(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 26, por Santiago Uribe Vélez
En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 26 titulado «Algo de su familia y la muerte de su padre».
IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 26 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.
Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.
En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 26 titulado «Algo de su familia y la muerte de su padre», escrito por el ganadero y hermano del presidente Uribe Santiago Uribe Vélez. A continuación, se transcribe el texto mencionado:
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ALGO DE SU FAMILIA Y LA MUERTE DE SU PADRE
Santiago Uribe Vélez, Ganadero y Hermano del presidente Uribe.
ÁLVARO URIBE VÉLEZ
Medellín (clínica Santa Ana), julio 4 de 1952
Alberto Uribe Sierra (de Andes), su padre
Laura Vélez Uribe (de Salgar), su madre
Luis Uribe González (de Andes), su abuelo paterno
Celia Sierra Velásquez (de Medellín) su abuela paterna
Martín Emilio Vélez Ochoa (de Salgar), su abuelo materno
Alicia Uribe Quijano (de Titiribí), su abuela materna.
Nuestra abuela paterna le pidió a nuestra madre, estando nuestros padres viviendo en Titiribí, que se fuera a tener el niño a Medellín, razón de su lugar de nacimiento. Jaime Alberto nació en Titiribí, María Teresa y yo (Santiago) nacimos en Salgar y María Isabel, la menor, en Medellín, cualquier día de 1961, año en el que nos vinimos de Salgar a vivir en la ciudad capital.
Álvaro es hijo de dos seres que en vida rayaron con ser portentosos. Nuestro padre fue un trabajador incansable, simpático a rabiar, amoroso con el rico y con el pobre, parrandero, excelente caballista, galán todo terreno, buen comerciante de fincas, gran patriota y poseedor de un innegable valor civil. Nuestra madre fue una mujer alegre, bondadosa, férrea en sus principios éticos y morales, dotada de una memoria excepcional, amante de la poesía, sufrida, gran patriota y muy valiente.
Lo de la Presidencia empieza un día, regresando de la escuela de La Liboriana a la casa de La Pradera, la finca en la que vivíamos (en Salgar). Iban Álvaro en la yegua Caranga y Jaime Alberto, El Pecoso, en la mula Ilusión, cuando se encontraron con unos amigos de nuestro padre y uno de ellos le preguntó a Álvaro (7-8 años) qué iba a ser cuando grande, a lo que éste raudo contestó: “presidente de Colombia”; y al preguntarle al Pecoso (5-6 años), éste contestó, “hermano del presidente”.
He dicho jocosamente que Álvaro, por ser el mayor, se tomó casi toda la leche calostra, para significar que heredó muchas cualidades de nuestros padres: siempre procura la perfección, y, como ésta no existe, se resigna con el logro de la excelencia. Siempre estuvo a la cabeza para ayudar a solucionar los problemas de nuestro hogar. Le corre la política por las venas (como a nuestros padres). Le ha servido a la patria -como ninguno-, con amor, dedicación y entrega. Con la Mano firme y el Corazón grande, se ganó, a ley, el honroso nombramiento de “El Gran Colombiano”, algo que le debió haber dado una gran satisfacción. Parte de su grandeza es que vive bañado con chorros de humildad. Sin pregonarlo, debo decir (digo), modestamente, que me siento muy orgulloso de ser su hermano.
La historia, a pesar de tanta maledicencia, lo recordará como el estadista que en su momento le devolvió la esperanza a un pueblo descorazonado y casi vencido.
EL ASESINATO DE NUESTRO PADRE
El 14 de junio de 1983, martes, viajamos a Guacharacas, en helicóptero, mi padre, mi hermana María Isabel, Bernardo Rivera (el piloto) y yo. Llegamos a eso de las cuatro de la tarde. Alberto, el mayordomo, no estaba porque el día anterior, al darme cuenta que el teléfono fijo estaba malo, le había pedido que saliera al pueblito de Providencia a llamarnos. Mientras lo esperábamos, mi padre se sentó en una silla mirando hacia la pesebrera, pero estaba muy impaciente porque Alberto, oriundo de Bolívar – Antioquia, no llegaba. De pronto vimos que se aproximaban dos personas y yo vi que mi papá se levantó raudo y se fue hacia la cocina. Inmediatamente me di cuenta de que eran guerrilleros, fui a la pieza de la trabajadora (que tampoco estaba) a coger la escopeta de un solo tiro que había en la finca, pero al no encontrarla debajo del colchón, me fui hacia la parte de atrás de la casa y me escondí en un quicio.
Mi papá, como se dice por ahí, ‘se agarró a bala con ellos’, pistola contra fusiles. En determinado momento yo sentí a mi papá; lo sentí, lo oí, pero no lo vi (yo nunca vi a mi papá muerto), que estaba como respirando muy ahogado. De pronto vi que un guerrillero, alto, moreno se dirigió hacia donde yo estaba. “Uy, me cogió” me dije, pero no, no me vio. Él también se veía muy asustado, retrocedió y yo aproveché y me fui hacia el río y lo crucé rapidito. El río Nus en determinada época del año no es muy corrientoso, estaba muy cristalino (nace en Cisneros, pasa por San José del Nus y llega al Magdalena). Al cruzarlo dije, bueno ¿qué hago? La carretera que conduce de Medellín a Puerto Berrío está ahí a doscientos metros, entonces tomé la determinación de irme en sentido contrario, hacia el puente, caminando y corriendo, gritando duro “la policía, la policía, ahí viene la policía”; de pronto vi que el mismo guerrillero venía del otro lado del río, hacia el puente, empecé a correr en zigzag para escapar al estilo película de guerra, vi que se apuntaló con la mano izquierda y empezó a dispararme, empecé a sentir unos pitos, pin, pin, pin, y de pronto sentí un quemón, me fui al suelo y dije “bendito sea mi Dios, me hirieron”. Me levanté, seguí corriendo pero como la bala me atravesó el pulmón, ya la capacidad de correr era muy poca, me desplomé y en segundos tenía al guerrillero moreno apuntándome con la izquierda y a un guerrillero paliducho apuntándome con la derecha, me preguntaron que quien era yo, les dije que yo era un comerciante de ganado de la feria que había bajado a comprar un ganado gordo; ellos me preguntaron que por qué corría, les dije que por miedo; que por qué llamaba a la policía, “por miedo” y finalmente les pedí que, por favor, no me dispararan más que ya con ese balazo tenía… El paliducho miró al moreno y le dijo, vámonos que aquí no hicimos nada.
Cuando vi que se fueron me levanté, pensé y me dije “mi papá debe estar muerto, a Bernardo lo van a matar y a mi hermana la van a secuestrar”, pero ya uno herido piensa en uno mismo, entonces me fui prácticamente arrastrado hasta la vía principal Medellín-Puerto Berrío, destapada para la época. Al llegar a la casa de Israel y Girmanda que eran los caseros que vivían en la casa del embarcadero, les dije “miren estoy herido, estoy herido, creo que mataron a mi papá, paren el primer carro que vean”. En esas venía un camión vacío, me extrañó ver un camión vacío, al parecer de Puerto Berrío o de esa zona hacia Medellín; el conductor paró, me monté en la parte de atrás, y como una hora después, hubo un momento en que la velocidad del camión por la carretera destapada era tal que me dio la oportunidad de bajarme al ver que venía un campero Toyota cabinado largo con una gente. Les puse la mano y les dije “estoy herido, estoy herido, llévenme”, el señor conductor me dijo que me montara en la parte de atrás, lo que hice. Sangraba muchísimo en cada brinco y le dije “lléveme por favor a Cisneros”, pero él me respondió “no, yo lo voy a llevar a Yolombó”. “No, por favor, lléveme a Cisneros que queda más cerquita de Medellín y en cambio para llegar a Yolombó hay que desviarse en Sofía, hacia la montaña, unos cuarenta y cinco minutos”. Yo me sentía muy angustiado que me iba a alejar de los recursos. Por la Divina Providencia ese señor era visitador médico y me dijo “yo sé la calidad del profesional que hay en Cisneros haciendo el rural y la calidad del que hay en Yolombó”. Finalmente llegamos casi a oscuras al hospital de Yolombó y en ese momento prácticamente perdí el conocimiento; me acuerdo que una enfermera me recibió, yo me fui, vi el túnel… Cuando empecé a despertar, sentí la respiración mucho mejor; en esas llegaron ya amigos míos de la región y me llevaron a Cisneros. Allí estaba mi hermano Álvaro. Ya era tarde en la noche, le pregunté por mi papá y me dijo “sálvese usted”, lo que me dio a entender que mi papá estaba muerto, pero a renglón seguido llegó mi hermana María Isabel y me dijo, con mucha tranquilidad, que él estaba bien. La verdad, me sentí, por única vez en la vida, como un héroe. Empezamos a viajar hacia Medellín; para esa época Cisneros estaba mínimo a tres horas de Medellín, porque la carretera era destapada casi toda. Yo iba en una ambulancia, en la mitad del camino les pedí el favor que me bajaran que quería orinar, me bajaron, pregunté a un señor que cómo estaba mi papá, me dijo que muy bien, que venía ahí conversando atrás. Di gracias a Dios.
Cuando llegamos en la madrugada del 15 de junio, miércoles, a la clínica Soma en Medellín, cuatro cuadras abajo del apartamento donde nosotros vivíamos, yo vi que mi hermana mayor tenía una cara muy compungida y le pregunté por mi papá; ella me contestó de forma poco convincente que él estaba bien, y yo ‘me cabreé’, como se dice, pero me entraron a hacerme unos exámenes pues tenía fiebre por haberme puesto sangre yo no sé de quién en Yolombó y en Cisneros. Cuando salí de esos exámenes, como a las tres y pico de la mañana, le volví a preguntar a mi hermana por mi papá y ella me dijo que estaba muerto. Sentí algo que no puedo describir. Me montaron a una cama, yo estaba muy mareado, en esa madrugada vi que estaban mi mamá y una tía ahí fumando. Como a las ocho de la mañana Jaime mi hermano llegó, hablamos, me dijo “a mi papá lo vamos a enterrar hoy”, después volvió por la noche y me contó cómo había sido el entierro, lo sentido que había sido y la cantidad de personas tan exagerada que habían asistido. Tuve la fortuna de regresar a la casa al lunes siguiente. Me recuperé, en lo físico muy pronto, pero no tan pronto en lo emocional, eso fue un batacazo de mucho calibre. Tenía 26 años. El asesinato de nuestro padre fue uno de los miles asesinatos cometidos por integrantes de las Farc-EP a lo largo de su demencial carrera delictiva.
Nuestro Padre fue asesinado por dos de los doce integrantes del frente 34 o 36 de las Farc-EP que hicieron la incursión. Estaban tan bien armados como uniformados. Nos esperaron durante días, en El Topacio, la finca al otro lado del río, perteneciente al municipio de San Roque. Fuimos su presa. En la región todos sabíamos de su presencia en el área. Mi Padre me había dado instrucciones de no visitar la finca. Ese día, por aquellos asuntos del destino, mi Padre encontró lo que no estaba buscando. A Dios gracias, no lo vi muerto…
Fin del capítulo.

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