(OPINIÓN) Petróleo, poder y transición: Venezuela en el tablero mayor. Por: Victor Hugo Ospina Torres
La política internacional no se mueve solo por principios; se mueve por energía, seguridad y credibilidad.
La política internacional no se mueve solo por principios; se mueve por energía, seguridad y credibilidad. En ese cruce, Venezuela vuelve a ser epicentro. Declaraciones atribuidas a Donald Trump reforzadas por el tono duro de Marco Rubio han reactivado una tesis histórica: cuando el Estado se confunde con economías ilícitas, Estados Unidos privilegia la realpolitik. El eje es claro: petróleo, orden y transición.
La tesis energética
La idea de una administración internacional del petróleo venezolano —presentada como rescate de capitales y restitución a inversionistas— conecta con un pasado donde empresas norteamericanas operaron con estabilidad. El argumento sostiene que gestión técnica + reglas claras pueden reflotar producción, generar divisas y financiar una transición. Incluso se insinúa un mercado abierto (ventas a China, Rusia u otros), bajo la lógica de seguridad de suministro.
La pregunta incómoda no es si la producción puede subir —puede—, sino a qué costo político. ¿Prosperidad tutelada o soberanía erosionada? La historia latinoamericana muestra que crecimiento sin legitimidad es frágil; legitimidad sin crecimiento también. El equilibrio es el desafío.
Transición: ¿con quién y cómo?
En el debate se relativiza el peso de liderazgos opositores —como María Corina Machado— y se plantea una transición administrada, con incentivos y presiones. Al mismo tiempo, voces del oficialismo —Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez— aparecen en relatos de negociación bajo coerción: acuerdos parciales, garantías, tiempos.
Aquí el dilema es clásico: paz negociada vs. justicia plena. Sin debido proceso y hojas de ruta verificables, la transición corre el riesgo de congelar impunidades. Con maximalismo punitivo, puede bloquearse.
Seguridad hemisférica
Cualquier arreglo energético fracasa si no se aborda el control territorial. Bandas transnacionales como el Tren de Aragua, colectivos armados y redes de contrabando minan al Estado. A ello se suma la frontera colombo-venezolana, donde operan FARC y ELN. Un frente común —inteligencia, finanzas ilícitas, control fluvial y terrestre— es condición necesaria para que la inversión no sea rehén de la violencia.
Mercados y moneda
Venezuela ya opera con una dolarización de facto. Una administración técnica del crudo ancla expectativas, reduce riesgo país y reactiva crédito comercial. Los mercados reaccionan a probabilidades, no a discursos. Si hay señales creíbles (contratos, arbitraje, transparencia), el capital entra. Si no, sale.
Colombia: riesgo y oportunidad
Para Colombia, el tablero se redefine. Riesgo, por rebotes de violencia y migración. Oportunidad, por energía, comercio y seguridad compartida con un aliado mayor. Pero el espejo venezolano impacta la política doméstica.
Estados Unidos ha sido crítico con Gustavo Petro; el clima preelectoral se polariza. Figuras como Iván Cepeda cargan el peso de narrativas heredadas; otros aspirantes —Abelardo De La Espriella, Paola Holguín, Roy Barreras— deberán definir postura frente a Washington: seguridad, economía ilícita y credibilidad fiscal.
La lección económica es concreta: ilusión salarial sin productividad alimenta inflación; formalización, competencia y oferta la contienen. Un vecino estable y un marco regional de seguridad reducen costos y amplían mercados para Colombia.
¿Patio trasero o plataforma de despegue?
La pregunta final incomoda, pero ordena el debate: ¿es preferible una prosperidad tutelada a la pobreza soberana? La respuesta no es binaria. Prosperidad con reglas propias exige instituciones fuertes, no tutelas eternas. Si la intervención —explícita o de facto— restaura producción, reduce crimen y convoca elecciones creíbles, habrá ganado tiempo. Si congela poder y externaliza decisiones sin legitimidad, habrá sembrado la próxima crisis.
Conclusión
Venezuela está ante un punto de inflexión donde energía, seguridad y política se alinean. Colombia puede beneficiarse si apuesta por Estado de derecho, cooperación real y economía productiva. En el hemisferio, la estabilidad no se decreta: se construye con reglas, inversión y justicia. El petróleo abre la puerta; las instituciones deciden si se cruza.

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