Saltar al contenido

(OPINIÓN) Petro responsable. Por: Santiago Valencia González

La historia política enseña que las palabras de un gobernante nunca son inocentes. Cada frase, cada gesto, cada símbolo lanzado desde el poder, puede convertirse en combustible para la violencia o en bálsamo para la reconciliación. La responsabilidad política no es un concepto abstracto: es la oblig

R
Redacción IFM
6 min lectura
Escuchar artículo
Petro responsable. Por: Santiago Valencia González

La historia política enseña que las palabras de un gobernante nunca son inocentes. Cada frase, cada gesto, cada símbolo lanzado desde el poder, puede convertirse en combustible para la violencia o en bálsamo para la reconciliación. La responsabilidad política no es un concepto abstracto: es la obligación moral y ética que tienen los líderes de responder por el clima que generan. Y hoy, frente al asesinato de Miguel Uribe Turbay, esa responsabilidad recae directamente sobre Gustavo Petro.

Resulta inevitable recordar que cuando él era oposición, no dudaba en señalar a gobiernos anteriores por la violencia que lo golpeaba. Cada atentado contra un dirigente de izquierda era, según sus palabras, consecuencia de la complicidad o de la inacción del Estado. Petro exigía garantías, denunciaba estigmatización y acusaba a los presidentes de turno de fomentar un ambiente hostil contra la oposición. ¿Por qué hoy pretende escabullirse de esa misma vara con la que antes midió a otros?

La verdad es que Petro no ha sido un presidente que apague incendios: ha sido quien los atiza. Desde la tarima ondeó la bandera de la “lucha a muerte”, con la espada de Bolívar en la mano como si su mandato fuera un campo de batalla. En sus redes sociales convirtió a los contradictores en enemigos a exterminar: “No pasarán”, escribió en su momento contra Miguel Uribe, como si la diferencia política fuera una guerra y no un debate. No se trató de un exabrupto aislado: decenas de mensajes y discursos han sembrado la idea de que quienes piensan distinto son culpables de todos los males, merecedores de odio y de exclusión.

El resultado está a la vista. Un muchacho de apenas 15 años disparó contra un senador de la República, contra un joven padre de familia, contra un candidato presidencial que representaba una esperanza. Y aunque la justicia dirá quiénes fueron los autores materiales, nadie puede negar que detrás del gatillo había un ambiente enrarecido, construido palabra por palabra desde el Palacio de Nariño. Esa es la responsabilidad política que Petro no puede negar.

Hoy la democracia colombiana sangra. No es la primera vez que la violencia nos arrebata una voz, pero cada vez duele más porque la advertencia estaba ahí: la polarización, el odio y la estigmatización se vuelven balas. Miguel lo sabía, lo denunció, lo enfrentó, y aun así creyó en la democracia. Por eso duele tanto, porque lo que él defendía con convicción fue lo que terminó costándole la vida.

Pero aquí estamos, de pie. No hay garantías, es cierto. El gobierno no ofrece protección, ni respeto, ni siquiera empatía. Sin embargo, no claudicaremos. Seguiremos luchando porque Miguel nos enseñó que vale la pena. Que Colombia vale la pena. Que la democracia, aun herida, aun atacada, sigue siendo nuestro único camino.

Hoy el llamado es claro: no nos resignemos al silencio ni a la violencia. No permitamos que la narrativa del odio se imponga. Que la muerte de Miguel no sea un punto final, sino un punto de quiebre. Que su voz, ahora multiplicada en miles, nos recuerde que no pasarán —pero esta vez no por odio, sino porque no dejaremos que maten la esperanza.

La historia política enseña que las palabras de un gobernante nunca son inocentes. Cada frase, cada gesto, cada símbolo lanzado desde el poder, puede convertirse en combustible para la violencia o en bálsamo para la reconciliación. La responsabilidad política no es un concepto abstracto: es la obligación moral y ética que tienen los líderes de responder por el clima que generan. Y hoy, frente al asesinato de Miguel Uribe Turbay, esa responsabilidad recae directamente sobre Gustavo Petro.

Resulta inevitable recordar que cuando él era oposición, no dudaba en señalar a gobiernos anteriores por la violencia que lo golpeaba. Cada atentado contra un dirigente de izquierda era, según sus palabras, consecuencia de la complicidad o de la inacción del Estado. Petro exigía garantías, denunciaba estigmatización y acusaba a los presidentes de turno de fomentar un ambiente hostil contra la oposición. ¿Por qué hoy pretende escabullirse de esa misma vara con la que antes midió a otros?

La verdad es que Petro no ha sido un presidente que apague incendios: ha sido quien los atiza. Desde la tarima ondeó la bandera de la “lucha a muerte”, con la espada de Bolívar en la mano como si su mandato fuera un campo de batalla. En sus redes sociales convirtió a los contradictores en enemigos a exterminar: “No pasarán”, escribió en su momento contra Miguel Uribe, como si la diferencia política fuera una guerra y no un debate. No se trató de un exabrupto aislado: decenas de mensajes y discursos han sembrado la idea de que quienes piensan distinto son culpables de todos los males, merecedores de odio y de exclusión.

El resultado está a la vista. Un muchacho de apenas 15 años disparó contra un senador de la República, contra un joven padre de familia, contra un candidato presidencial que representaba una esperanza. Y aunque la justicia dirá quiénes fueron los autores materiales, nadie puede negar que detrás del gatillo había un ambiente enrarecido, construido palabra por palabra desde el Palacio de Nariño. Esa es la responsabilidad política que Petro no puede negar.

Hoy la democracia colombiana sangra. No es la primera vez que la violencia nos arrebata una voz, pero cada vez duele más porque la advertencia estaba ahí: la polarización, el odio y la estigmatización se vuelven balas. Miguel lo sabía, lo denunció, lo enfrentó, y aun así creyó en la democracia. Por eso duele tanto, porque lo que él defendía con convicción fue lo que terminó costándole la vida.

Pero aquí estamos, de pie. No hay garantías, es cierto. El gobierno no ofrece protección, ni respeto, ni siquiera empatía. Sin embargo, no claudicaremos. Seguiremos luchando porque Miguel nos enseñó que vale la pena. Que Colombia vale la pena. Que la democracia, aun herida, aun atacada, sigue siendo nuestro único camino.

Hoy el llamado es claro: no nos resignemos al silencio ni a la violencia. No permitamos que la narrativa del odio se imponga. Que la muerte de Miguel no sea un punto final, sino un punto de quiebre. Que su voz, ahora multiplicada en miles, nos recuerde que no pasarán —pero esta vez no por odio, sino porque no dejaremos que maten la esperanza.

Compartir:

Noticias relacionadas