(OPINIÓN) Del amor al desamor hay un like. Por: Manuela Correa Poveda
~ Donde casi todo parece algo, pero casi nada lo es ~ Alguien se me ha declarado. No ha hecho nada especialmente comprometido, tampoco ha dicho nada que pueda utilizarse como prueba en su contra, pero aparece siempre el primero en mi lista de visualizaciones, reacciona a algunas historias con una constancia que empieza a …
~ Donde casi todo parece algo, pero casi nada lo es ~ Alguien se me ha declarado.
No ha hecho nada especialmente comprometido, tampoco ha dicho nada que pueda utilizarse como prueba en su contra, pero aparece siempre el primero en mi lista de visualizaciones, reacciona a algunas historias con una constancia que empieza a parecer algo más que casualidad y, en general, se mantiene lo suficientemente presente como para no desaparecer y lo suficientemente ausente como para no tener que explicarse. No hablamos por WhatsApp, ni en persona, ni en ningún sitio donde las palabras tengan consecuencias. Pero, dentro de este sistema, la cosa está bastante clara.
A partir de aquí, lo razonable sería preguntarse qué está pasando, pero lo interesante es que ya no hace falta, porque todo encaja sin necesidad de que encaje de verdad, como si hubiéramos aceptado un idioma en el que el interés no se afirma, se sugiere, y donde lo que antes habría resultado insuficiente ahora se interpreta como aceptable. Nadie se declara, pero todo parece una declaración si se mira la cronología de las notificaciones con la debida atención.
Nunca había sido tan fácil entrar en la vida de alguien ni tan fácil quedarse en la puerta, quien dice puerta dice red social, sin que eso resulte extraño. El acceso es inmediato, la presencia es ligera y la retirada no exige explicación, lo que ha terminado configurando una forma de vínculo en la que todo puede empezar en cualquier momento sin que haya ningún motivo real para que empiece de verdad.
Las aplicaciones de citas no han hecho más que organizar este comportamiento y darle una estética más eficiente, más rápida y, sobre todo, más difícil de cuestionar. Un catálogo de caras que se recorre con el pulgar, donde cada aparición dura lo justo antes de ser sustituida por la siguiente y donde la decisión no tiene por qué ser definitiva porque siempre hay otra opción esperando al siguiente gesto. Deslizar se ha convertido en una forma de elegir que, en realidad, no obliga a elegir nada. Se avanza, se descarta, se guarda la posibilidad de volver, se mantiene todo abierto por si acaso.
Y en medio de ese movimiento constante, de dedos en pantalla y desde el sofá de casa, aparece algo que no se suele nombrar, aunque se reconozca enseguida, esa sensación de que la siguiente sí, de que el próximo perfil va a ser distinto, de que ahora sí va a aparecer alguien por el que merezca la pena detenerse. O incluso en un arrebato de fe, hasta borrarse la app. Lo cual explica por qué uno sigue descartando incluso cuando ya ha visto suficientes usuarios. El swipe empieza a funcionar como una forma peculiar de interés compuesto, donde cada match no vale por lo que es, sino por lo que hace creer que viene después, y así, acumulando pequeñas validaciones que no llevan a nada, crece la expectativa de que en algún momento aparecerá una que sí valga la pena, el tiempo en pantalla y la repetición disciplinada de conversaciones que cambian de persona, pero no de contenido.
Yo también he jugado a eso, no desde fuera, sino desde dentro, barriendo nombres con la tranquilidad de saber que no había demasiado en juego, empezando conversaciones que no necesitaban sostenerse y dejándolas caer sin el peso de ninguna consecuencia real. No es una experiencia excepcional, es común, y quizá por eso se ha normalizado hasta el punto de que ya no llama la atención. Se entra, se sale, se vuelve, se deja a medias, y nada se rompe del todo porque tampoco había nada que romper. O sí.
Ahora uno puede saber qué desayuna alguien, qué música escucha, con quién sale y qué cara pone cuando sonríe sin haberle dirigido una sola palabra. Lo cual tiene cierto mérito, aunque no necesariamente sirve para gran cosa. Porque ver no significa estar, saber no implica conocer y, desde luego, consumir la vida de alguien en formato contenido no exige nada que se parezca a formar parte de ella.
Al final esto funciona como esos juegos infantiles en los que te dan una serie de puntos dispersos y te piden que los unas para descubrir qué figura hay detrás, solo que aquí nadie te dice cuál es la figura ni cuántos puntos faltan, y aun así hay gente perfectamente dispuesta a completar el dibujo con una seguridad admirable. Cada quien une los puntos según lo que le conviene, lo que espera o lo que ya trae de casa, para construir una historia que no está en los hechos, pero sí en la cabeza de quien la necesita. Y que, una vez dibujada, cuesta borrarla.
Así que aquí estamos. Ante esta situación casi impecable. Alguien se me ha declarado sin decir nada, yo estoy muy cerca de tomármelo en serio sin tener ningún motivo sólido para hacerlo y, en el fondo, ninguno de los dos ha tenido que hacer algo que implique compromiso real. Todo funciona sin necesidad de confirmación.
Y eso, por lo visto, ya cuenta.
En este punto de la historia, lo lógico sería que el siguiente paso fuese una conversación, alguna forma de concretar lo que ya parece evidente. Pero, ojo, sin precipitarse. Estas cosas requieren tiempo, constancia, una buena gestión de las apariciones, un par de reacciones bien colocadas en historias y, con un poco de suerte, el gesto adecuado en el momento preciso.
Yo, por mi parte, lo tengo claro. Estoy esperando a que me escriba para ir viendo fechas y número de invitados.

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