(OPINIÓN) El perdón, algo muy difícil. Por: Diego Arango O
Una de las cosas más difíciles de la vida es saber perdonar. Sí, perdonar al otro, a aquel que nos ha hecho daño, cualquiera que haya sido el motivo, con o sin razón. Todos los humanos pasamos tragos amargos y se nos hace muy difícil perdonar. Perdón y olvido sería lo adecuado, pero no es …
Una de las cosas más difíciles de la vida es saber perdonar. Sí, perdonar al otro, a aquel que nos ha hecho daño, cualquiera que haya sido el motivo, con o sin razón. Todos los humanos pasamos tragos amargos y se nos hace muy difícil perdonar. Perdón y olvido sería lo adecuado, pero no es fácil; muchos perdonan, pero no olvidan; ahí no hay perdón pleno, es solo a medias.
Perdonar es liberar al alma del dolor sufrido, disipar la culpa de quien nos dañó u ofendió. Quien perdona libera a la otra persona y se libera a sí mismo. Recordemos lo que dice nuestra oración del Padre Nuestro: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Es duro vivir cargado de rabia, odio y dolor, pero es más dañino para quien no perdona que para el agresor. A título de anécdota, una vez en el año dos mil dos, estaba con un viejo amigo visitando un campo de concentración nazi en la Alsacia, Francia, llamado Struthof-Natzweiler, ya que quería conocer cómo había sido ese flagelo a la humanidad, y observé a una mujer que bramaba de ira y dolor, lloraba al ver las barricadas desde lo lejos del campo, su rostro se descomponía.
Lleno de curiosidad le pregunté: «¿Qué le sucede?», debido a que me asusté al ver su estado. Ella me respondió diciéndome que era judía y que en la Segunda Guerra Mundial había pasado varios años en ese campo de concentración, donde la habían encerrado, ultrajado, humillado y, además, sus padres habían muerto ahí.
Entendí sus razones, pero volví a preguntarle: ¿para qué iba a ese lugar? y me respondió que nunca perdonaría lo sucedido y menos olvidaría esa desgracia; su odio era irreductible. Lo curioso de ese episodio fue que yo me encontraba visitando aquel campo de concentración con un amigo judío francés, quien también había estado confinado en ese mismo campo de concentración nazi, y él quería que yo conociera la historia.
Mi amigo ya se había perdonado a sí mismo; desde luego que en su alma mantenía el recuerdo de ese tiempo, pero con tranquilidad me explicó todo lo sucedido allá. Él se había liberado del recuerdo de los vejámenes sufridos, comprendiendo que había sido partícipe de una guerra, del maltrato, las atrocidades y barbaridades que uno se pudiera imaginar, pero me decía que jamás los nazis habían podido dominar su alma.
No significaba que él no sintiera algún dolor del recuerdo, pero no se dejaba vencer por lo sucedido; más bien lo tomaba como una experiencia sufrida que le fortaleció su alma y le permitió liberarse de aquella barbarie que tanta gente mató y tanto sufrimiento le hizo al mundo, pero que él no se iba a dejar llevar por esos sentimientos y prefirió agradecer a Dios el que estaba aún vivo.
Ese ejemplo vivencial es oportuno, porque la pobre mujer de esta historia consumió su vida sin poder entender y perdonar; durante el resto de su existencia cargó el sufrimiento; creo que ya ha debido morir llevándose ese odio sin liberarse, mientras mi amigo, que llegó a los cien años de existencia, en gran parte los vivió y disfrutó de las mañanas, de la vida y apreció que su alma fue libre. Ese confinamiento lo tomó como una experiencia de vida.
El perdón es una opción que Dios nos da; su palabra viene del latín per, que significa pasar por encima, regalar, de manera que sí es posible pasar por encima de nuestras penas y dolores; de esta manera seremos más felices. Pensémoslo bien y veremos que es posible hacerlo para engrandecer nuestro espíritu y ser superiores a las adversidades y circunstancias.
La vida no es fácil; muchas cosas leves o graves nos suceden. En muchos casos, perdonar es muy difícil, pero si somos superiores a las circunstancias, se puede lograr y experimentar esa paz interior que todos anhelamos.

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