Pero sigue siendo el rey: David Ospina y un adiós con las manos en lo alto
El Rey David ha dejado su trono… o, al menos, se ha despedido del suelo que lo vio convertirse en leyenda.
El Rey David ha dejado su trono… o, al menos, se ha despedido del suelo que lo vio convertirse en leyenda. La noche de ayer en el Estadio Atanasio Girardot no fue una jornada cualquiera; fue el cierre de un círculo perfecto que tardó dos décadas en completarse. El fútbol, que a veces es esquivo con la justicia, le permitió a David Ospina marcharse de la que siempre será su casa de la única manera que sabe hacerlo: rozando la gloria.

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La historia del arco verdolaga no se puede contar sin él. Surgido de la inagotable cantera de la Escuela Alexis García, siendo apenas un niño con guantes demasiado grandes, pasó a las divisiones inferiores de Atlético Nacional. Su talento no pedía permiso; exigía paso. Con solo 16 años ya entrenaba con el equipo profesional, ganándose un lugar en la nómina del título de 2005. Tras un 2006 de maduración y paciencia, el destino le otorgó la responsabilidad absoluta en 2007. Con escasos 18 años y bajo la dirección de Óscar Héctor Quintabani, aquel jovencito de rostro adolescente se agigantó para liderar el histórico bicampeonato. Siendo un juvenil, ya sumaba tres estrellas con el equipo de sus amores, siendo el pilar y la gran figura en las últimas dos.

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El Atanasio le quedó chico y el mundo reclamó su vuelo. Niza, el mítico Arsenal de Inglaterra, la mística del Nápoles y el exótico fútbol árabe supieron de sus reflejos. En paralelo, se adueñó sin discusión del arco de la Selección Colombia, convirtiéndose en el cerrojo de las inolvidables gestas de Brasil 2014 y Rusia 2018.
Pero el buen hijo siempre vuelve a casa. En 2024, con el peso de la gloria sobre sus hombros, regresó a Nacional para reescribir su idilio con la fanaticada verdolaga. Y vaya si lo cumplió. Sumó a las vitrinas una nueva Liga y una Copa Colombia. Anoche, como si el tiempo no hubiera pasado, firmó una actuación destacada para sellar la clasificación de Nacional a una nueva final de la Liga.

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Al sonar el pitazo final, la emoción desbordó el cemento del coloso de la 74. Entre lágrimas, con su hijo de la mano, arropado por el abrazo fraterno de sus compañeros y bajo el estruendoso cántico de una tribuna que coreaba su nombre, el Rey David levantó sus manos. Un saludo, una reverencia y un adiós.
Su contrato finaliza el próximo 30 de junio, pero las canchas colombianas no lo verán más en esta campaña. El deber patrio lo llama: la Selección Colombia y la cita orbital lo esperan. Ante la oleada de comentarios desinformados en redes sociales que tildaron su partida como una "traición" o un abandono en plena fase definitiva, la realidad jurídica y profesional pone las cosas en su lugar. No es un capricho; es la ley del fútbol. La circular oficial de la FIFA es taxativa: “El periodo de descanso, preparación y cesión obligatoria de los jugadores para el Mundial de la FIFA 2026 empezará el 25 de mayo de 2026, el día después del último partido oficial con sus clubes”. Ospina no elige irse; cumple con el reglamento de un deporte al que le ha entregado la vida.

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Se va el Rey. Atrás queda el recuerdo de aquel muchacho de 2005, con la pubertad aún en la piel y la timidez del debutante. Hoy, en este mayo de 2024, se despide el hombre, el mito de los 20 años de carrera impecable. David Ospina no traiciona a nadie; al contrario, se marcha habiendo pagado con creces cada gramo de amor que la hinchada le dio. El arco de Nacional queda clasificado, pero el trono del Rey David… ese tardará mucho tiempo en volver a ocuparse.
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