(OPINIÓN) ¿Qué le decimos a Joaquín? Por: Santiago Valencia G
“Tío… ¿Por qué ese joven de 14 años le hizo eso a Miguel?” La pregunta vino de Joaquín, mi sobrino de nueve años, y cayó sobre la mesa del comedor de la abuela como un rayo seco. Nos heló. Estábamos todos ahí: mis hijos, Benjamín y Eloísa, con la boca llena y los ojos abiertos, …
“Tío… ¿Por qué ese joven de 14 años le hizo eso a Miguel?”
La pregunta vino de Joaquín, mi sobrino de nueve años, y cayó sobre la mesa del comedor de la abuela como un rayo seco. Nos heló. Estábamos todos ahí: mis hijos, Benjamín y Eloísa, con la boca llena y los ojos abiertos, que también me increpaban. Se hizo un silencio espeso, incómodo, como si el aire mismo se hubiera detenido por un instante. Nadie quiso ser el primero en hablar, pero todos sabíamos que me tocaba a mí.
Lo miré, tratando de sostenerle la mirada sin que notara el temblor en la mía. Y con voz baja, le dije lo único que pude en ese momento:
“Porque hay gente mala, Joaquín. Gente que no es capaz de discutir con argumentos y que, cuando se queda sin razones, recurre a la violencia.”
Asintió en silencio, como quien recibe una explicación incompleta, pero suficiente, al menos por ahora, para calmar la angustia. Y, sin embargo, su pregunta quedó flotando en el aire. Se quedó conmigo todo el día, y toda la noche. Y aún hoy no me deja.
Porque esa misma pregunta, algún día, la hará el hijo de Miguel. Y ya la hicieron los hijos del ministro Rodrigo Lara, cuando la cobardía lo mató frente a su casa. Y también los hijos de Luis Carlos Galán, que vieron a su padre caer por atreverse a decir en voz alta lo que otros apenas susurraban. Esa pregunta, dolorosa, honesta, inocente, es la misma que se repite generación tras generación en este país que aún no ha aprendido a vivir sin matarse.
¿Qué les decimos? ¿Cómo explicarles que Colombia vale la pena?
Miguel sobrevivió. Eso ya es un milagro. Rezamos a Dios para que termine de recuperarse. Pero también es una señal. Una oportunidad para recordar que, a pesar del odio, hay algo que no han logrado arrebatarnos: las ganas de vivir, de luchar, de creer en algo mejor.
Colombia vale la pena. Porque aun con todas sus heridas, este país está lleno de gente que ama, que trabaja, que sueña. Vale la pena porque hay millones de personas que no han soltado la esperanza. Porque cada día hay padres que mandan a sus hijos al colegio esperando que regresen sanos y salvos. Porque todavía hay jóvenes que creen en el verdadero cambio sin necesidad de destruir.
La democracia vale la pena. Aunque sea imperfecta, aunque esté herida, aunque a veces parezca frágil o lejana. Porque es la única vía que nos permite disentir sin matarnos. Es la promesa de que podemos ser distintos y aun así convivir. Es el espacio donde las palabras valen más que las balas.
Queremos vivir en paz, Joaquín. Pero no una paz silenciosa, ni una paz por cansancio. Queremos una paz verdadera. Una en la que no tengamos que explicar por qué un niño se convirtió en sicario. Una paz donde podamos opinar y trabajar sin miedo. Donde tus preguntas solo hablen de juegos, de estrellas, de sueños.
Hoy no tengo todas las respuestas. Pero tengo una certeza: no podemos rendirnos. No podemos dejarles a ustedes un país resignado. Nuestra tarea es inmensa, pero empieza con no callarnos. Con seguir creyendo. Con defender la vida y la democracia, incluso cuando duelen.
Y algún día, Joaquín, cuando seas grande y vuelvas a hacerme esa pregunta, espero poder decirte, con el corazón en paz: luchamos para que eso no volviera a pasar. Y valió la pena.

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