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(OPINIÓN) Ser empresario en Colombia: ¿solo para kamikazes?. Por: Carlos Betancur Gálvez

Ser empresario en Colombia siempre ha implicado asumir riesgos y enfrentar retos.

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) Ser empresario en Colombia: ¿solo para kamikazes?. Por: Carlos Betancur Gálvez

Ser empresario en Colombia siempre ha implicado asumir riesgos y enfrentar retos. Sin embargo, en la actualidad, las dificultades parecen multiplicarse a un ritmo alarmante. No es solo el escenario económico lo que nos preocupa; es la sensación de que, desde las esferas de poder, se ha perdido de vista el verdadero valor de las empresas para el país. Hoy, emprender o dirigir una empresa en Colombia no solo es sinónimo de incertidumbre financiera, sino de enfrentarse a un entorno que parece, cada vez más, hostil hacia quienes apostamos por el crecimiento económico.

Uno de los factores que más inquieta al sector empresarial es la incertidumbre generada por las reformas propuestas por el gobierno de Gustavo Petro. Las políticas que se están impulsando, más que ofrecer soluciones, han sembrado una profunda duda sobre el futuro del país. Reformas fiscales, laborales y energéticas que cambian las reglas del juego de forma constante, sin una hoja de ruta clara, dejan a las empresas navegando en aguas turbulentas. ¿Cómo se puede planear a largo plazo cuando no sabemos qué marco normativo regirá en los próximos años?

Y si la incertidumbre regulatoria no fuera suficiente, el aumento de la inseguridad en el país agrava aún más la situación. No pasa un solo día sin escuchar noticias de atracos, secuestros o actos de violencia que nos hacen cuestionar la seguridad de nuestras operaciones, de nuestros empleados y de nuestras familias. Muchas empresas, especialmente en las zonas rurales, están considerando cerrar o trasladarse, ante el creciente riesgo que implica simplemente mantenerse abiertas. ¿Cómo podemos contribuir a la reactivación económica si no contamos con la seguridad mínima para operar?

En cuanto al futuro energético y de infraestructura, la preocupación es palpable. La decisión del gobierno de no invertir más en vías 4G, clave para nuestra competitividad, parece un error estratégico. En un mundo cada vez más interconectado y dependiente de la tecnología, quedarnos atrás en infraestructura básica nos condena al rezago. No se trata solo de que nuestras empresas pierdan competitividad frente a actores internacionales, sino de que el país como un todo pierde oportunidades de desarrollo.

A esto se suma la carga de las reformas fiscales consecutivas. Es difícil entender cómo se espera que las empresas prosperen cuando, cada pocos años, enfrentamos nuevos impuestos o ajustes que afectan directamente nuestra rentabilidad. La capacidad de maniobra de muchas empresas se reduce, y para muchas pequeñas y medianas empresas, que son la columna vertebral de la economía colombiana, esto es simplemente insostenible. Peor aún, no se ven incentivos reales para la formalización empresarial. En vez de alentar la creación de nuevas empresas y la formalización de las existentes, pareciera que cada reforma castiga más al que decide operar dentro del marco legal.

No hay un propósito común de país. Vivimos en una Nación profundamente polarizada, y esa división se siente desde el gobierno mismo. Lejos de buscar puntos de encuentro, se promueven narrativas que enfrentan a los ciudadanos entre sí, y el empresariado no es la excepción. Somos estigmatizados. Se nos señala como si fuéramos responsables de los problemas estructurales del país, cuando en realidad somos los que intentamos, muchas veces a pesar del gobierno, generar empleo y crecimiento. Ser empresario en Colombia, en el discurso público, es casi equiparable a ser el villano de la historia.

Quizás lo que más me impacta es el desconocimiento sobre la realidad de nuestras empresas. Hace poco, una representante a la Cámara argumentaba que las empresas en Colombia tenían utilidades EBITDA por encima del 25%, como si eso fuera la norma. Esta falsa percepción solo alimenta la narrativa de que los empresarios somos privilegiados en un país donde la mayoría de la población lucha por subsistir. La realidad es muy distinta: la mayoría de las empresas en Colombia están luchando para mantenerse a flote, especialmente tras la pandemia y en este entorno de incertidumbre política y económica.

Finalmente, hay una sensación generalizada en el país de que estamos yendo hacia atrás. El ánimo colectivo es más negativo que nunca. Las expectativas de crecimiento económico para 2024 han sido revisadas a la baja por múltiples organismos internacionales, y la falta de capacidad para ejecutar los recursos públicos de manera eficiente solo agrava la situación. Vivimos en un país que, en lugar de mirar hacia el futuro con esperanza, parece estar atrapado en una espiral de pesimismo y división.

Ser empresario en Colombia hoy no es solo una cuestión de supervivencia financiera, es también una lucha diaria por demostrar que nuestras empresas son esenciales para el desarrollo del país. No pedimos trato preferencial ni exoneraciones, simplemente queremos que se nos valore por lo que realmente aportamos: empleo, innovación y oportunidades. Pero mientras la narrativa oficial siga demonizando al sector privado y la incertidumbre sea la norma, ser empresario en Colombia se sentirá más como una cruzada que como una oportunidad de crecimiento.

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