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¿Cómo acompañar emocionalmente a niñas, niños y adolescentes después de un terremoto?

El impacto de un terremoto no termina cuando cesan los movimientos del suelo. Niñas, niños y adolescentes pueden experimentar miedo, ansiedad, alteraciones del sueño o una mayor necesidad de compañía después de una emergencia. Expertos recomiendan que familias y colegios acompañen estas reacciones con escucha, información clara y espacios seguros para expresar las emociones.

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¿Cómo acompañar emocionalmente a niñas, niños y adolescentes después de un terremoto?

Después de vivir un evento que altera la rutina y genera incertidumbre, las reacciones emocionales de niñas, niños y adolescentes pueden convertirse en una preocupación adicional para sus familias. El reciente terremoto que afectó al país no solo dejó consecuencias materiales, sino que también puede generar temor, ansiedad y preguntas entre los menores de edad que presenciaron el movimiento o recibieron información sobre sus efectos.

Ante este escenario, el acompañamiento de madres, padres y cuidadores adquiere especial importancia. Identificar las emociones, permitir que los menores expresen lo que sienten y ofrecerles información acorde con su edad son algunas de las herramientas que pueden contribuir a recuperar progresivamente la sensación de seguridad.

Carolina Palacios, Orientadora del Cuidado en Cosmo Schools, la red de colegios de Comfama, plantea herramientas para que las familias puedan abordar este tipo de situaciones y acompañar a los menores durante los momentos posteriores a una emergencia.

Uno de los principales retos consiste en conversar sobre lo ocurrido sin incrementar el temor. Para ello, los adultos deben procurar responder las preguntas de niñas, niños y adolescentes de manera sencilla, clara y sin transmitir información que pueda resultar innecesariamente alarmante.

La forma de abordar la conversación también debe tener en cuenta la edad y el nivel de comprensión de cada menor. No todos reaccionan de la misma manera frente a una situación de emergencia y algunos pueden expresar directamente sus preocupaciones, mientras otros pueden manifestarlas mediante cambios en su comportamiento.

Entre las reacciones que pueden aparecer después de un sismo se encuentran el miedo, la ansiedad, cambios en los patrones de sueño, necesidad de permanecer cerca de los adultos o dificultades para expresar lo que están sintiendo. Estas respuestas pueden formar parte de la manera en que los menores procesan una experiencia que perciben como amenazante.

En ese sentido, el acompañamiento familiar debe partir de la escucha y evitar minimizar las emociones. Frases como "no pasa nada" o "no tengas miedo" pueden cerrar la posibilidad de conversación cuando el menor necesita precisamente expresar sus preocupaciones. En cambio, reconocer lo que siente y permitirle hacer preguntas puede ayudar a construir un entorno de confianza.

También resulta importante mantener, en la medida de lo posible, rutinas familiares y escolares. La continuidad de actividades conocidas puede aportar estabilidad en momentos en los que el entorno ha cambiado y contribuir a recuperar una sensación de normalidad.

Otro aspecto señalado dentro de estas recomendaciones es la posibilidad de involucrar a niñas, niños y adolescentes en actividades colectivas de cooperación. Participar en acciones de ayuda comunitaria, siempre que sean apropiadas para su edad y se desarrollen en condiciones seguras, puede convertirse en una forma de canalizar emociones y fortalecer el sentido de solidaridad.

Estas actividades permiten, además, que los menores comprendan que existen formas concretas de contribuir ante una situación difícil, evitando que permanezcan únicamente como espectadores de las noticias relacionadas con la emergencia.

Sin embargo, el acompañamiento también requiere prestar atención a aquellas señales que puedan indicar que un menor necesita apoyo adicional. Cambios persistentes en el comportamiento, dificultades prolongadas para dormir, temor intenso, aislamiento o una alteración significativa de sus actividades habituales son situaciones que deben ser observadas por padres, madres y cuidadores.

En estos casos, la comunicación entre las familias y los colegios puede resultar fundamental. Los entornos educativos tienen la posibilidad de identificar cambios en el comportamiento de los estudiantes y trabajar conjuntamente con las familias para brindar acompañamiento.

La orientación también cobra relevancia cuando un niño o adolescente se niega a hablar sobre lo ocurrido. Forzar la conversación puede generar mayor resistencia. En estos casos, puede ser más adecuado mantener disponible el espacio de escucha, utilizar actividades, juegos o expresiones artísticas y permitir que el menor encuentre su propia manera y momento para comunicar lo que siente.

El objetivo no es obligar a niñas, niños y adolescentes a hablar inmediatamente, sino transmitirles que cuentan con adultos disponibles para escucharlos cuando estén preparados.

Las recomendaciones de acompañamiento emocional adquieren especial importancia en momentos de incertidumbre, cuando la información sobre una emergencia circula rápidamente y puede llegar a los menores a través de redes sociales, televisión o conversaciones familiares.

Por esta razón, los adultos también tienen la responsabilidad de filtrar la información y evitar que niñas, niños y adolescentes estén expuestos de manera permanente a imágenes o contenidos que puedan aumentar su angustia.

Carolina Palacios es psicóloga de la Universidad Pontificia Bolivariana y cuenta con formación en primeros auxilios psicológicos de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su experiencia incluye intervenciones individuales y el abordaje de problemáticas sociales como la violencia intrafamiliar y asuntos relacionados con la Ley 1098 de Infancia y Adolescencia.

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