(ESPECIAL) Getsemaní, la esquina donde la memoria resiste mientras el turismo avanza
La historia de uno de los más tradicionales barrios de Cartagena, podría cambiar y sus recuerdos desaparecer. Sus plazas, casonas, calles y estancias, están dando paso a otro modelo de ciudad, en un proceso de gentrificación que desplaza a los habitantes de siempre mientras es ocupada por el turismo.
El sol cae lento sobre la Plaza de la Trinidad y, como cada tarde, el murmullo comienza a crecer. Hay guitarras, vendedores ambulantes, turistas con cámaras en mano y niños que todavía corren entre las bancas. Pero algo ha cambiado. No es un cambio abrupto, no hay una ruptura visible. Es más bien una transformación silenciosa, constante, que se filtra en las fachadas recién pintadas, en los letreros en inglés, en las puertas que ya no se abren para los vecinos sino para los huéspedes.
Getsemaní, uno de los barrios más antiguos y simbólicos de Cartagena, vive hoy entre dos tiempos. Uno, anclado en la memoria de sus habitantes, en las historias que se cuentan al caer la noche, en la vida comunitaria que durante décadas definió su identidad. Otro, impulsado por el turismo de alto nivel, por la inversión privada, por una economía que ha encontrado en sus calles un escenario atractivo y rentable.
Un barrio que fue casa antes que destino
Durante años, Getsemaní fue eso: un barrio. No un destino turístico, no una postal, no un producto. Un lugar donde las puertas permanecían abiertas, donde los vecinos se conocían por nombre y donde la calle era extensión de la casa. Allí crecieron generaciones de cartageneros que hicieron del espacio público un escenario cotidiano de convivencia.
Las casas, muchas de ellas coloniales, guardaban historias familiares. En sus patios se celebraban cumpleaños, se velaban a los muertos y se compartían las rutinas del día a día. El comercio era local, cercano, pensado para quienes habitaban el sector.
Esa imagen, sin desaparecer del todo, empieza a diluirse.

La llegada del turismo y el cambio de ritmo
Con el paso de los años, el auge turístico de Cartagena comenzó a mirar hacia Getsemaní. Su cercanía con el centro histórico, su arquitectura y su autenticidad lo convirtieron en un punto de interés creciente.
Primero llegaron los viajeros curiosos, luego los inversionistas. Después, los hoteles boutique, los hostales, los restaurantes de autor. Más tarde, las plataformas digitales de alojamiento aceleraron el proceso. Casas que durante décadas habían sido viviendas familiares comenzaron a transformarse en espacios destinados al turismo.
Hoy, en varias calles del barrio, es posible recorrer una cuadra completa sin encontrar una vivienda habitada de manera permanente. En su lugar, hay puertas que se abren con códigos digitales, recepciones discretas y anuncios en varios idiomas.
El cambio no ocurrió de un día para otro. Fue gradual, casi imperceptible en sus primeras etapas. Pero constante.

El valor del suelo y el costo de quedarse
Uno de los signos más claros de esta transformación es el aumento en el valor del suelo. Las propiedades en Getsemaní han incrementado su precio de manera sostenida, impulsadas por la demanda turística y la inversión inmobiliaria.
Este fenómeno ha tenido efectos directos sobre quienes han vivido históricamente en el barrio. Para muchas familias, el costo de mantener una vivienda en la zona se ha vuelto cada vez más alto. Servicios, impuestos, arriendos. Todo sube.
Algunas han decidido vender. Otras han optado por arrendar sus casas a operadores turísticos. Otras, simplemente, se han visto obligadas a irse.
No hay desalojos masivos ni operativos visibles. La salida ocurre en silencio, como parte de una dinámica económica que redefine las condiciones de permanencia.

El comercio también cambia
El comercio tradicional ha seguido el mismo camino. Tiendas de barrio, panaderías, talleres, han ido cediendo espacio a cafés, bares, restaurantes y negocios orientados al visitante.
La oferta se adapta a un nuevo público. Los menús cambian, los precios también. El idioma en los letreros deja de ser exclusivamente español. La economía del barrio gira hacia el turismo.
Para algunos, esto representa una oportunidad. Más empleo, mayor circulación de dinero, recuperación de inmuebles que durante años estuvieron deteriorados. Para otros, significa la pérdida de una forma de vida, de una historia.

La tensión entre desarrollo y pertenencia
En medio de este escenario, el debate se hace inevitable. ¿Qué tipo de ciudad se está construyendo? ¿Puede el desarrollo económico convivir con la preservación del tejido social?
Getsemaní se convierte en un caso emblemático de esa discusión. No se trata únicamente de legalidad o de inversión. Los proyectos que se desarrollan en el barrio cumplen, en su mayoría, con las normas vigentes. Pero el impacto va más allá de lo jurídico.
Se trata de identidad. De memoria. De pertenencia.
Los residentes que aún permanecen en el sector han expresado su preocupación por la transformación del entorno. Señalan que el barrio, poco a poco, deja de ser un lugar para vivir y se convierte en un espacio para visitar.

Las noches ya no son las mismas
Al caer la noche, Getsemaní sigue vivo. Pero el ritmo es distinto. La música suena más fuerte, los bares se llenan, las calles se iluminan con una energía que atrae a visitantes de todas partes.
Sin embargo, detrás de esa vitalidad hay una sensación compartida por muchos de sus antiguos habitantes: el barrio ya no les pertenece del todo.
Las conversaciones en las esquinas son menos frecuentes. Las sillas afuera de las casas son menos. Los rostros conocidos se han reducido. En su lugar, hay una circulación constante de personas que llegan y se van.

Un fenómeno sin marcha atrás, pero con preguntas abiertas
La transformación de Getsemaní no es un hecho aislado. Forma parte de una tendencia global que afecta a ciudades con alto valor patrimonial y atractivo turístico. La gentrificación, como se conoce este proceso, redefine espacios urbanos en función de nuevas dinámicas económicas.
En Cartagena, este fenómeno encuentra en Getsemaní uno de sus escenarios más visibles.
El proceso sigue en marcha. No hay decisiones definitivas que lo detengan ni políticas que lo encaucen de manera clara. Mientras tanto, el barrio continúa cambiando.

Entre la restauración y la pérdida
Uno de los argumentos a favor de esta transformación es la recuperación del patrimonio arquitectónico. Muchas de las edificaciones han sido restauradas, intervenidas y puestas en valor gracias a la inversión privada.
Fachadas que antes estaban deterioradas hoy lucen renovadas. Espacios que estaban en abandono han sido reutilizados. La ciudad, en ese sentido, gana en conservación física.
Pero la pregunta que permanece es otra: ¿qué pasa con el patrimonio intangible? ¿Qué ocurre con la vida que habitaba esos espacios? ¿Qué pasa con el abuelo que contaba historias a los niños y tocaba la guitarra con un vallenato o un paseo?

El futuro de Getsemaní
Caminar hoy por Getsemaní es recorrer un territorio en transición. Cada calle cuenta dos historias al mismo tiempo. La de lo que fue y la de lo que está siendo.
El equilibrio entre ambas no está resuelto.
El barrio sigue siendo un símbolo. De resistencia, de cambio, de contradicciones. Un lugar donde la memoria convive con el mercado, donde la tradición se enfrenta a la transformación.
La manera en que Cartagena gestione este proceso será determinante. No solo para Getsemaní, sino para otros sectores que comienzan a experimentar dinámicas similares.
Porque al final, la pregunta no es solo qué está pasando en el barrio. Es qué tipo de ciudad quiere ser Cartagena.
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