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(OPINIÓN) ¿Trabajar para qué? Por: César Bedoya

La Semana Santa, a menudo un tiempo de reflexión, invita a considerar principios fundamentales. Uno de ellos, arraigado en la tradición a través de II Tesalonicenses 3:10, es el aforismo «El que no quiera trabajar, que no coma». Este antiguo dicho adquiere una resonancia particular en el contexto ac

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Redacción IFM
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¿Trabajar para qué? Por: César Bedoya

La Semana Santa, a menudo un tiempo de reflexión, invita a considerar principios fundamentales. Uno de ellos, arraigado en la tradición a través de II Tesalonicenses 3:10, es el aforismo «El que no quiera trabajar, que no coma». Este antiguo dicho adquiere una resonancia particular en el contexto actual, donde se observa un fenómeno desconcertante: la persistencia de ofertas de empleo que no encuentran postulantes, a pesar de las necesidades económicas existentes.

Un análisis complementario sobre este tema resalta el valor del trabajo más allá de la mera subsistencia. Se subraya su papel en la dignidad personal, el desarrollo del potencial humano y la contribución al bienestar colectivo. El trabajo se presenta como un medio para la autosuficiencia y la construcción de una sociedad productiva. Esta perspectiva hace aún más llamativa la situación de quienes, pudiendo trabajar, optan por no hacerlo.

Se evidencia una paradoja en el discurso social, por un lado, se expresan preocupaciones sobre la falta de oportunidades y la estabilidad económica; por otro, existen vacantes laborales concretas que permanecen sin cubrir durante periodos prolongados. No se trata necesariamente de empleos con condiciones inaceptables, sino de puestos que podrían significar un primer paso, una fuente de ingresos o una vía hacia la autonomía, pero que son descartados por potenciales candidatos.

Es fundamental, como se menciona, distinguir entre quien no puede trabajar y quien no quiere. La enfermedad, la discapacidad o circunstancias vitales extremas merecen toda nuestra empatía y el soporte colectivo. La sociedad tiene la obligación moral de amparar a quienes la adversidad ha dejado fuera del circuito laboral. Mi indignación, y creo que la de muchos que día a día se esfuerzan, se dirige exclusivamente hacia aquellos que, teniendo la capacidad física y mental, eligen voluntariamente la pasividad, la dependencia o la búsqueda de atajos que eluden el mérito del trabajo honesto.

Esta elección individual de no trabajar, cuando existen oportunidades viables, tiene implicaciones sociales más amplias. Puede fomentar percepciones de inequidad, poner presión adicional sobre los sistemas de soporte social financiados por quienes sí trabajan, y potencialmente subutilizar el capital humano necesario para el desarrollo económico. El concepto de «bien común» se basa en la contribución activa de los miembros de la sociedad.

El mundo laboral está en constante transformación, como bien se apunta, exigiendo adaptación, educación continua y nuevas habilidades. Pero ninguna tecnología ni automatización podrá jamás reemplazar la necesidad fundamental del compromiso individual, de la voluntad de aprender, de aportar y de ganarse el sustento con dignidad. La capacitación es clave, sí, pero requiere una disposición previa: la de querer trabajar, la de entender que el progreso personal y colectivo está intrínsecamente ligado al esfuerzo productivo.

En conclusión, la reflexión sobre «el que no trabaja, que no coma» no debería ser un mero ejercicio intelectual de Semana Santa, sino un recordatorio constante de nuestra responsabilidad individual y colectiva. Si bien una sociedad justa debe proteger a sus miembros más vulnerables, también se fundamenta en la expectativa de que quienes pueden contribuir lo hagan.

La existencia de empleos vacantes junto a personas capaces pero inactivas invita a una reflexión profunda sobre el valor asignado al trabajo, la responsabilidad personal y el compromiso con el progreso colectivo.

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