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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 4, por Jorge Humberto Botero

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 4 titulado «Vivencias de Álvaro Uribe».

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Redacción IFM
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(ESPECIAL) «El Uribe que yo conozco»: Capítulo 4, por Jorge Humberto Botero

IFMNOTICIAS.COM publica con autorización el capítulo 4 del libro «El Uribe que yo conozco», una obra de compilación de la senadora Paola Holguín y del representante Juan Espinal, en el que se presentan diferentes testimonios sobre la vida e historia del expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez.

Los 29 capítulos de esta obra fueron escritos por diferentes personalidades de la vida pública nacional e internacional que conocen al expresidente Uribe. En él, usted puede encontrar anécdotas, historias, relatos y episodios inéditos.

En esta entrega del libro «El Uribe que yo conozco», usted podrá leer el capítulo 4 titulado «Vivencias de Álvaro Uribe», escrito por el exministro de Comercio de Colombia y expresidente de Fasecolda, Jorge Humberto Botero Angulo. A continuación, se transcribe el texto mencionado:

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VIVENCIAS DE ÁLVARO URIBE

Por: Jorge Humberto Botero Angulo, Exministro de Comercio de Colombia y Expresidente de Fasecolda

Creo que fue a mediados de octubre de 2001 cuando recibí una llamada de Álvaro Uribe para pedirme que lo acompañara, como director programático, en su campaña presidencial. No me tomó enteramente por sorpresa. Semanas atrás me había pedido, a través de mi esposa y mi hija que asistían a sus conferencias, que le escribiera un documento sobre la situación del sistema financiero, que recién comenzaba a salir de la crisis del Upac ocurrida en 1999.

Aunque las cifras de respaldo popular para entonces eran modestas, la propuesta me entusiasmó. Veía a Uribe dotado de una visión clara sobre el futuro del país y decidido a confrontar con energía a los violentos bajo el lema, que entonces comenzó a utilizar, de Seguridad Democrática. Una idea simple pero poderosa: reivindicar para el Estado el monopolio de la fuerza que guerrilleros y mafiosos habían venido perforando con éxito insidioso. El fracaso del Caguán en las negociaciones con las Farc, que el presidente Pastrana con tanta generosidad había adelantado, pesaba enormemente sobre la sensibilidad de la Nación. Sus antagonistas en la contienda por la Presidencia, Sanín y Serpa, aún mantenían el mensaje de que había que darles una última oportunidad a las guerrillas. Uribe rechazó de plano esa opción. Era el momento del pulso firme, pero, también, del corazón grande, expresión que aludía a los componentes sociales de su política, que luego materializó, con gran rigor pedagógico, en lo que denominó las siete herramientas de equidad. Así conquistó, por un margen abrumador, la Presidencia de Colombia.

Por supuesto, nada de esto era conjeturable cuando acepté su invitación. Supongo que, al escogerme para esa posición, que otros mejor calificados con gusto habrían aceptado, tuvo en cuenta que nos habíamos conocido en Medellín, nuestra ciudad natal, y desarrollado un cierto grado de amistad. Quizás también pensó que yo, residente en Bogotá desde hacía varios años, podía serle útil para atraer algunas personas que quisiera ver en posiciones importantes en su eventual gobierno. Fue entonces cuando descubrí su incomodidad con el ambiente bogotano; que su personalidad franca y poco sociable no encajaba bien en la capital, o al menos que así lo sentía. Recuerdo una conversación a fines de su primer período en la que rememoraba la salida del Libertador hacia el destierro en 1828 en medio del desprecio callejero; Uribe vislumbraba que algo semejante podría sucederle algún día. Esa innata desconfianza del hombre de campo, que en el fondo es por la capital, explica que siempre tuviese en su gobierno una proporción alta de funcionarios de origen provinciano.

Mi paso por la campaña no fue propiamente un camino de rosas. Antes de mi llegada, Uribe había constituido una gran cantidad de grupos de trabajo, cada uno de ellos integrado por multitud de personas a las que había persuadido de que con sus aportes se iba a construir la plataforma de su campaña. Para coordinarlos designó a jóvenes recién egresados que difícilmente podían dar un rumbo claro a sus deliberaciones. La coordinación general había correspondido a César Caballero, a quien el candidato había contagiado su sueño político cuando ambos estudiaban en Inglaterra. Infortunadamente, César ya no estaba en la campaña y yo, aterrado por la magnitud de la tarea que había que desempeñar, tomé la primera y afortunada decisión de traerlo de vuelta.

A partir de ese momento, César se dedicó principalmente a revisar la situación fiscal de la Nación, que desde el comienzo nos pareció de gran complejidad, mientras yo me dedicada a preparar breves documentos sobre los temas que surgían en los debates de cada día. El candidato me exigía, y yo trataba de satisfacerlo con propuestas concretas y adecuadamente respaldadas en cifras, sobre una gran variedad de temas: agua potable, empleo, descentralización, justicia, etc. Así las cosas, y por absoluta falta de tiempo, los comités programáticos siguieron trabajando sin orientación del candidato o mía.

Esta situación hizo crisis cuando tratamos de reconciliar los aportes de esos grupos: sus integrantes, convencidos de su valor, pretendían verlos plasmados en la plataforma del movimiento uribista. A pesar de los esfuerzos de Caballero y yo, el texto que entregamos al candidato resultó largo, con incoherencias graves y mal escrito. Para agravar mi frustración, Uribe le pidió a Carlos Lleras de la Fuente que lo revisara; como era previsible, no pasé el examen. No obstante, Uribe trató de salvar ese mamotreto, tarea a la que infructuosamente dedicó varias horas de su escaso tiempo.

Fue música para mis oídos cuando me dijo que quería seguir el precedente de Tony Blair, quien por esos años había tenido un triunfo electoral notable en la Gran Bretaña: encapsular el programa de gobierno en breves enunciados. Su idea, que denominó Manifiesto Democrático, tendría cien breves puntos de los cuales me entregó la mitad para que los revisara y escribiera el resto. Algunos me parecieron debatibles y, en general, creí que era menester un ejercicio completo de reescritura, tarea a la que apliqué un par de días y noches frenéticos. Cuando le entregué el producto de mi esfuerzo, me informó que ya había escrito los cincuenta que faltaban y que me pedía que los revisara dentro de un plazo perentorio. Cuando vencido este entregué el producto completo, advertí que había trabajado en vano: el Manifiesto ya había sido remitido a la imprenta. Nada que objetar, era su documento no el mío; confieso que nunca he tenido una experiencia laboral más ingrata que esa.

Con estos antecedentes, era lógico asumir que no tendría una posición relevante en el gobierno. No fue así. Uribe me puso al frente de dos ministerios con el encargo de fusionarlos en el que hoy se denomina Ministerio de Comercio, Industria y Turismo. Serví esa posición durante el primer periodo presidencial y un tramo breve del segundo. No es esta la ocasión para reseñar los resultados de esa gestión que el Presidente respaldó dándome una confianza plena que me permitió buscar unos objetivos que, siendo suyos, eran también los que yo consideraba adecuados.

Por el contrario, el momento es adecuado para recordar algunos episodios que muestran la personalidad de quien, sin duda alguna, dejará una huella perdurable en nuestro país. Por ejemplo, su conocimiento de la geografía nacional. Recuerdo haberlo escuchado hablar por teléfono con un oficial de rango medio a cargo de una operación de orden público. Le bastó saber dónde estaba ubicada la patrulla para indicarle a su comandante qué ruta debía tomar para cerrar el paso a los fugitivos. También es interesante mencionar que, estando en vuelo por el sur de Colombia en el avión presidencial, pidió al piloto que le indicara el nombre del poblado que en ese momento cruzábamos. Aunque este tenía a mano planos e instrumentos, la respuesta fue equivocada. Uribe gozó corrigiéndole su error. ¡Imagino que ese oficial se sintió tan mal como yo con los dichosos cien puntos del Manifiesto Democrático!

En contra de lo que le recomendaron quienes estaban cerca del presidente electo al momento de dirigirse al país por primera vez en esa calidad, Uribe en su discurso dijo que el Banco de la República debería cambiar de cartilla. Tal como cabía anticiparlo, esa expresión no cayó bien en los mercados e instituciones internacionales para los cuales la independencia del banco de emisión es fundamental. Por este motivo, durante los primeros meses del gobierno las relaciones con las autoridades monetarias fueron un tanto tensas. Por fortuna, el Presidente entendió que la revaluación del peso, que consideraba inconveniente, era fruto de la confianza de la que su gobierno gozaba; por eso los flujos de recursos externos habían aumentado, circunstancia que plenamente justificaba la corrección al alza del tipo de cambio. Circuló por eso días entre los integrantes del equipo económico el rumor de que el Presidente había preguntado al Ministro de Hacienda qué podía hacerse para devaluar el peso; dicen que su lapidaria respuesta fue: “expropiar el Citibank, Presidente”. Ignoro si la anécdota es verdadera; el hecho es que las relaciones con el Banco de la República tuvieron una mejora sustancial.

La vida política de Uribe ha estado signada por graves acusaciones que jamás han sido clausuradas con la autoridad que emana de la cosa juzgada. Lo que le ha sucedido en grado superlativo afecta también a muchas otras personas que, al igual que él, gozan de la presunción de inocencia, las cuales, salvo circunstancias específicas, deberían poder defenderse en libertad. Del otro lado, los índices de impunidad siguen siendo muy elevados. Todo esto pone de presente la necesidad de una reforma del sistema judicial que, hasta ahora, no ha sido posible.

Anhelo que Uribe supere pronto ese largo ciclo de comparecencias ante la Justicia y que, liberado de una carga abrumadora, pueda dedicar parte de sus muchas energías a escribir un libro que recoja, para las generaciones futuras, el legado de su intensa participación en los asuntos de interés nacional; en ese libro, además, debería ocuparse a profundidad del futuro de Colombia. Sería ese un gran aporte, semejante a los que dejaron Alberto y Carlos Lleras, presidentes a los que Uribe admira.

Fin del capítulo.

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