Saltar al contenido

(OPINIÓN) ¿Cuántas relaciones se han enfriado porque dejamos de hacer preguntas? Por: María Fernanda Valdivieso

Podemos hablar todos los días con alguien y, aun así, dejar de conocerlo.

REDACCIÓN...
REDACCIÓN...
5 min lectura
Escuchar artículo
(OPINIÓN) ¿Cuántas relaciones se han enfriado porque dejamos de hacer preguntas? Por: María Fernanda Valdivieso

Sabemos a qué hora sale de la casa, qué tiene que hacer, qué compró, qué almorzó, cómo le fue en el examen, si llegó temprano o si ya pagó la factura. Tenemos información. Muchísima. Pero información no significa cercanía.

A veces creemos que conocemos profundamente a alguien porque llevamos muchos años a su lado. Sabemos sus gustos, sus manías, las cosas que le molestan y hasta podemos anticipar lo que probablemente va a responder. Y precisamente ahí puede aparecer una trampa: confundir conocer la historia de una persona con conocer a la persona que es hoy.

Las personas cambian.

Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de Verdad

Con los hijos ocurre muy rápido. “¿Cómo te fue?”, “¿qué comiste?”, “¿hiciste las tareas?”, “¿ganaron el partido?”, “¿qué nota sacaste?”. Son preguntas necesarias, pero podemos pasar tanto tiempo pendientes de lo que hacen que olvidamos preguntar cómo están viviendo lo que hacen.

Un niño puede contarnos qué pasó en el colegio sin decirnos que se sintió excluido. Puede contar que ganó un partido sin mencionar que se sintió menos importante que otro compañero. Puede decir “todo bien” porque todavía no sabe cómo explicar lo que le pasa.

Por eso, de vez en cuando, vale la pena cambiar la pregunta. En lugar de quedarnos en “¿cómo te fue?”, podemos querer saber qué fue lo mejor y lo más difícil de su día, qué momento le gustaría repetir o si hubo algo que se quedó pensando después de llegar a casa. No se trata de convertir cada conversación en una entrevista. Basta con abrir una puerta diferente.

Con los padres sucede algo parecido, aunque muchas veces desde el cuidado. Preguntamos si ya comieron, cómo amanecieron, si necesitan algo o cuándo tienen una cita. Cuidamos, resolvemos y acompañamos. Todo eso también es amor. Pero nuestros padres no dejaron de ser personas cuando se convirtieron en nuestros padres.

También tienen sueños, preocupaciones, recuerdos y deseos que siguen cambiando. Podemos saber cómo está su salud y no saber qué les entusiasma en esta etapa de su vida. Podemos preguntar qué necesitan y nunca preguntarles qué quieren. Preguntar qué les gustaría hacer si tuvieran más tiempo, qué etapa de su vida recuerdan con más cariño o qué cosa les gustaría aprender ahora puede mostrarnos una parte de ellos que nunca habíamos conocido.

Con los amigos también podemos caer en la rutina de simplemente ponernos al día. Hablamos del trabajo, los hijos, la pareja, los planes y lo que salió mal. Sabemos qué están haciendo, pero no necesariamente cómo se sienten con lo que están viviendo. Sabemos que un amigo cambió de trabajo, pero quizá no sabemos si está feliz. Sabemos que terminó una relación, pero no qué aprendió de ella. Sabemos que está emprendiendo, pero no qué miedo le está costando reconocer.

Hay una diferencia enorme entre preguntar “¿qué está pasando en tu vida?” y querer saber “¿cómo estás viviendo lo que está pasando en tu vida?”.

En pareja, esta pérdida de curiosidad puede ser todavía más fácil de ignorar. Al principio queremos saberlo todo: qué piensa el otro, qué sueña, qué le preocupa, qué recuerda, qué quiere hacer algún día. Después llegan las responsabilidades y las preguntas empiezan a ser principalmente prácticas: “¿A qué hora llegas?”, “¿Qué hacemos de comida?”, “¿Recoges a los niños?”, “¿Pagaste eso?”. La relación puede funcionar perfectamente como equipo y, al mismo tiempo, perder una parte de ese interés por descubrir al otro. Una pregunta como “¿hay algo de ti que sientas que ya no conozco?” puede abrir un espacio que llevaba mucho tiempo cerrado.

Las personas que queremos no son fotografías que dejamos guardadas después de conocerlas. Siguen cambiando mientras convivimos con ellas. Y hay algo más que deteriora esa curiosidad: creer que ya sabemos la respuesta.

“Él es así.” “Ella siempre ha sido así.” “Ya sé lo que piensa.” “Eso no le interesa.” “Yo sé perfectamente qué va a decir.” Cuando hacemos eso, dejamos de darle al otro la posibilidad de sorprendernos.

Una pregunta tiene algo que una suposición nunca tendrá: le devuelve a la otra persona la opción de mostrarnos quién es.

También importa qué hacemos después de preguntar. Si alguien nos cuenta que está pasando por un momento difícil y nuestra reacción inmediata es darle una solución, podemos estar intentando ayudar, pero quizá estamos dejando de escuchar. Si un hijo cuenta un problema y nuestra primera respuesta es explicarle qué hizo mal, probablemente la próxima vez piense dos veces antes de contarlo. Si un amigo comparte una decisión y respondemos contando lo que nosotros habríamos hecho, la atención vuelve a nosotros.

A veces, después de escuchar, basta con preguntar “¿quieres contarme un poco más?”, “¿qué fue lo que más te afectó?” o “¿quieres que te escuche y que pensemos juntos qué hacer?”. No todo el que cuenta algo está pidiendo una solución. Algunos necesitan simplemente un lugar donde puedan ordenar lo que sienten.

Y preguntar tampoco significa invadir. Una buena pregunta sabe aceptar un “prefiero no hablar de eso”. La cercanía no consiste en tenerr acceso absoluto a la vida del otro. Consiste en que la persona sepa que puede abrir una puerta cuando esté preparada.

Tal vez por eso las mejores preguntas no son necesariamente las más profundas. Son las que nacen de una curiosidad genuina.

No es tener a la mano un cuestionario para mejorar las relaciones. Se trata de volver a mirar a las personas que tenemos cerca y recordar que no terminamos de conocerlas el día en que aprendimos sus gustos, sus historias o sus costumbres.

Todas las personas sin excepción cambiamos de opinión, descubrimos cosas nuevas, abandonamos sueños, encontramos otros, atravesamos pérdidas y modificamos nuestras prioridades.

Por eso conocer a alguien no debería ser un verbo en pasado. Cuando dejamos de preguntar, empezamos a relacionarnos con la versión que creemos conocer del otro. Y puede que esa persona ya no sea exactamente la misma, ni que tampoco lo seamos nosotros.

Compartir:

Noticias relacionadas