dirección Nacional Liberal en Medellín en mayo de 1985, descolló por la concurrencia y la calidad de los expositores participantes. Según Uribe, los temas de desarrollo regional y nacional no podían continuar en manos de unos pocos miembros de la élite empresarial y política, sino que, para lograr una mayor participación ciudadana en los proyectos sociales del Estado, su discusión debía ampliarse hasta incluir a otros grupos de la población con suficiente fundamento e información.

El Directorio del socio Guerra, organizaba como estrategia, una serie de Encuentros Regionales en Antioquia, llamados informalmente el “confesionario de Guerra”. Cuando Uribe comenzó a participar en tales cenáculos, ya llevaba más de dos años trabajando con equipos de profesionales de variadas disciplinas, quienes por fin encontraban una voz que presentara y liderara iniciativas sociales de impacto nacional. En cada una de ellas, Uribe presentó, debidamente argumentadas, propuestas de desarrollo para las regiones. En esas reuniones se escuchaban ampulosos discursos de algunos dirigentes, mientras Guerra “confesaba” a la dirigencia local y regional. Las intervenciones de Uribe, desarrolladas con juiciosa metodología, y precisión en datos y cifras, no eran asunto que animara a la concurrencia, y se llegaba hasta el extremo de que los dirigentes regionales abandonaban el recinto, dejando al expositor solo ante el grupo reducido que lo escuchaba.

En el tercer encuentro en la Ciudad de Antioquia, en 1985, el ambiente no permitía siquiera que Uribe hiciera uso de la palabra: fue necesario que un grupo de jóvenes occidentales irrumpiéramos en el escenario, arrebatáramos micrófonos, y alzáramos voces de protesta contra la dirigencia que impedía la presentación de Uribe. Sin embargo, ni siquiera nuestra acción resultó suficiente, pues apenas comenzaba la exposición cuando fue interrumpido por dirigentes menores, impidiéndole presentar su estudio sobre la represa de Cañafisto en aguas del río Cauca. Los organizadores optaron por concluir el certamen.

Mi casa en la Ciudad de Antioquia, había sido sede y cobijo del liberalismo radical en Antioquia por más de ciento veinte años. Esa noche, mi familia había realizado un gran esfuerzo para recibir a todos los dirigentes regionales del Occidente y a los líderes departamentales que se habían dado cita en nuestra ciudad del Tonusco. Llegada la hora, nadie se hizo presente, y debimos guardar los manteles que esperaban a los comensales liberales. Resultó que horas antes, áulicas de Guerra, considerando mi actitud en el foro como irrespetuosa contra el máximo dirigente, habían optado por trasladar el final del acto político a una casa cualquiera del vecino municipio de San Jerónimo. Hasta allá llegó Uribe, pero después de unos minutos, consideró que él no debía estar allí sino regresar a la vieja casona, a mi casa.

Esa noche, Uribe, ante mis padres, mi tío Luis Alberto Sepúlveda y Alberto Arredondo S. y unas pocas personas más, insistía en que era necesario democratizar el Partido Liberal en Antioquia, y convertir su Dirección en una instancia más participativa e incluyente; y en que convenía exigir una Convención pluralista y abierta con presencia de las bases liberales, para así seleccionar unos cuadros que nos representaran por su compromiso con el pueblo. Nuestra tarea inmediata, decía, era llevar el debate a las próximas convocatorias regionales del directorio de Guerra.

Días después, en Bolombolo, se realizó el Encuentro del Suroeste; resultaba evidente la preferencia de la militancia por Uribe y sus ideas. La reacción de Guerra y sus paniaguados, en los meses siguientes, no se hizo esperar: cancelaron los demás encuentros programados en el Departamento, e igual la Convención del Partido, y decidieron expulsarnos de esa organización liberal a Álvaro Uribe Vélez, a Mario Uribe Escobar, a Ignacio Guzmán Ramírez, y a mí, sus corporados. Ante esta realidad, y a escasos sesenta días de los comicios para elegir miembros de las distintas corporaciones públicas, nos organizamos y constituimos el colectivo: Directorio Liberal de Antioquia – Sector Democrático, y convocamos al pueblo liberal a una gran convención para escoger nuestros representantes a los cuerpos colegiados y darnos nuestra propia dirección. Uribe encabezó la lista para el Senado y yo la de la Asamblea Departamental.

Los meses siguientes fueron de una actividad intensísima al lado de Uribe, hasta el punto de impedirnos atender asuntos personales, familiares o sociales. Uribe siempre solía decirme al inicio del día, sin dar ocasión ni al más mínimo reposo: “¡Vámonos!, que me están faltando unos pocos votos”. Amigos y familiares me criticaban por haber perdido la posición privilegiada de la que disfrutaba ante Guerra, una posición casi que heredada, para iniciar prácticamente de cero con una persona que, por ser tan importante, no me conocía ni a mí ni a mi familia, y con quien, en consecuencia y sin necesidad, el recorrido sería incierto. Yo simplemente respondía: “A futuro habrá sido más importante para mí, haber estado al lado de Uribe”.

Tales fueron los inicios del alboroto popular que tuve la fortuna de vivir al lado de Álvaro Uribe, en el contexto político anquilosado de un país inviable que, gracias a su tenacidad, inteligencia y liderazgo, se convirtió en un Estado Comunitario, soportado en los pilares fundantes de seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social.

Fin del capítulo.

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