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Fernando González y "mi Simón Bolívar”

La idea del instante presente. Allí, en el hombre que rumia y paladea, está la serenidad. No hace mucho recordaba que leí a Fernando González, a mi otro González, un poco después de comenzar mi 4.º de Bachillerato en el Liceo Manuel Uribe Ángel (MUA), en el municipio de Envigado, como un extraterritorial, pues no era de ese municipio ni vivía allí, y lo hacía en mi clase de Religión.

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Fernando González y "mi Simón Bolívar”

Por: Óscar Jairo González Hernández

Recordé cuando tomaba en Junín con Maturín, en Medellín, la Arrierita para ir al Liceo. Debió sin duda, haber sido mi formación en el Liceo Aristotélico; para mí que comenzó entonces la necesidad de leer a Fernando González. En el viaje. Y nunca pensé que su libro Pensamientos de un viejo (1916) sería uno de mis libros esenciales, y que hoy todavía lo continúa siendo, en mi ecléctica formación, el que me llevaría a presentar en el Teatro Matacandelas la obra Mi Simón Bolívar (1930) de Fernando González, también por una causalidad aristotélica. Hoy más o menos 40 años después de haberme involucrado con ese libro.

Cuando se quiere saber del movimiento, se camina. Caminar es para conocer. Tiene esa profundidad y esa superficialidad tensional. Caminar es ir hacia sí mismo, en el momento inicial, o no, en el movimiento inicial, o sea, allí donde está radicada la decisión de caminar. Caminar hacia otro es lo que ocurre después. Y sin buscar nada, pues solamente se quiere caminar hacia otro. Cuando se busca a otro no tiene ese caminar la misma esencia ni la misma naturaleza. Y en ese caminar es donde entre el que camina, el buscar a otro se necesita entonces de lo que ni uno ni otro pueden conocer; es el caminar para el conocer sin buscar. Fernando González camina, o hace el caminar para conocer; por eso es en ello un pensador profundo y superficial, dado que lo superficial también es y hace la profundidad. Es un ir y venir, eso que Sartre decía de Parain, un pensador de ida y vuelta.

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Y al caminar, está o se da de manera irreductible, si se quiere, la necesidad interior del pensar. Caminar y pensar se hacen necesarios, pero para el hecho mismo de caminar y pensar. Y en el momento mismo en que se camina y se piensa con la conciencia de que es el caminar entonces se estudia; el estudio se hace en el caminar y en el pensar.

No puede haber para Fernando González relación que no intensifique la conciencia en el caminar y el pensar, como se observa en Mi Simón Bolívar. Caminar lleva a hablar solo (locus solus), habla que en él y que lo muestra entonces pensando y dice lo que piensa, y cómo se ve a sí mismo al pensar: Mi primer deber de filósofo es dominar el amor sensual. Por ejemplo, tengo que dominar esta muchacha que se ha entrado en mi vida, así como domina Carlos al “Rionegro”: se lanza al río, lo coge de frente, de través. Carlos afirma que para ser buen nadador hay que montársele al río.

Pero el estudio es lo que le sostiene en lo irresistible de ser la conciencia o haberla formado, conciencia como conciencia de sí, al decir de Husserl, pero en González, llena y dominada por la sensualidad; lo interior y lo exterior de la sensualidad evidenciada en él mismo. Tiene el estudio como la sensualidad excitada, porque es lo que desea, es lo que busca, el estudio, la conciencia del estudio.

Y quien estudia, se lleva a sí mismo a llevar a cabo pruebas que no haría de no ser por la necesidad del estudio para formar la conciencia. Y de la conciencia obtiene y extrae el método, y el método en Fernando González para buscar a Simón Bolívar es, como él lo dice, el método emocional: Emocional llamamos nuestro método. Comprender las cosas es conmoverse; hasta que uno logre la emoción intensa, no ha comprendido un objeto; mientras más unificado con él, más lo habremos comprendido. De ahí que sea tan viva la definición de la belleza cuando se hace consistir en la cualidad de los objetos que nos incita a poseerlos (…).

Es el método en movimiento de la inquietud. Que va de lo verdadero a lo no verdadero, de lo condicionado a lo incondicionado y de lo conocido a lo desconocido. Es del carácter del temperamento. Incidental, ha de serlo, porque relata o se basa en el relato de incidentes.

Fernando González y "mi Simón Bolívar”

Todo esto es lo que hace de Fernando González un pensador heterodoxo, y hace que nos interesemos por él, porque tiene y no tiene método y lo que nos atrae como el imán al hierro de él como lectores es lo que consideramos su rebelión. Rebelión que es de González, pero que también es la del lector, cuando se considera que la rebelión no es necesaria ni es una posición de la vida, en este momento. Cuando se concibe la rebelión como innecesaria o no crítica, es cuando más se requiere de la rebelión sobre uno mismo, rebelión estética.

Rebelarse es para Fernando González ser y vivir en el momento mismo la vida, la que se tiene como un absoluto, en el sentido de lo absoluto como el sentir la mismidad del ser en la Gran Presencia de sí mismo, o como eso que el artista Roberto Matta llamaba: Los grandes transparentes. Y que lleva metódicamente la observación de sí mismo, de los otros y de la naturaleza como en, por decir, en Renan, Valéry Larbaud o en Gide. Heterodoxia incisiva e insistencial, ese es su método. O sea, aquello que se da como vaciamiento del sí mismo. De tal manera que también es entonces un teatro.

Comencé indicando los años de mi vida y de mi lectura de Fernando González, porque en Mi Simón Bolívar, es González contundente en cuanto a ello, porque es por medio de ellos que la vida se realiza o desarrolla en conciencia de sí: Tengo 35 años. Multiplicados por 12, igual a 420 meses. Multiplicado por 30, igual a 12.6000 días. Este tiempo hace que vivo aquí, entre mis conciudadanos, sin arte y sin grandeza. O: Ochenta pesos colombianos para Berenguela, de cuelga. Hoy cumple 31 años. Disminuye mi amor por el oro. La juventud, el amor, el honor, el saber son mejores, y no se compran sino sus apariencias. La vida consumida en su totalidad, como cuando un libro se quema en uno y de nuevo realiza en uno mismo su renacimiento de otra manera y suscitando otros sentidos. Ese es un escritor y lector de sí mismo: Fernando González.

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