(OPINIÓN) ¿Fanáticos o Solidarios? Por: César Bedoya
Mientras esperaba que ajustaran los frenos de mi bicicleta, una frase del mecánico resonó con particular fuerza: «Prefiero ser solidario a ser fanático». En ese instante, la aparente simpleza de sus palabras desató un cuestionamiento en mi mente ¿Hasta qué punto vivimos atrapados en el fanatismo sin
Mientras esperaba que ajustaran los frenos de mi bicicleta, una frase del mecánico resonó con particular fuerza: «Prefiero ser solidario a ser fanático». En ese instante, la aparente simpleza de sus palabras desató un cuestionamiento en mi mente ¿Hasta qué punto vivimos atrapados en el fanatismo sin siquiera notarlo, y cuánto espacio dejamos para la verdadera solidaridad en nuestro día a día?
El fanatismo, esa pasión excesiva y desmedida, se nos presenta a menudo con la cara de la intransigencia y la intolerancia. Ya sea en la política, la religión o el deporte, el fanático se adhiere incondicionalmente a su objeto de devoción, sacrificando a menudo la razón y el juicio crítico. Su visión se vuelve un túnel, donde cualquier perspectiva ajena es una amenaza, y la agresión o la exclusión se convierten en herramientas para proteger su verdad absoluta.
Pero, ¿realmente el fanatismo se limita a esas esferas trascendentales? Si nos atrevemos a mirar más de cerca, descubriremos un fanático en nuestros propios hábitos y pensamientos. Están quienes no toleran ideas ajenas, aquellos obsesionados con la vida «fitness» hasta la exclusión, o los que se aferran con fervor a sus miedos y creencias limitantes. El fanatismo, que etimológicamente nos remite a lo «sagrado» (del latín fanaticus y fanum ), se ha conquistado en lo cotidiano, convirtiendo nuestras rutinas en templos inexpugnables de verdades personales.
Frente a esta rigidez, emerge la solidaridad: una colaboración mutua, un apoyo incondicional en tiempos de necesidad. Globalmente, la hemos interiorizado como el acto de dar el bocado al hambriento, el techo al desposeído o la moneda al que sufre. Son gestos tangibles, nobles y necesarios, que resuenan con la empatía más básica y el compromiso de aliviar el dolor ajeno.
Sin embargo, ¿es suficiente ese material de solidaridad? Es aquí donde el concepto se expande y nos interpela. Mi nueva forma de pensar en solidaridad, esa que va más allá del objeto tangible, reside en la empatía y la comprensión profunda. Es la capacidad de despojarnos de nuestros propios filtros para intentar calzar los zapatos del otro, comprender sus necesidades, sus pensamientos, sus emociones y sus acciones, incluso cuando difieren radicalmente de los nuestros.
El desafío, entonces, radica en despojarnos de nuestras propias capas de fanatismo, aquellas que nos impiden ver la diversidad del otro. La intolerancia, la violencia y la pérdida del pensamiento crítico son los frutos amargos del fanatismo. La solidaridad, en cambio, florece cuando reconocemos la validez de múltiples percepciones de la vida y abrazamos la riqueza que nos ofrece la otredad.
Al final, la elección es nuestra: ¿Seguiremos afianzando nuestros propios fanatismos, cerrando la puerta a la comprensión y la diversidad? ¿O daremos el salto hacia una solidaridad que no solo alimenta el cuerpo, sino que también nutre el espíritu a través de la empatía y el respeto por la percepción de vida del otro?

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