La plaza de mercado y el teatro: instalación
Yendo hacia una plaza de mercado, en mi cabeza comenzaron a moverse una cantidad de sensaciones relacionales, que tenían que ver con aquella inquietud de conectar una reflexión desde lo que es (en mí) una plaza de mercado con un teatro.
Por: Óscar Jairo González Hernández
Yendo hacia una plaza de mercado, en mi cabeza comenzaron a moverse una cantidad de sensaciones relacionales, que tenían que ver con aquella inquietud de conectar una reflexión desde lo que es (en mí) una plaza de mercado con un teatro.
Cuando uso aquí el término cabeza, es porque recuerdo la maravillosa novela de Thomas Mann: Las cabezas trocadas. Plaza de mercado y teatro, se me hicieron “lo mismo”. Cada uno con su estructura, su forma, sus truculencias, sus incendiarias maneras de estar en el mundo, en ese intercambio y en esa comunicación, en ese hablar y hablarse del conocimiento. Plaza de mercado y teatro, se ponían para mí en la misma dimensión, la del conocimiento; vendedor y actor, también.
Nada más extraordinario que aquello que hacemos en todo momento de la vida, cuando tenemos aquello que llamamos conciencia de nosotros mismos. No hay momento donde la comprensión y la interpretación de la realidad, que se dé de una manera totalizante que la que podemos inscribir e instaurar, en una plaza de Mercado y en un teatro.
No es necesario y no es esencial, tener sino el deseo de mover los sentidos para que ellos realicen en forma continua y sin presión, una intención indestructible de observación. El teatro es la plaza de mercado, la plaza de mercado es el teatro, y es allí donde se realiza entonces la exaltación del deseo de observar. Hacemos de nuestra presencia en ese espacio para observar y observarnos, para hacernos visible e invisibles.
Cada quién hace su trayecto por allí, como vendedor (a) y actor (actriz) que se prepara para la próxima obra y la próxima presentación. Nadie lo ve, pero él (ella) se ve a sí mismo. Nadie lo percibe pero él (ella) se percibe a sí mismo. Observar lo que ocurre en el escenario es lo mismo que observar los hechos que se desencadenan en la plaza de mercado.
El trayecto es secreto e incomunicable a los otros, porque en el trayecto, como este que estamos haciendo ahora, en este momento, en el que no es más revelador de las relaciones que tenemos con el silencio, el silencio nos construye, nos posee, nos domina y entonces comprendemos, cada que observamos lo que está fuera de donde estamos aquí, en la plaza de mercado, nos es extraño, se nos distancia y no podemos captarlo, no podemos entenderlo sino por medio de la observación, es una relación sistemática y coherente entre el adentro y el afuera, como en la pintura de Renato Guttuso:
Hacemos el trayecto anónimamente, si es por primera vez, y sí no somos compradores habituales. Es allí donde el hábito y la costumbre, la repetición hacen y construyen una historia. La historia de la plaza de mercado como la del teatro la hace un público, un público que ambos, en nuestra consideración es un cliente que siente el deseo de encontrarse con él mismo tanto, en la plaza de mercado como en el teatro.
El mundo, los dos mundos están teatralizados y a él pertenecen y en él participan actores y actrices. Hay encuentros, es verdad. El encuentro de uno mismo como totalidad, en la teoría que es el teatro, o sería el teatro de cierta manera y en la práctica que serían los movimientos, mis movimientos en la plaza de mercado, los que se me exhiben, me muestran en el momento de intentar abarcar todo lo que allí se da y se presenta, lo verosímil y lo inverosímil.
Observamos en el trayecto, lo que nadie puede ver, lo que para nadie es lo mismo, lo que ni siquiera para quién está a mi lado puede ser observable, porque su deseo se haya instalado en otra dimensión estética de la realidad. En la plaza de mercado hay caminos.
Caminos que nos son evidentes, ya que unos se encuentran muy bien señalados y no hay indecisión ni incertidumbre para quién hace el trayecto; pero también existen otros caminos, derivas, pasadizos, laberintos que no están determinados en el mapa de la plaza de mercado. Que nos llenan de incertidumbre. Es un espacio solo accesible para quienes tienen el dominio, la libertad y conocimiento para hacerlo. Ellos están libres del miedo y de las ataduras del espacio.
No tienen límites, como sí los tenemos nosotros.
El vendedor (la vendedora) tiene conciencia de la utilidad. Tramita en él, inicialmente, la experiencia de la utilidad. No conoce más que lo útil. Y en su exterioridad lo que vemos es el deseo de lo útil y de la rentabilidad. No tiene tiempo para nada más y su mente está determinada y suspendida en ello. He ahí la resolución práctica de su ser o no ser. El actor, en la misma dimensión tiene la misma conciencia, pero está se concentra y se centra en la actuación, en la manera de mover los músculos, de buscar el tono y el timbre de la voz más propicio y más provocador. También, entonces el teatro para él tiene que ver con la utilidad, es una práctica que hace sobre sí mismo.
Este trayecto, por la plaza de mercado, es excitante, porque nos habla en su visibilidad de hecho, del trabajo, de una mística del trabajo. El trabajo no quiere aquí decir una condena inevitable y oscura, sino que también hace mediación y puente para que la mirada encuentre cosas nuevas, aspectos nuevos y cuerpos nuevos que se unen, que se miran, que se extravían. Nada está dicho en este trayecto, sino que todo está por decirse y por ser mirado hasta el extremo, hasta la mayor y más luminosa extenuación.
Esa realidad es la que cambian todos los días el vendedor (a) y el actor (actriz) cuando hacen trayectos por sí mismos y por la plaza de mercado y el teatro. Y sí para el hombre del renacimiento su mirada se orienta tensamente hacia buscar la verdad revelada en el cosmos y para el hombre del barroco su mirada tendía hacia el libro y la biblioteca, podemos decir, que para el vendedor (a) de la plaza de mercado y para el actor (actriz) en el teatro, el mundo se realiza en cada uno de sus espacios sacralizados y ritualizados, poseídos y conocidos en su totalidad.
La plaza de mercado tiene su propio carácter, para quienes pasan la mayor parte de su vida allí, es un templo, una casa, una morada. Morar allí es su pasión indestructible. Quieren vivir allí y se instalan de esa manera. Están como en su casa. No hay tiempo, lo destruyen, no les importa la hora. Esa misma condición parece inherente al actor, que nunca quiere estar fuera del teatro.
El teatro es su vida, lo mismo que para el vendedor de frutas, hortalizas o el carnicero. Todos, los gestos lo demuestran, lo prueban. Cada movimiento es hacia la permanencia y la eternidad. No se dan para ellos, ni para el uno ni para el otro, fricciones en el ser y en lo que el ser hace. Ese espacio les da sentido y les muestra la esencia presente y porvenir de sus vidas.
La vida solamente existe allí y allí tiene su razón de ser. Resemantizar (más que recuperar), o sea, entre nosotros, darle sentido a su historia, a su relato, de nuevo a las plazas de mercado de nuestras ciudades y así mismo al teatro, en una visión holística preponderante y transformadora. Y, que constituyan una “manera de hacer mundos”, de construir más realidad. Ciudades de ciudadanos estetas y no solo de “mercaderes”.

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