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El guion no me llevó a ninguna parte

Por Laura Mejía Sanín Mi ciudad está en medio de un valle, y para muchos, ha sido el lugar ideal para vivir, formar una familia, y tal vez, alimentarse de la llamada “calidad de vida” que, para algunos, sí es posible en Medellín. Aquí, en la “ciudad de la eterna primavera”, que ahora se podría [&hel

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Redacción IFM
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IFM Noticias

Por Laura Mejía Sanín

Mi ciudad está en medio de un valle, y para muchos, ha sido el lugar ideal para vivir, formar una familia, y tal vez, alimentarse de la llamada “calidad de vida” que, para algunos, sí es posible en Medellín.

Aquí, en la “ciudad de la eterna primavera”, que ahora se podría llamar la de la “interminable llovedera”, hay un montón de estereotipos que para quienes crecimos en una familia tradicional, nos han llevado a privarnos de nuestros deseos, y de esa “libertad” de poder “ser”, sin estar condicionados a lo que los demás quieren que seamos.

Ahora bien, les cuento mi caso; cuando nací, en 1987, llegué a una hermosa familia conformada por mi papá, mi mamá, y mi hermana que en ese momento tenía nueve años. Su deseo más grande siempre había sido tener una hermanita, e incluso, en las cartas que le escribía al Niño Dios, se lo pedía. Llegué pisando fuerte y con una curiosidad enorme por describir el mundo y quererlo “salvar”; cosa que a hoy, todavía me acompaña.

Mis papás, habían venido de familias consideradas “perfectas”, con muchos hijos, matrimonios duraderos, éxitos profesionales, reglas impuestas y un “famoso guion” que debían seguir al pie de la letra sin ir a fallar.

Floté en una burbuja durante muchos años, parecía miope, pues solo veía a través de unos ojos que percibían mundos muy similares a los míos. Sin embargo, algo en mí no andaba bien; no me sentía satisfecha con lo que estaba observando, y mi afán por ir “más allá”, me llevó a “reventar esa burbuja” de manera desesperada y poco acertada. Reventé el globo en el que estaba metida, con mucha ansiedad, y quedó un sonido fuerte y retumbante.

Mis instrucciones de vida eran claras:  asistir a un colegio reconocido, estudiar una carrera «seria y que diera plata”, especializarme o hacer un MBA, tener una relación con un novio que tuviera padres “conocidos”, trabajar en una empresa «prestigiosa» del país, casarme, tener hijos y ser «exitosa» profesionalmente dentro del mismo «círculo social» que para el mundo, era considerado «correcto». Eran muchas cosas, sí, pero esas, parecían ser mis únicas responsabilidades u obligaciones.

Lo que muchos no sabían, era que constantemente rondaba por mi cabeza, una pregunta que me daba muy duro: ¿realmente eso me hacía feliz? ¿Era lo que verdaderamente quería? Un “no” como respuesta me perseguía todo el tiempo.

Desde peque, fui muy mimada, dependiente y DEMASIADO amada. Intenté por muchísimos años complacer por querer ser «aceptada» y por evitar estar en boca de otros por desviarme de una «línea» que en su momento seguí recto, pero que al final, hoy, a pesar de haberlo hecho, también tengo varios «haters» y además, algunas «frustraciones». Es ilógico, ¿cierto? ¿Para qué sirvió? Para nada, solo para satisfacer a otros, no a mí misma, y si somos honestos, así no funciona la vida.

“Cumplí” rápidamente lo que «se me había pedido» y a mi corta edad, había incluso superado esa lista con «honores», pero sin tranquilidad emocional y eso me estaba volviendo loca.

Mis primeros años de vida, fui «inmamable», fastidiosa, creída y bastante exigente conmigo misma; pero en definitiva, esa no era Laura, esa era la mujer que habían querido moldear y que poco a poco, se iba desmoronando en búsqueda de su felicidad. No quería ser ingeniera, ni economista, ni administradora. No me interesaba vivir en una película de Disney en la que las princesas encuentran un «príncipe»disfrazado de egocéntrico y machista, que a la final, solo era cobardía e inseguridad. Tampoco deseaba ir a lugares estrato 7.000, ni buscar «ideales»… Simplemente, quería ser yo, y mi alma me lo estaba suplicaba a gritos.

“Chulié» la lista rápido, como si hubiera ido a un super mercado a comprar verduras, frutas y carne, sin tener idea de cocinar. Pero miraba una y otra vez a mi alrededor y sentía que «no encajaba», y ¿saben? Hoy a veces también me ocurre y en algunas ocasiones quiero salir corriendo. 

Tomé las riendas de mi vida, cogí el toro por los cachos, y empecé a recorrer MI VIDA. Descubrí el verdadero encanto de lo que generaba en mí el arte y el cine. Emprendí el camino de visitar rincones de la ciudad que aunque muchos de los integrantes de mi «círculo social» consideraban de «gamines» o «mala muerte», para mí están llenos de magia e historias. Me permití reírme a carcajadas, a conversar sin tanto miedo, a dar mi opinión, a caminar con pausa (aunque a veces con prisa), a tomarme un vino dándome cuenta de su verdadero sabor, a oler con consciencia, a seguir pisando fuerte pero sin forzar o fingir.

Claro que seguí siendo “esa niña” que se arregla hasta para ir al baño, que es vanidosa, que a veces es más seca que una tostada, pero que sin duda, también es tierna. Sí es posible que por momentos parezca que soy muy creída, pero que esa misma «vieja» de la que muchos hablan, hoy está creciendo por ella y está absolutamente enamorada de lo que hace.

Todo esto me ha llevado a comprender, que en Colombia hay una necesidad increíble de ser nosotros mismos, pero que el «ego», el «rencor» y el «qué dirán», siguen siendo protagonistas de muchas vidas. Existe una necesidad impresionante de «cambio» y por eso incluso es que ahora hay tanta preferencia por un candidato político o por otro.

Hoy les digo sin miedo pero sí con mucha seguridad, me abrumé de seguir “ese guion”, ya no lo hago de la manera que otros dicen. Me agoté de estar basada en el «hacer» y no en el «ser». Estoy en medio de un proceso que genera dualidades, que me hace llorar, gritar y que incomoda, pero que sin duda alguna, me hace sonreír.

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