Damaris Román: Medellín “la ciudad de la eterna deconstrucción”
Desde la intensidad de quien hace de su vida un teatro, podría decirnos en qué momento se le revela y siente la necesidad de hacer este libro. “Subciudad”
Por: Óscar Jairo González Hernández
¿Cuáles son los elementos de la naturaleza de su yo que la llevaron a ello; cómo se hizo su catarsis? ¿Cómo estableció o no la diseminación de su mundo, la visión de su realidad, al hacer este libro, y hacerse en él, dominarlo o no? ¿Qué sentido tiene, y por qué lo tituló de esa manera? ¿Qué es la “subciudad”? ¿En qué se da? ¿Cómo es su método, o no tiene y por qué? Y sí la densidad de su masa de formación, sus principios estéticos están aquí instalados, y cuáles serían; de qué carácter la inquietud que la poseyó para ello, y si hay una rebelión que revela su vida en la urbe, y cómo es esa melancolía o no de la intervención de sí misma en ella; podría ser un teatro?
Toda revelación llega revestida con la máscara de la epifanía o la serendipia, pero sabemos que hay un germen que se va gestando casi siempre sin darnos cuenta. Primero quemé mis versos adolescentes y luego vino el silencio. Suspendí por años la escritura, pero la gestación de ese germen crecía silenciosamente y me estaba carcomiendo. En 2017 retomé la escritura por necesidad de sobrevivir a mi furia enquistada, a mi inconformidad crónica, a mi extrañamiento irremediable y a mi relación amor-odio hacia la Medellín que me tocó vivir. Infancia en los no futuros 80's, pubertad y adolescencia en el terror de los 90, juventud y maternidad en la horrífica primera década del 2 mil con sus operaciones “Orión” y “Mariscal” respirándonos en la nuca. Luego veía cómo se levantaba una ciudad imponente por un afán de reivindicar su imagen y superar el estigma que sufrió por esas décadas pero que por más que quisiera no podía tapar sus sótanos; sus calles nocturnas azarosas; sus zócalos raídos con olor a urea y estiércol humano; su indigencia creciente; su salvajismo suburbano, con vestido de metrópoli, de unos ojos escrutadores y contestatarios.
Yo leía una ciudad del progreso tan ambigua y fanfarrona con su lado B: una subciudad marginal y feroz creciendo a la par de una imagen engalanada. Tan acogedora y demoledora a la vez. Una ciudad que también llegué a nombrar "la ciudad de la eterna deconstrucción" porque siempre había algo rompiéndose y a la par algo erigiéndose. Una máquina de deconstrucción en varios sentidos. Y nada que hacer con mi manía de elegir lo horrible o lo despreciado para imprimirle belleza, solo intentar nombrarla y sacarme la rabia, sin ninguna pretensión de publicar. Luego surgieron unos poemas que me conectaban a mi infancia con el tango y la ciudad que comenzaron a proyectarse a través de imágenes escénicas y comencé la exploración, el juego escénico que siendo para mí muy serio, le bajaba esa sordidez de la quietud y la introspección que me generaba “Subciudad”.

Los elementos de la naturaleza de mi yo que me llevaron a escribir "Subciudad" tal vez fueron mi visceralidad, mi pasión y mi rebeldía. He sido contestataria y ácrata por naturaleza. Lo que hice fue escucharla y dejarla hablar. Mi catarsis se dio en su escritura al fluir como un escupitajo, como un rosario de madres; toda esa furia, toda la violencia, toda esa inconformidad, esa sensación de no pertenecer jamás a ningún lugar salió como debía salir, como un corcel desbocado. La diseminación y visión de mi mundo y una de las formas de leer o intentar escribir mi realidad circundante y personal del lado B en esas décadas indigeribles se tradujeron y encarnaron en "Subciudad" como una gestación mugrienta a la que denominaba mi engendro; así me hice en él y dejé que fuera.
Al sinsentido de esas décadas de violencia irracional quise escribirles, sin el propósito de darles sentido, ni darme sentido porque simplemente no buscaba encontrarlo.
Lo titulé "Subciudad" porque veo que las metrópolis se configuran a partir de dos ciudades en una: una marginal y otra posicionada que se retroalimentan y se parasitan. La Subciudad es un monstruo andrógino en el que predomina una apariencia femenina depredadora pero es también como el hijo enfermo que escondían las familias de bien en el patio o en el último cuarto para que nadie lo viera. Y es Subciudad donde expongo esas vergüenzas, esa marginalidad con su voz fantasmal, esa hija deforme. En ella aparecen la impotencia, el fracaso, los desechos y lo deshecho como aborto de un no futuro que aún nos persigue.
No tuve un método para escribir “Subciudad”. Soy indisciplinada porque no me gusta ser una máquina de escribir pero soy autoexigente y me gusta estudiar. Trato de ser honesta con lo que llevo a la escena o a la escritura pero lo que no deja de ser constante de manera obsesiva es la observación; la mirada escrutadora, diseccionadora y poética sobre mis mutaciones y sobre todo lo que encuentro. Elegí la primera persona en la mayoría de los escritos de “Subciudad” porque al fin y al cabo es mi punto de vista de la ciudad y a veces me gusta jugar a poner en primera persona lo que no es autorreferencial y en tercera lo que sí pero a veces se cruzan también. Podría decir que en lugar de tener un método estético, lo que tengo es una búsqueda estética. Encuentro belleza entre lo grotesco y lo sutil y me gusta ponerles en diálogo, y esto se traduce en el ritmo y las imágenes. Tampoco pueden faltar la ironía y el sarcasmo pero en "Subciudad" predomina el tono sarcástico de manera intencional; la atmósfera es sucia y fantasmal.
La inquietud que me poseyó podría suponer que tiene que ver con la naturaleza del duende lorquiano, una fuerza telúrica e irracional que recorre el cuerpo y los sentidos, que para mí ha sido profundamente visceral, tal vez como incapacidad de digerir el mundo.

Y por supuesto que hay una rebelión en mí que revela mi vida en la urbe. Es la chica de quince años rapada, mirándose al espejo, preparándose para salir a la calle como una hiena para no dejarse devorar por la ciudad con sus monstruos. Es la mujer adulta que ama cargar precisamente su eterna melancolía como talismán para alejar los malandros mientras camina inhalando el aire de las calles, por fin solitarias, escuchando en su rocola cerebral Oblivion y declamando en voz baja su ¿Por qué escribo así? en los recovecos de la noche. Todo es una puesta en escena.
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