(OPINIÓN) La indignación que inunda a Medellín y el Valle de Aburrá. Por: César Bedoya
Una nueva temporada de lluvias ha concluido en Medellín y el Valle de Aburrá, dejando tras de sí un rastro de desolación damnificados, muertos y miles de víctimas. Las cifras son nefastas, pero lo más indignante es la sensación de que esta tragedia se repite, una y otra vez ¿De quién es la culpa? ¿D
Una nueva temporada de lluvias ha concluido en Medellín y el Valle de Aburrá, dejando tras de sí un rastro de desolación damnificados, muertos y miles de víctimas. Las cifras son nefastas, pero lo más indignante es la sensación de que esta tragedia se repite, una y otra vez ¿De quién es la culpa? ¿Del cambio climático, de los residentes en las laderas, o de unas administraciones locales que parecen de brazos cruzados? La respuesta, tristemente, es un cóctel explosivo de todos estos factores, sazonado con una alarmante dosis de negligencia.
No podemos seguir excusándonos en que los fenómenos naturales son «inevitables» en nuestra geografía. Es una verdad a los medios. La verdadera tragedia reside en cómo gestionamos nuestro territorio, en las decisiones urbanísticas y en la ocupación desmedida del suelo. Las inundaciones y deslizamientos no son solo caprichos de la naturaleza; son, en gran medida, el resultado directo de la mano humana, de la deforestación, del manejo inadecuado de residuos y, sobre todo, de una planificación urbana inexistente. Todos los protagonistas se lavan las manos y señalan al cielo, cuando la catástrofe se gesta en tierra.
El cambio climático es una realidad innegable, con lluvias más intensas que azotan nuestra región. ¿Quién lo ha provocado? Nosotros, con nuestras malas prácticas, con nuestra indiferencia ambiental. El cambio climático no es una entidad abstracta, es la factura que nos pasa el planeta por décadas de abuso. Y mientras tanto, miles de familias, la mayoría de ellas vulnerables, siguen levantando sus hogares en laderas inestables y cauces de ríos, construyendo sueños sobre cimientos de arena, sin conocimientos, sin permisos, pero con la anuencia silenciosa o, peor aún, cómplice de quienes deben protegerlos.
La construcción en zonas de riesgo, la deforestación descontrolada, el manejo irresponsable de los desechos y la flagrante falta de una planificación urbana con visión de riesgo son factores humanos que no pueden seguir siendo ignorados.
Es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos que las autoridades sigan permitiendo este despropósito. ¿Dónde están los controles? ¿Dónde la vigilancia del cumplimiento de las normas ambientales? Es evidente que el papel de los responsables no se limita a responder a la emergencia con «curitas y pañitos de agua tibia», sino a prevenirla con acciones contundentes ya largo plazo.
Las autoridades locales, regionales y nacionales tienen una responsabilidad ineludible. Planificar, regular, controlar, proteger el medio ambiente y gestionar el riesgo de desastres no son opciones, son obligaciones. Pero ¿qué vemos? Una inoperancia alarmante, una incapacidad para frenar el crecimiento ilegal y para proponer soluciones dignas y sostenibles. Es inaceptable que se sigan entregando la vida de nuestros conciudadanos a la voracidad del caos urbanístico.
Pero la culpa no es solo de las autoridades. Como ciudadanos, tenemos un papel fundamental. Es indignante ver cómo, por la necesidad o la ignorancia, se sigue construyendo en zonas de altísimo riesgo, priorizando una residencia precaria sobre el valor incalculable de la propia vida. Una vida humana vale más que un techo en la cornisa de la muerte.
En resumen, la responsabilidad de los desastres en Medellín y el Valle de Aburrá es compartida, sí, pero no de la misma forma. Hay una indolencia criminal por parte de quienes tienen el poder y la obligación de actuar. Los gobiernos locales implementen planes a mediano y largo plazo, que ofrezcan soluciones de vivienda digna y controlen el espacio público con mano firme. Y que cada ciudadano valore su vida por encima de cualquier interés material. No podemos seguir siendo las víctimas silenciosas de una tragedia anunciada.
¿A cuántos más estamos dispuestos a perder antes de que la indignación se convierta en acción real?

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