Óscar Jairo González Hernández
Óscar viene del germánico; una de sus etiologías es "espada divina": ¿Qué significa para vos tu nombre? Me dice mucho más de lo que es y puede ser mi nombre, cuando soy nombrado por otro. O tal vez por mí mismo, dado que nunca nos nombramos a nosotros mismos.
Por: Óscar Humberto Tabares Palacios
No hacemos nunca una prueba de posesión del nuestro. Nombramos a los otros; pero el nuestro, no es extrañamente innombrable. Y es más, cuando otro nos nombra no sentimos nada extraordinario. Da lo mismo. Yo me he dado mi nombre, eso sí lo sé. Podría decirse que lo que uno hace en la vida, después de que ha sido nombrado para ella, pues lo lleva hasta su muerte, en la medida en que lo lleva hasta ella. Uno muere en el nombre que le ha sido dado y que no ha construido de manera inexorable. En el morir está también la muerte del nombre.
Y sí considero tener una rotunda inclinación por lo divino, en muchos de sus sentidos. Eso sí sé que me es esencial. Trato de hallarlo en todo aquello que observo, a lo que siento inclinación de obedecer por la fascinación que me provoca. Es una fascinación de carácter súbito y momentáneo, que me trasciende, que me excede. Y es para mí lo divino como revelación. Yo querría ver mi rostro cuando estuviera muerto. Es mi melancolía. No es una extraña coincidencias que tú te llames Óscar y yo también, claro que sí, pero ni el uno ni el otro nos podremos ver en el vacío que causa el nombre que tenemos.
Personaje como mmáscara como vehículo para proyectar la voz. ¿Cuántos rostros se esconden tras la imagen del profesor universitario? ¿Cuáles son tus rostros preferidos?
¿Máscara, en qué sentido? Para mí la máscara no oculta sino que revela. Me muestra y me exhibe. Cuando haces teatro, necesitas de la máscara para hacerlo. Y la vida es un teatro. No se podría vivir sin la máscara, porque ella es necesaria ya que no toda la vida no es evidenciable, ni a nosotros mismos ni a los otros. La máscara es el símbolo que no dice. No cubre ni encubre sino descubre. Y llevar máscara no es mentir. La máscara se ríe de nosotros mismos, nos ironiza, porque no somos nosotros los que la llevamos, sino que ella nos lleva a nosotros. Como todo conocimiento de la vida requiere de máscaras, la máscara dimensiona ese conocimiento.

Intentar conocerse a uno mismo necesita de llevar máscara en esa vía. Máscara es lo que hacemos, en la tensión extrema de no mentir. Quien miente de sí mismo, ya no lleva máscara. Yo llevo en la totalidad de mi vida el rostro que soy. No lo escindo de nada en ella. Lo muestro rebeldemente. Yo no me extorsiono a mí mismo, sino me realizo tensión de exaltación de él. No llevo, como te he dicho Oscar, sino uno solo. Mi máscara es la misma y mi rostro también, no estáticos sino en movimiento. Recuerda que el arte, que es lo que sostiene mi inclinada, inclinante manera de ser, aquella que deviene de la exultación del otro, es desde y en lo estético; todo lo demás no suscita interés para mí, desde donde determino mis órdenes de relación, realizo mi metódica de construcción de relaciones, y es del arte de donde he extraído la obsesión por el movimiento.
Narciso queda atrapado por su imagen reflejada. ¿Qué flotadores te permiten navegar en este oocéanodespués del naufragio?
Uno se vería aquí en el tema del Narciso, tentado a no decir nada. Como una inversión de la tentación que sería la de tratarlo, sería no decir nada. Ya que es una cuestión que provoca equívocos perturbadores. Ya no es dable mirarse a sí mismo. Idolatrarse a sí mismo, aunque todos lo hacemos. Porque ese narcisismo es la idolatría del sí mismo que está poseído en el Nombre y en el Rostro. No cualquier vacuo narcisismo. Ese el drama de mirarse a sí mismo, para iniciarse en la decisión. Decidir como Narciso es querer darle un carácter y un sentido a su destino. Uno quiere intencionar el destino, hacerlo uno mismo. Que la vida de uno no esté en la decisión de los otros, sino en la libertad inalienable de ser uno mismo. Eso es para mí, Narciso. Yo quiero ser yo; para ello me preparo, sí, como un atleta, puede ser. Desarrollo mis músculos para poder llamar e ir tras la sabiduría; aquí tanto la hay en Oriente como en Occidente. No debe haber obstáculos allí, sino transparencia. Resuelve solamente aquel que está pues, en el camino de conocerse a sí mismo. Teatraliza su densidad de ser por medio de la ironía o el humor noir. Para decirte la verdad, a mí me atrae cada vez más el hundimiento, hundirme en todo lo que deseo conocer. Un Narciso que se hunde en lo abismal y lo abisal podría ser yo. Hundirme para mí es acceder a muchas cosas que si no diera así, hundimiento quiero decir provocado intencionalmente, no aquello de que, ¡ay, me hundieron! No, uno es el que hace todo para hundirse, por una excitación de sí, de sus sentidos. Hundirse, podría decir, es un elevarse, al revés.

En nuestro medio es común construir dioses de barro o pequeños ídolos: Santa Maradona Fútbol Club, El Sagrado Rostro, Adoradoras del Divino Miembro El Opus Dei, El Partido Conservador, entre Uribe y Pastrana. El partido liberal entre César Gaviria y Uribe, etc... ¿Cómo evitar la adoración, la idolatría?
No haremos aquí un tratado sobre los ídolos, los idola por decir de Bacon. Yo busco más que como decía Baudelaire en un bosque de símbolos; en los indicios, en los incidentes. Eso es lo que a mí me interesa. Es donde se apoya mi interés. Desde muchas perspectivas y ciencias. Una es la ciencia del arte, de la estética. No veo problema en ello, en decidir qué es ciencia o no lo es. Hay que ser más dialécticos, la dialéctica heracliteana. U observar el método de Mondrian para hacer arte, esos tres momentos de los que él trata. No considero que los que mencionas sean ídolos pues en este sentido. La idolatría ha sido condenada, se censura, pero dentro de esta estructura dentro de la cual estamos hablando, no lo observo así. Todos necesitamos de ídolos, cualquiera sea el ídolo, porque sin ellos, la vida no podría llevarse sin una necesaria tranquilidad, orden, estabilidad.
Estos ídolos nos tranquilizan, nos estabilizan. De lo contrario no sería intolerable tener conciencia de sí, en otros sentidos. Todo sería demasiado. Tenemos que tener, dicen, mediadores contra la locura de la conciencia. Yo no los necesito. Mis ídolos son otros, no porque sea un ser extraño o extraordinario, sino porque mis ídolos, los míos no son transmisibles o comunicables a los otros. La idolatría no es alienación, desde esa consideración, sino liberación, una catarsis. Para unos puede ser leer más o menos que otros. O hacer más cuadros o no hacerlos. Destruirse a sí mismo o no hacerlo. Y se me hace que todos hacemos aquí tentativas. Iniciamos una cosa, hacemos otra. Es una idolatría el consumo, sí, lo es. Y por qué entonces no ver que quien consume lo hace por el paroxismo que le resulta de ello. Teoría estética del paroxismo a través del exceso del consumo. Uno no lo hace con uno mismo, pues sí. Pero, ¡ay, no lo ve sino en los otros!
Estamos prisioneros de la imagen… ¿Qué lugar queda para el iconoclasta?
Yo no diría que tanto de ella. Ni del rol que se ha de llevar en la vida. No, es tan extremo ello, en la medida en que uno se libera de uno mismo. O yo me libero de mí mismo en cada momento. No hacer lo mismo es hacer lo mismo para quien observa, no para uno mismo. Tratarse a sí mismo de muchas maneras, de probarse, de transformarse. Tendemos a ser los mismos, porque no podemos ser otros, ya que todos te quieren con la condición exorbitante de que seas el mismo siempre. Y así, después nos reclaman cuando no cambiamos o no propiciamos el cambiarnos. Provocación más que instrucción. Nadie puede cambiar así como así. Observa, Óscar, cómo un artista no cambia. Y se da y tiene una estética de sí mismo y la propone, la hace evidente de manera constante. No tiene por qué hacerse ilusiones de cambiar. No se propone además hacerlo, porque ha alcanzado la formación él de una estética que le propicia, que le vehicula ser el mismo. Entonces, se hace que lo iconoclasta sea con uno mismo. Quemar, incendiarse uno a sí mismo. Tema pues problemático, porque nadie querría hacerlo, pero hay quienes lo hacen en todos los momentos de su vida. Tentar lo intentable. Paroxismo de la forma que uno se da. No ser nunca el mismo, pero ser otro también en el ser mismo. No hay que posar, no es una pose, es estar poseído de todas esas máscaras.

En el Islam está prohibida la representación de Alá; en el cristianismo abundan las imágenes en todos los formatos y presentaciones. En ambos credos igualmente el texto como palabra divina. Entre la imagen y la palabra ¿Donde te sientes con mayor libertad?
Tanto, querido OÓscar el Islam como el Budismo o el Hinduismo, el Brahmanismo, me interesan. Por las metódicas, que en ellos hallo, nada más. O diría: más. Así que no encuentro problema en ello. No es lo nunca lo mismo, porque uno sabe leer esos textos de esas y todas las tradiciones, desde la sensibilidad, la percepción, la intuición, sin hacer consideraciones de otra índole. Racionalizarlas quiero decir, aunque también son y han sido leídas desde ahí. Mira, es que mi procedimiento no es el de la exclusión, para con nada ni con nadie.
Tiemblo cuando siento que estoy haciendo esto. Exterminar al otro, lo otro, es intolerable e indeseable para mí. Es la demostración de una violencia máxima. Pero se hace. Yo no. Entonces, lo que hay que resolver aquí es que yo me inclino más hacia el Verbo Encarnado, como decía Pizarnik de Artaud. Eso es lo que busco. Encarnar aquello de lo que hablo. Esa es mi mayor incitación. Hacerlo vivo en mí, no materia muerta. Materia que exhumo para cuando vaya a abordar un tema, no, a mí eso me causa ira incontenible. Por eso trato de no hacerlo. Transmitir sí, un conocimiento vivo. Vivo es de vibrar. De vivificar lo que está muerto, en uno y en el conocimiento. Odio la letra muerta. A lo que llaman libertad, no le concedo intervención en mí, sino desde la perspectiva de lo que me libera de mí mismo. No se es libre sino cuando se es de sí mismo, y esa libertad no se da sino por medio de una iluminación, que lleva al conocimiento. Tratar y tratar al sí mismo, hasta que él, extenuado y exacerbado hable. La estética, como tecné podría propiciarlo. Intervención de lo propiciante.
De los diferentes movimientos esteticos ¿Cúal te brinda más ooportunidades más disfrute?
Yo no podría hacerlo, lo dudaría inmediatamente; porque a mí me atrae todo el arte, lo que Klibansky llama la Historia de la sensibilidad. Entonces cabría decir que me causan temperaturas de distinta naturaleza todos los movimientos de arte, al hilo del historiador de arte y en sí, todo el arte, en relación con la sensibilidad. Una sensibilidad racional, no cualquier sensibilidad, es de lo que aquí se habla. Para mí no existe exclusión. Trato de conocer todos los artistas, de todos los movimientos del arte y de todos los movimientos de la sensibilidad, en su dimensión estética. No cabe hacer de inquisidor para con el arte, aunque existen, es verdad. Yo no lo soy. Inquisidor de una estética, bueno, eso no lo sería, no lo haría nunca. Porque sería hacerlo con mi vida, con mi muerte. No me es realizable. Observo todo el arte, como aquello que es y ha de ser considerado y abordado desde una libertad total. No se puede someter ni condenar a un artista —todo hombre, un artista—, como lo dice Beuys, a que observe una forma concreta y totalitaria del arte, ni de la vida. Racionalizaciones totalitarias, son realmente obscenas en el arte y en la vida. Hay que decirlo.
¿Qué es lo bello para vos?
El vacío. Nada más.
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