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(OPINIÓN) “Mientras peleamos entre nosotros, los colombianos siguen esperando”. Por: Santiago Valencia G

Las peleas entre los candidatos del centro y la derecha se han vuelto una costumbre tan absurda como dañina. Disputas públicas, egos heridos, reproches cruzados. Y mientras tanto, los colombianos siguen esperando soluciones reales. En vez de desgastarnos en esas confrontaciones, deberíamos estar con

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Redacción IFM
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(OPINIÓN) “Mientras peleamos entre nosotros, los colombianos siguen esperando”. Por: Santiago Valencia G

Las peleas entre los candidatos del centro y la derecha se han vuelto una costumbre tan absurda como dañina. Disputas públicas, egos heridos, reproches cruzados. Y mientras tanto, los colombianos siguen esperando soluciones reales. En vez de desgastarnos en esas confrontaciones, deberíamos estar concentrados en lo esencial: construir propuestas que respondan a los problemas que más duelen, a las preocupaciones que hoy dominan las conversaciones en las calles, en los hogares, en los buses y en los parques: la inseguridad, el costo de vida, la salud, la corrupción y la educación.

El riesgo de no hacerlo es evidente. Cuando las fuerzas democráticas se dividen, el populismo avanza. Y Colombia ya conoce ese camino: discursos incendiarios, promesas imposibles, y una democracia que se va desangrando lentamente entre aplausos y decretos. No es solo un riesgo político; es un riesgo para la libertad. Si seguimos distraídos en nuestras propias peleas, podríamos entregarle a los populistas otra oportunidad de gobernar, y cada vez que eso ocurre, el país retrocede años en confianza, institucionalidad y desarrollo.

No se trata de quién tiene más votos, ni de quién gana la entrevista del día. Se trata de quién tiene la capacidad de proponer y de unir. De poner sobre la mesa ideas concretas para enfrentar los problemas que nos están desbordando. Hoy, por ejemplo, necesitamos una estrategia integral de seguridad que combine autoridad con presencia institucional, inteligencia, justicia eficaz y prevención social. Un país que no garantiza seguridad, no garantiza libertad.

También urge un plan serio para reducir el costo de vida y mejorar los ingresos de las familias: alivios tributarios para quienes generan empleo, incentivos para las pequeñas y medianas empresas, menos burocracia, más inversión en productividad y tecnología, y una política fiscal que premie el trabajo y la innovación, no el gasto y la improvisación.

En educación, el país necesita dejar de hablar de cobertura y empezar a hablar de calidad. Formar maestros mejor preparados, actualizar los planes de estudio, conectar la formación con la economía del conocimiento y cerrar la brecha entre la escuela rural y la urbana. Porque sin educación moderna no habrá desarrollo sostenible ni verdadera movilidad social.

La salud exige un sistema que funcione, que atienda al ciudadano con dignidad y sin politiquería. No se trata de destruir lo que ha servido, sino de corregir lo que falla: más cobertura, menos corrupción, más eficiencia en la atención, menos interferencia del poder político en las decisiones médicas.

Y, sobre todo, necesitamos un Estado decente: con instituciones que rindan cuentas, con justicia ágil y transparente, con gobiernos que no dependan del clientelismo ni de las cuotas, y con servidores públicos que entiendan que su papel no es servirse del Estado, sino servir a la gente.

Esa debería ser la conversación. No quién encabeza una coalición ni quién se toma la foto con más banderas, sino cómo resolver lo que realmente angustia a la gente. Cómo unir a los que creen en la libertad, en la democracia y en el mérito, en vez de seguir dividiéndonos por diferencias que, en el fondo, son menores frente al tamaño del reto que enfrentamos.

El país necesita menos ruido y más propósito. Más humildad, más generosidad y más sentido de futuro. Porque mientras el centro y la derecha sigan compitiendo entre sí, los populistas seguirán avanzando unidos. Y si eso pasa, no será culpa del destino, sino de nuestra propia ceguera.

Colombia no necesita más peleas: necesita rumbo. Y rumbo es tener propuestas, unión y carácter para defender la libertad. Porque si algo nos enseña la historia es que las democracias no se pierden en una noche; se pierden poco a poco, cuando los que deberían defenderlas prefieren pelear entre ellos en lugar de construir juntos el futuro.

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