(MEMORIA) Infierno en la jungla: El puente del Alcaraván
La mañana del viernes 18 de enero de 2002, la misma en que la guerrilla voló el puente El Alcaraván y dinamitó las torres de energía del departamento del Meta, un comando jungla de 16 policías libró una batalla a sangre y fuego en Sierra Eco. Combatieron en medio de un mar de coca, en …
La mañana del viernes 18 de enero de 2002, la misma en que la guerrilla voló el puente El Alcaraván y dinamitó las torres de energía del departamento del Meta, un comando jungla de 16 policías libró una batalla a sangre y fuego en Sierra Eco.
Combatieron en medio de un mar de coca, en las selvas del Caquetá, en el suroriente de Curillo, a 32 millas de Villa Garzón (Huila). La pesadilla empezó cuando las Farc impactaron dos helicópteros, donación estadounidense al Plan Colombia, que además transportaba a tres estadounidenses expertos en operaciones de fumigación.
Puestos en tierra para cubrir la retirada de los estadounidenses, cuyo helicóptero se precipitó a tierra en el corazón de un enorme campamento guerrillero, los jungla pelearon durante horas. Cinco antinarcóticos dejaron su vida en la manigua y otros cuatro abandonaron el teatro de guerra en hombros de los siete compañeros que sobrevivieron a las Farc y que lo dieron todo por salvar a Cuervo II , el helicóptero más averiado.
Lo que se vivió allí solo es comparable con las dantescas escenas de las películas sobre Vietnam, como Platoon, Prisioneros de guerra o la Misión del deber, afirman hoy los sobrevivientes, que esta semana fueron recibidos en la Dirección de la Policía como héroes de guerra.
La misión de la mañana era destruir más de 600 hectáreas de coca que los satélites estadounidenses habían detectado en el suroriente de Curillo, bajo control de unos 300 guerrilleros del frente 49 de las Farc.
La operación transcurrió normalmente hasta que desde tierra los guerrilleros abrieron fuego contra el piloto de Cuervo I, helicóptero líder de la misión. Uno de los proyectiles se incrustó cerca al rotor de la aeronave y amenazó su estabilidad. Activé nuestro código secreto para reportar a toda la flotilla que nos estaban atacando.
Cuervo II aterrizó de emergencia en una pequeña cabecera de playa, que separa al río de la selva. Las ráfagas se sucedían tratando de hacer blanco», recuerda el piloto de Cuervo I , encargado de evacuar a los estadounidenses y a la tripulación del otro helicóptero que amenazaba con arder en medio de un espeso humo negro.
Debían desembarcar y proteger a cuatro técnicos, cuya tarea era rescatar a Cuervo II. La valoración de los daños, sin embargo, arrojó otra conclusión: era necesario regresar a Villa Garzón y conseguir una manguera del hidráulico.
Las balas de los guerrilleros también cobraron la primera baja en las filas policiales: el patrullero encargado de la M-60. Sus compañeros dicen que solo se le entregó a la muerte cuando disparó el último cartucho.
Hacia las 2:30 de la tarde todo estaba casi perdido. Cinco policías yacían entre la maleza y otros cuatro clamaban a sus compañeros que no los abandonaran. Las voces y los silbidos de los guerrilleros se escuchaban a pocos metros y trataban de confundirlos. Nos decían que tranquilos, que eran refuerzos del Ejército.
Nadie estaba para rendirse, y los guerrilleros, que lo entendieron, lanzaron una ofensiva final con granadas de mano y de mortero. Creamos un túnel de retirada hacia el norte de la jungla, único sitio desde donde no nos atacaban. Luego nos comunicamos con los helicópteros, enfatiza el joven comandante.
Ya con coordenadas precisas, las aeronaves arreciaron los ametrallamientos. Y se preparó la operación rescate con dos Black Hawk. El primero intentó desembarcar un comando élite del Ejército. Tocaba tierra cuando las ametralladoras se trabaron.
Los guerrilleros, que buscaban afanosamente impactar la cabeza del piloto, fracasaron en su intento.
Busqué sangre, pero me di cuenta de que el proyectil había quedado incrustado en el chaleco de supervivencia.
El último herido
El desembarco era imposible, suicida. El piloto tomó altura y salió del área con la tropa ilesa. Y el turno fue para el segundo halcón negro. Eso se escucha como fritando maíz pira, relata hoy su piloto, un coronel al que han curtido 12 años de impactos contra las latas de su aeronave.
Con la guía de una bengala de humo activada por los jungla, el Black Hawk entró rompiendo con fuego nutrido de sus dos ametralladoras, mientras el resto de la flotilla seguía disparando a la selva.
Los sobrevivientes abandonaron sus trincheras disparando. Llevaban en sus hombros a tres de sus compañeros heridos. Los dejaron sobre el piso del halcón negro.
De un momento a otro, cuando el helicóptero abandonaba tierra, el último sobreviviente apareció a 15 metros del halcón negro, cojeando y cayéndose entre la arena. Buscaba con desespero la aeronave. Como no podía caminar, decidí echarme a botes.
Otro jungla saltó del Black Hawk y lo ayudó a subir. El helicóptero levantó y abandonó el infierno.
El auxiliador colgaba como una bandera humana. No hubo alternativa. Las demás aeronaves destruyeron el Cuervo II . Es la orden incluso estadounidense. Ningún helicóptero puede abandonarse a merced de la guerrilla.
Al día siguiente, sábado, la flotilla estaba de nuevo lista para regresar y parte de los jungla enfilados para rescatar los cinco cadáveres de los caídos. Sin embargo, desde Curillo, el alcalde telefoneó. Las Farc le habían llevado los cuerpos. 32 mil tiros no fueron suficientes para salvarlos, pero la operación Onix II continúa. Un jungla nunca muere. Va al cielo y se reagrupa, gritan los sobrevivientes.
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