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(OPINIÓN) Maternidad y Esperanza Guadalupana. Por: Juan José Gómez

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más

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Redacción IFM
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Maternidad y Esperanza Guadalupana. Por: Juan José Gómez

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”. (Y entonces sanó su tío según después se supo).

(Palabras de la Santísima Virgen a san Juan Diego, traducidas al español del NICAN MOPOHUA, documento original en lengua indígena que narra las apariciones).

Se conmemora hoy en toda la cristiandad, pero especialmente en el Continente Americano la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe,
la “Emperatriz de las Américas” según título concedido por el Papa Pio XII a la Bienaventurada Virgen Santa María, también llamada familiarmente “la Morenita del Tepeyac” por los mexicanos que la aman entrañablemente, ya que Ella no solo escogió a esa Nación para aparecerse en su territorio al indígena, hoy san Juan Diego, entre los días 9 y 12 de diciembre de 1531, sino que también fue la verdadera evangelizadora de los pueblos latinoamericanos porque aparecida cuando apenas habían transcurrido 39 años desde el descubrimiento de América por Colón, solo habían llegado al nuevo mundo unos pocos misioneros portadores de las semillas del cristianismo.

En las palabras dichas por Nuestra Señora a Juan Diego, cuando éste trataba de excusarse de cumplir un encargo que Ella le hizo, aduciendo que primero debía conseguir un misionero para ayudarle a bien morir a un tío suyo que agonizaba, mismas que figuran como epígrafe de esta columna, se establece con meridiana claridad que la Maternidad de la Santísima Virgen es algo indiscutible para los seres humanos que la reconozcan y veneren como madre, lo que viene a confirmar muchos siglos después las preciosas palabras de Nuestro Señor Jesucristo en el Calvario, cuando clavado en la Cruz le dijo a su adolorida madre, refiriéndose a san Juan, su discípulo predilecto: “Ahí tienes a tu hijo” y al discípulo, “Ahí tienes a tu madre”.

Muy cerca de seis siglos después de la aparición de la Guadalupana en la colina mexicana del Tepeyac, nos encontramos los hombres y mujeres del que san Juan Pablo II llamara “el continente de la esperanza”, lo mismo que gran parte de los habitantes del planeta, en una angustiosa situación existencial, cercados por la pobreza, la violencia, la marginalidad, el egoísmo, el desamparo, la corrupción y el terrorismo y a pesar de que sabemos muy bien que llevando una vida cristiana y acudiendo a la misericordia de Dios podemos encontrar el necesario alivio a nuestros pesares, persistimos en una conducta de alejamiento de nuestro Padre Celestial y de llevar una vida desordenada, obediente solo al dinero y al placer, olvidada de la Redención conquistada por Cristo al precio de Su sangre y ¡colmo de los colmos!, voluntariamente ignorantes de que tenemos una purísima señora, poderosa soberana de la creación entera, que hace varios siglos nos dijo a cada uno de nosotros a través del indígena americano san Juan Diego “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

¡Virgen Santísima de Guadalupe!: un gran estadista colombiano, don Marco Fidel Suárez, quien fuera presidente de Colombia, dijo en una memorable ocasión dirigiéndose a tu Divino Hijo, “Oh Dios de amor y de poder, da tus pies a los colombianos que queremos llorar sobre tus llagas los errores pasados”. Los colombianos y los americanos de hoy, que nos encontramos moralmente mucho peor que nuestros compatriotas de entonces, te decimos a Ti, dulce reina y madre de misericordia, que hemos llegado al extremo del camino del mal y cansados estamos hambrientos del Pan eucarístico y sedientos del agua viva que Jesús le ofreció a la Samaritana.

Por eso acudimos a Ti, que le dijiste a santa Catalina Labouré que eras en relación con Nuestro Señor Jesucristo “la mediadora de todas las gracias”, para que nos reconcilies con el Dios Todopoderoso y Eterno y reconfortados con la gracia santificante que procedente de Él llega a nosotros por ese tu camino de esperanza, podamos hallar la paz de alma que logró el gran san Agustín cuando escribió en sus Confesiones: “Nos hiciste para Ti, Oh Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti”.

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