(OPINIÓN) Todos los nudos llegan al peine: Santos, la Corte y el plebiscito robado. Por: Martín Eduardo Botero
En Italia se dice que tutti i nodi vengono al pettine todos los nudos llegan al peine. Y en Colombia, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado, también hay verdades que tarde o temprano revientan en la cara de quienes las ocultaron. Esta semana, con voz entrecortada y la mirada perdida en el pas
En Italia se dice que tutti i nodi vengono al pettine todos los nudos llegan al peine. Y en Colombia, aunque nos empeñemos en mirar para otro lado, también hay verdades que tarde o temprano revientan en la cara de quienes las ocultaron.
Esta semana, con voz entrecortada y la mirada perdida en el pasado, el expresidente Juan Manuel Santos confesó algo devastador: un magistrado de la Corte Constitucional, sí, la misma que debía ser garante de la legalidad del proceso de paz le ofreció “tumbar el plebiscito”. Así, sin pudor. Así, como quien ofrece un favor político, no un pronunciamiento jurídico. Santos no aceptó dice, pero tampoco denunció.
¿Quién fue ese magistrado? ¿Está hoy cerca del presidente Petro?
Las preguntas que deja flotando el propio Santos, lejos de calmar las aguas, confirman lo que muchos han sospechado por años: que el plebiscito no fue simplemente ignorado, sino activamente saboteado desde dentro de las instituciones. Que la Corte Constitucional dejó de ser un tribunal y se convirtió en un actor político más, funcional, al interés del poder y no al derecho.
No es la primera vez que el expresidente suelta estas perlas de cinismo. Ya lo había hecho al reconocer que la “implementación” del Acuerdo se haría “por las malas o por las malas”. Pero esta vez fue diferente: no fue soberbia, fue debilidad. Se quebró la voz. Porque, quizás, comprendió que el daño es irreversible. Y que las consecuencias de aquella traición institucional aún nos persiguen hoy, bajo un gobierno que también desprecia la legalidad, que hostiga a la justicia independiente y que sueña con plebiscitos perpetuos.
La confesión de Santos es, en realidad, una autoincriminación moral y política. Si un magistrado le ofreció manipular una decisión soberana del pueblo y él calló, falló como jefe de Estado. Si la Corte era capaz de proponerle semejante barbaridad, falló como república. Y si hoy guarda el nombre por temor o conveniencia, sigue fallando como ciudadano.
El drama institucional colombiano no empezó con Petro, pero con él se ha profundizado. Lo que fue sutil bajo Santos, cooptación, negociación, mermelada, hoy es brutal: amenazas, chantajes, descertificaciones. Petro no ignora los fallos: los insulta. No controla las cortes: las invade con decretos y clientelismo judicial.
Pero no se equivoquen. El hilo de esta madeja empieza en 2016, con el plebiscito robado y la Corte domesticada.
Hoy, cuando Santos dice que no aceptó el “ofrecimiento” de ese magistrado, nos da una pista: hubo quienes sí lo hicieron. Y quizás todavía están decidiendo sobre nuestras vidas, derechos y libertades.
En Colombia, como en toda república herida, no hay nada oculto entre el cielo y la tierra que no termine saliendo a la luz. Los nudos siempre llegan al peine. Amén.

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