(OPINIÓN) Rompiendo con los moldes: el camino hacia la libertad y la autenticidad. Por: Laura Mejía
En un mundo lleno de presiones para encajar en moldes predefinidos, es vital recordar el verdadero valor sobre lo que realmente somos. Vivimos en una era donde las redes sociales y las expectativas de los demás pretenden controlar nuestra propia narrativa y comportamiento, llevando a convertir a la
En un mundo lleno de presiones para encajar en moldes predefinidos, es vital recordar el verdadero valor sobre lo que realmente somos. Vivimos en una era donde las redes sociales y las expectativas de los demás pretenden controlar nuestra propia narrativa y comportamiento, llevando a convertir a la autenticidad en un verdadero acto de valentía.
Estamos inmersos en un universo de guiones previamente escritos que definen cómo debemos actuar, con quién andar o incluso cómo debemos pensar. A menudo, seguimos estos caminos por inercia, acomodándonos sin escrúpulos a lo que se espera de nosotros y pasando por alto que en medio de este proceso sacrificamos y perdemos nuestras verdaderas aspiraciones. Y eso no es todo, pues lo que no hemos entendido es que la verdadera libertad y realización personal radican principalmente en la capacidad de desafiar estos moldes y ser fieles a nosotros mismos.
Nos han querido meter en la cabeza que el éxito se mide en “followers” o en “likes”; en bienes materiales; en cargos laborales o en el estatus social. La presión por encajar en estos estándares nos ha llevado a sumergirnos en un viaje de apariencias, en lugar de una vida auténtica y sana emocionalmente hablando. Además, lo anterior no reflejan en lo absoluto la diversidad de experiencias humanas ni mucho menos la complejidad de nuestras emociones. Esas sí que merecen ser atendidas.
La autenticidad es más que una moda; es una necesidad que permite reflejar nuestra identidad desde el corazón, siendo coherentes con nuestras palabras y acciones, y viviendo en conformidad con nuestros valores y creencias.
Siempre he creído que ser auténtico nos ayuda a crear conexiones más profundas y genuinas; de esas que surgen sin buscarlas y que se dan sin máscaras y sin andar preocupados por encajar bajo el llamado y errado concepto de lo “políticamente correcto”.
Cuestionar lo que se nos ha enseñado sobre “cómo deberíamos ser” o “de qué forma tendríamos que actuar”, requiere de autoconciencia y coraje. Incluso, en algunas ocasiones puede convertirse en un proceso abrumador que genera presiones internas y externas, pues para nadie es un secreto que el afán para encajar y el querer desafiar el “status” puede llevar a críticas y malos entendidos que no son para nada cómodos y que algunos previeren evitar. Sin embargo, al adoptar una postura auténtica no solo liberamos nuestras propias vidas, sino que también inspiramos a otros a hacer lo mismo. Si lo pensamos de una manera más profunda y empática, esto podría llevar a lograr una transformación colectiva, donde se valoren más la diversidad y la individualidad. Sería maravillo, insisto.
Alguien me dijo algún día: “no podemos controlar las opiniones de los demás, pero sí podemos decidir vivir nuestra vida de una manera que sea fiel a nuestra propia esencia”, y cuánta razón tenía.
No se trata solo de ser diferentes por el simple hecho de serlo, sino de tener la audacia de ser quienes somos verdaderamente a pesar de las imposiciones que recibimos. La autenticidad nos ayuda a construir una vida que, aunque puede no ser la que se espera socialmente, es profundamente nuestra, y eso lo vale todo, ¿no creen?
Se nos ha hecho creer que trazar nuestro propio camino sin tener en cuenta lo que “ya está establecido” es un acto de rebeldía; pero qué equivocados están quienes lo consideran de esa manera, pues yo he definido a la autenticidad como una forma de revolución personal, de reafirmar nuestra propia identidad, esa que a veces nos cuesta identificar y que por momentos parece que se va de vacaciones.
Y ni hablar del proceso de romper las normas sociales cuando de elegir una pareja se trata, pues solemos caer en el error de dejarnos llevar por esa idea de que debemos cumplir con ciertas expectativas para que nuestra relación sea válida o exitosa, en lugar de enfocarnos en que la persona con la que decidimos compartir nuestra vida debe ser alguien que nos haga sentir plenos, y no en estar con una persona que se ajuste a un ideal social que solo nos regala una tranquilidad temporal mientras nuestro entorno nos la valida. Le sonreímos de manera hipócrita a una felicidad que en realidad no sentimos.
Las reglas sociales pueden ser influyentes, pero no deben dictar nuestra felicidad y mucho menos nuestra forma de amar.
Después de debatirme por varios años por sentir que de alguna u otra manera “me cuesta encajar en el molde de la sociedad actual”, entendí que ser uno mismo significa reconocer que nuestras diferencias son las mayores fortalezas, y que sin duda, cada uno de nosotros tienen un conjunto de sueños, pasiones, perspectivas, prioridades y visiones, que por más distintas que sean a las demás, son las que realmente nos hacen únicos, y son tan válidas y tan respetables como las de los otros.
Hoy, yo los invito a reflexionar sobre sus propias y verdaderas vidas, a que por un instante se encuentren con su propia compañía y en medio del silencio, identifiquen si están viviendo de acuerdo con sus propios deseos, o si de lo contrario, están transitando por este plano siguiendo únicamente con lo que se espera de ustedes.
Cuando logren identificar qué es lo que realmente quieren en su vida, tengan la valentía y la determinación para perseguirlo sin necesidad de dar mucha explicación. Rompan con los moldes, afronten y sobrepasen las expectativas, y vivan una vida que refleje sus verdaderas creencias y aspiraciones.
Y recuerden, no dormimos con la sociedad, dormimos con nuestra propia conciencia.

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