(OPINIÓN) Más allá de los 125 dólares. Por: Carlos Echavarría
Durante gran parte de las negociaciones del día 30 de abril, el precio del barril de petróleo se cotizó por encima de los 125 dólares, lo que disparó todas las alarmas al romper lo que los analistas llaman el “umbral del pánico”.
Cuando esto sucede, históricamente, tanto la industria aérea como la petroquímica pasan de la disminución de rentabilidad a tener pérdidas; con ello, los bancos centrales entran en modo de emergencia, pues saben que vendrán tiempos de alta inflación.
Dejando a un lado lo preocupante de la exposición inicial, el mundo está viviendo una situación sin precedentes: un país regido por extremistas está imponiendo un peaje al comercio internacional para permitir el paso por un estrecho considerado de tránsito libre. Al mismo tiempo, un país democrático que se autodenomina promotor del capitalismo y libre mercado, al ver beneficio geoestratégico, aplicó la misma medida. Desde ambos bandos están bloqueando el 20% del tránsito del petróleo y el 20% del gas natural de todo el mundo, sin contar con los derivados petroquímicos y fertilizantes producidos en la zona.
Tanto Irán como los Estados Unidos plantean la posibilidad de cobrar un impuesto por cruzar el estrecho de Ormuz. De ser exitosa la medida, prontamente Indonesia, Malasia y Singapur harían lo propio en el estrecho de Malaca; Yemen impondría el suyo para en el estrecho de Bab el-Mandeb; España y Marruecos en el estrecho de Gibraltar; Turquía en el estrecho de Bósforo; y tanto Panamá como Egipto subirían considerablemente la tarifa del canal de Panamá y el canal del Suez, respectivamente.
De llegarse a ese escenario apocalíptico, se incrementarían los costos para todas las empresas del mundo y se llegaría al fin de la energía barata. Esto es sumamente preocupante, porque los bajos costos de la energía son los que han permitido el desarrollo empresarial en los países en vías de desarrollo, la masificación de la producción de bienes y la disminución de precios para el consumidor final, permitiendo el crecimiento de la clase media a nivel global.
Un incremento generalizado en los costos de producción se verá reflejado en los precios finales. Sin embargo, eso no significa que todos los consumidores tengan la capacidad para pagarlos, lo que aumentaría la brecha entre los ricos y pobres y, al mismo tiempo, provocaría el cierre de gran parte del tejido empresarial al no poder adaptarse a las nuevas reglas del mercado, aumentando las cifras de desempleo.
A pesar de que el problema en el estrecho de Ormuz se ve distante y pareciera afectar poco a un país como Colombia, la realidad diferente. Más allá del encarecimiento de los fertilizantes, fundamental para un país con vocación agraria, y centrando la atención son el tema energético, un incremento relevante en el costo del gas afecta a una nación que, debido a malas decisiones de los últimos gobiernos, perdió su autonomía hace un año; por ello, los costos de la energía suben mes a mes.
Menos autonomía significa más importación. Si se encarece la molécula de gas por el cierre del estrecho de Ormuz, será cada vez más frecuente el impago y la quiebra de prestadores del servicio como Aire, así como el cierre de industrias que usan intensivamente la energía en sus procesos de producción.
La situación para Colombia es bastante delicada: gobernantes que no entienden la importancia de contar con energía barata y que, por un fanatismo ambiental, podrían condenar a sus ciudadanos a vivir en el subdesarrollo a pesar de contar con un territorio inmensamente rico en recursos naturales.
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