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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 13, por José Obdulio Gaviria Vélez

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 13 titulado «Derrotó el Mito de Acteón».

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Redacción IFM
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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 13, por José Obdulio Gaviria Vélez

IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 13 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.

Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 13 titulado «Derrotó el Mito de Acteón», escrito por el Senador de Colombia José Obdulio Gaviria. De igual manera, podrá disfrutar de una serie de fotografías del exmandatario nacional. A continuación, se transcribe el texto mencionado:

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DERROTÓ EL MITO DE ACTEÓN

Por: José Obdulio Gaviria Vélez, Senador de Colombia.

Si el príncipe no cumple con las obligaciones inherentes a su cargo, sumido en otros intereses o preocupaciones, se dice que vive o padece el “Mito de Acteón”.

Desde 1982, cuando el presidente de Colombia, Belisario Betancur, decidió que Colombia no haría la guerra al terrorismo, porque sólo habría una política: la paz a cualquier precio, los colombianos vieron crecer con una desmesura, imposible de describir, el efecto de semejante astenia estatal. Hasta 2002, año de la posesión de Álvaro Uribe Vélez como presidente, los colombianos padecieron el hecho de que en su cúpula estatal, tanto Belisario Betancur como los cuatro estadistas que lo sucedieron, fueron fagocitados por el terrible Mito de Acteón. Y el terrorismo se entronizó.

He acompañado con entusiasmo todas las campañas electorales de Álvaro Uribe -inexorablemente triunfantes- desde cuando, en 1986, pidió a sus paisanos que lo eligieran senador. En todos esos años, el signo de su acción y de su palabra ha sido el combate contra la corriente deslegitimadora del Estado, esa que hizo carrera en Colombia desde Belisario y que nos sumió en el infierno ácrata que es el Mito de Acteón.

Me consta que Uribe, desde época tan temprana, ya remaba contra la corriente: su prédica y práctica, por principios, era que debía ejercerse con firmeza la autoridad estatal legítima. El eslogan de su campaña presidencial de 2002 resumió bien su concepción del ejercicio del poder: “Mano firme, Corazón grande”.

Álvaro Uribe fue elegido gobernador de Antioquia en 1994. Era presidente su amigo personal Ernesto Samper, pero con quien ya tenía distancias ideológicas siderales. Samper practicó, respecto de las Farc, el Eln y las Auc, la política del avestruz. Fue ello ocasión para que los colombianos vislumbraran, por el contraste entre el presidente Samper y el gobernador de Antioquia, que podía haber una salida distinta a la única que se les había propuesto por tantos años como la única viable y legítima: el apaciguamiento. Samper ofrecía otorgar concesiones inauditas a los “actores armados” -así dieron en nombrar, de una manera respetuosa y eufemística, a los terroristas- mediante acuerdos en una “salida negociada al conflicto”.

Viví intensamente, en mi condición de presidente del Iela y columnista de prensa, la formulación de la respuesta contundente, aunque siempre respetuosa e institucional, del gobernador Uribe al presidente Samper. Se publicó en la cartilla Seguridad y convivencia (1985) y se la expuso personalmente el gobernador al presidente: “en Colombia no hay un conflicto social y político armado ni una guerra civil, sino una amenaza terrorista contra un Estado democrático pluralista. El Estado no hace la guerra, impone la Constitución y la ley y persigue a quienes se levantan contra ellas, con el apoyo y colaboración de la ciudadanía. Sin una alianza entre sociedad civil y fuerza pública, será imposible restaurar en Colombia el imperio de la ley”.

Estaba, pues, ya enunciada la política de la Seguridad Democrática, aquella que en 2002 se convertiría en eje de su campaña en la carrera por la Presidencia y que fue el fundamento de su exitoso ejercicio del poder. Con una precisión que no sobra hacer: Uribe no se quedaba en palabras; pasaba a la acción. Con las consabidas restricciones y límites del poder de un gobernador, Uribe ejerció en Antioquia su liderazgo sobre la fuerza pública y demostró que sí se podía derrotar a los terroristas. Todos los días, lloviera, tronara o relampagueara, a las seis de la mañana, recibía en su despacho a la cúpula de los militares y policías del departamento, a la Fiscalía y los organismos de control, y analizaba, con la presencia de alcaldes y delegaciones de municipios y regiones, el estado de cosas y las respuestas a los problemas.

El contraste entre Uribe gobernador y Samper presidente era dramático. Samper era un presidente derrotado y no concebía siquiera plantar cara a los terroristas. Un día, por ejemplo, escribió al canciller de Alemania, Hemut Kohl, una carta que lo retrata a él, a su régimen y, con ello, a la clase dirigente colombiana. Decía: “Su Excelencia. La actividad de la guerrilla en el país continúa ofreciendo las mayores dificultades, sin que las propuestas gubernamentales de reconciliación hayan sido consideradas. Estimaríamos de conveniencia (…) se pueda iniciar un procedimiento que acordaríamos conjuntamente, dirigido a propiciar un diálogo útil y constructivo (con las Farc y el Eln) que permita alcanzar un sano entendimiento y la paz duradera en nuestro país”. Así hablaban y actuaban los presidentes de Colombia hasta cuando llegó Uribe.

¡Sí! Lo primero que tenía que derrotar Álvaro Uribe era al “Mito de Acteón” y sí que lo hizo en toda la línea.

El jefe de las Farc, alias Tirofijo, detectó el peligro que representaba Uribe para la continuidad de sus planes de constituir una república cocalera y socialista. Consta en su correspondencia, que se le hizo una obsesión asesinar al Gobernador. Uribe nunca se arredró. Varias veces lo acompañé en sus viajes en el helicóptero, y siempre esperábamos lo peor, porque los terroristas intentaban balearlo cuando llegaba a los consejos comunales en los municipios. Hasta se dio un atentado en el que el francotirador falló por centímetros, y la bala dirigida a la frente del gobernador Uribe atravesó la del padre Bedoya, el joven y valiente cura párroco del municipio de San Francisco, quien falleció en los brazos del Gobernador.

Los éxitos espectaculares opacan otros éxitos trascendentes. Uribe había fundado en 1984 el Instituto de Estudios Liberales de Antioquia -Iela-, que se convirtió en un tanque de pensamiento y escuela de líderes. Ese centro tuvo profunda incidencia en la formulación de su obra de gobierno en lo económico y social. Poco se habla de ello, puesto que su triunfo más sonoro fue liberar a Colombia de la coyunda terrorista. Antioquia fue el taller experimental que demostró que Uribe era un gran reformador social, que se proponía construir un nuevo tipo de Estado. ‘Estado Comunitario’ fue el nombre que escogió para esa visión que puso en marcha durante los tres años de su gestión en Antioquia y que supuso la liquidación de una obesa máquina burocrática, la neutralización de la apropiación privada (puestos, contratos y mil prebendas más) del Estado, la concentración de los esfuerzos y recursos en la protección del ciudadano y en la producción de bienestar y oportunidades para todos. Años después, en la Presidencia de Uribe, la experiencia de ‘Estado comunitario’ se robusteció y permitió los avances más espectaculares en indicadores de crecimiento y superación de la pobreza.

Su manera de ser, llana y directa, le permite siempre entrar rápidamente en materia y ser tan eficiente. Uribe respeta el ceremonial, pero no lo obedece. Nunca lo vi caminando por la Casa de Nariño o por el suntuoso despacho de la Gobernación de Antioquia como si fuera el retrato ambulante de un prócer. Y a pesar de la jovialidad y encanto en el trato personal, siempre lo he visto rodeado de un general, espontáneo y bien merecido respeto. Creo que los temas que propone y, sobre todo, las preguntas que hace no dan espacio para estar tomando el pelo o haciendo chistes. Como senador, gobernador y presidente siempre lo he visto concentrado en ideas de Estado, en seguir paso a paso las cifras que dan cuenta de los resultados de cada política.

Cuando se habló por primera vez de levantar la prohibición de la reelección presidencial, Jaime Castro, exalcalde de Bogotá, habló del “natural apego a las mieles del poder”. En Uribe lo que se ha visto siempre es vocación acendrada de servicio y poca adicción a mieles. Su llegada al despacho presidencial retrata su personalidad y talante. Él se posesionó el 7 de agosto de 2002 y dedicó los dos primeros días, 8 y 9, a enfrentar, in situ, en Cesar y Caquetá, las expresiones más graves de la violencia guerrillera y paramilitar. El 10, cuando vio su oficina, espectacularmente ambientada y decorada por profesionales, pidió reorganizarla: “quitemos tanto adorno, por favor. Necesito mapas, papelógrafo, papel y lápiz”. Puso su computador y dio instrucciones a los encargados del conmutador telefónico para que ninguna llamada fuese descalificada automáticamente, sino que se filtrara cada una con inteligencia y sentido común. He narrado en varios escritos que, de hecho, en esa primera noche del presidente en su despacho, a las once, un ciudadano de Nariño llamó al conmutador y dijo que necesitaba hablar con el presidente porque la guerrilla estaba atacando su pueblito. El conmutador pasó la llamada al despacho y el propio presidente mantuvo abiertas las líneas con el cooperante voluntario, con los comandantes de la Fuerza Aérea y de la policía hasta cuando, pasadas dos o tres horas, se confirmó que ya había llegado el ‘avión fantasma’ y que la guerrilla estaba en derrota.

Uribe es un hombre valiente. Nunca desfalleció cuando las Farc intentaron contraatacar en Bogotá con una andanada de golpes terroristas que ahora sabemos, por propia confesión, dirigió el hoy senador Carlos Antonio Lozada (El Nogal, Transmilenio, atentados contra el senador Vargas Lleras, bombas en parqueaderos y amenaza masiva sobre Bogotá). Recuerdo que la revista Cambio se vino con un titular anonadante y que anticipaba una claudicación: ‘Fin de la luna de miel’. Se refería al presunto final del matrimonio entre el presidente Uribe y el pueblo de Colombia. La carátula estaba ilustrada con la foto de un Uribe con barba incipiente y mirada cansada. “(…) Es el típico final de la luna de miel, cuando la pareja regresa del viaje de de bodas y se enfrenta al desafío cotidiano de convivir a diario y pagar las cuentas”, dijo un columnista. Parecían querer ver a una opinión pública desalentada, que contagiaría al gobierno que al final tendría que claudicar y reiniciar el discurso zalamero con imploración del ‘diálogo’ y el ‘acuerdo humanitario’, ese tópico con el que atormentaban diariamente al presidente.

Refiriéndome a ese informe periodístico, escribí un artículo en el que aseguré que “en medio del ataque aleve, de las bombas, de los asesinatos, todo el mundo tiene derecho a flaquear, menos una persona, el líder. (…) Motley, el embajador de Bismarck dijo de Lincoln: ‘Es un hombre que posee una extraordinaria sagacidad natural; es ingenuo, sencillo, franco y noble. Lo creo tan verdadero como íntegro y tan valeroso como verdadero’. Ese ha siso Uribe.

Uribe ha sido un líder providencial para Colombia y América Latina. Él ha sido el muro de contención contra el avance avasallador de los violentos y su propósito de instaurar un régimen gemelo al que desde hace décadas martiriza a Venezuela. Dios lo siga iluminando y lo guarde por muchos años más.

Fin del capítulo.

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