(OPINIÓN) ¿La infancia una zona de peligro verbal? Por: César Bedoya
Hace unas semanas, un episodio en una reunión familiar me recordó una cruda realidad de nuestra sociedad: la forma descuidada y a menudo perjudicial en que los adultos nos comunicamos con los niños. En una mesa donde la inocencia compartía espacio con la adultez, un niño fue sometido a una serie de
Hace unas semanas, un episodio en una reunión familiar me recordó una cruda realidad de nuestra sociedad: la forma descuidada y a menudo perjudicial en que los adultos nos comunicamos con los niños. En una mesa donde la inocencia compartía espacio con la adultez, un niño fue sometido a una serie de preguntas inapropiadas, como si la curiosidad infantil fuera una molestia o un objeto de burla.
La cara de confusión del pequeño, al ser cuestionado sobre si tenía «novia o varias novias», es el retrato perfecto de un mundo que exige madurez sin brindar protección, que espera que los niños se adapten a conversaciones de adultos sin que estos se adapten a su mundo. Este no es un caso aislado; es la punta del iceberg de una cultura que subestima el poder de nuestras palabras.
El problema va mucho más allá de las preguntas incómodas. Ejemplos de esta dinámica de poder se repiten a diario. Es el comentario sobre el peso de un niño, «qué gordo estás», que siembra la semilla de una futura inseguridad. Es el “dele un beso a la prima» que invalida el derecho a su propio cuerpo. Es el «no seas marica, los hombres no lloran» que reprime la expresión emocional. Todas estas son frases que, disfrazadas de humor o «educación», normalizan un diálogo tóxico, enseñando a los niños a desconfiar de sus sentimientos, de su apariencia y de su autonomía. Con cada una de estas interacciones, un adulto traza una línea invisible de lo que es aceptable o no en la mente de un ser en formación.
La ciencia ha comenzado a darle a este tema la seriedad que merece. Un estudio reciente publicado en la revista BMJ Open sugiere que el maltrato verbal en la infancia tiene un impacto comparable al del abuso físico en la salud mental adulta. Mientras que los efectos de un golpe pueden ser visibles y despertar la alarma social, las consecuencias de una palabra hiriente son invisibles pero iguales de duraderas. Los investigadores lo definen como una forma de «estrés tóxico» capaz de alterar el desarrollo neurológico de los menores, demostrando que el cerebro de un niño no distingue entre un dolor físico y uno emocional.
A pesar de esta evidencia, existe una clara desconexión en nuestra conciencia social. Las estadísticas son reveladoras mientras uno de cada seis niños sufre maltrato físico, se estima que uno de cada tres experimenta abuso verbal. Aun así, nuestras políticas de protección infantil y nuestro enfoque colectivo siguen centrados casi exclusivamente en la violencia física, relegando el abuso psicológico a un segundo plano. Hemos construido barreras para proteger los cuerpos, pero hemos dejado abierta la puerta para que las palabras dañinas entren y se instalen en la mente de nuestros niños.
El origen de este problema reside en nuestra mentalidad de «lo adulto». Vivimos en una sociedad que a menudo ve la infancia como una etapa de imperfección, donde los comportamientos naturales de los niños —su curiosidad, su llanto, su necesidad de atención— son catalogados como «molestias». Un niño que pregunta sin parar no está siendo fastidioso; Está construyendo, intentando un mapa del mundo. Un niño que llora no está haciendo un berrinche; está comunicando una emoción que no sabe cómo procesar. Silenciarlo es enseñarle que su voz y sus sentimientos no importan, creando una zona de peligro donde no puede expresarse.
La responsabilidad, entonces, recae en nosotros. En lugar de mandar a callar o usar el sarcasmo, debemos acoger las emociones de los niños y guiar sus conversaciones. Esto no significa que debamos tratarlos como adultos o que todas las conversaciones deban ser aptas para ellos. Por el contrario, la labor de protección y guía nos exige saber cuándo apartar al niño de un tema delicado, en lugar de castigarlo por estar presente. Fomentar su confianza y animar su participación en un entorno seguro es la única forma de construir una autoestima sólida y una mente sana.
Hay que hacer una reflexión profunda y un llamado a la acción personal. El maltrato verbal no se combate con leyes, sino con un cambio de conciencia. Comenzamos a tratar a los niños como los individuos valiosos y vulnerables que son, con la misma dignidad y respeto que le daríamos a cualquier adulto. Pensemos dos veces antes de hacer una broma a su costa o de minimizar sus emociones. Construyamos un entorno donde la infancia no sea una zona de peligro verbal, sino un espacio seguro para crecer, preguntar y, sobre todo, para ser.

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