(OPINIÓN) La mentira como forma de gobierno. Por: Santiago Valencia González
Todo encajó ese 20 de julio. Después de casi tres horas de discurso, entendí que no había sido una excepción, ni un exceso de retórica, ni un mal día. Era simplemente eso: la confirmación de que este gobierno se sostiene sobre un único pilar sólido… la mentira. No fue un lapsus, fue un patrón que [&
Todo encajó ese 20 de julio. Después de casi tres horas de discurso, entendí que no había sido una excepción, ni un exceso de retórica, ni un mal día. Era simplemente eso: la confirmación de que este gobierno se sostiene sobre un único pilar sólido… la mentira.
No fue un lapsus, fue un patrón que ya conocemos: tomar una media verdad, envolverla en ideología, adornarla con cifras falsas y lanzarla al aire como si fuera revelación divina. Y el problema no es solo la mentira en sí. Es que detrás de cada una hay una estrategia de manipulación, una renuncia al deber, una justificación para no gobernar.
“El narcotráfico ya no es colombiano”, dijo Petro, como si con eso pudiera borrar de un plumazo las selvas tomadas por las disidencias, los corredores del Clan del Golfo o el miedo que aún sienten los campesinos del Cauca y el Catatumbo.
No fue una declaración técnica. Fue un acto de rendición. Un Presidente que no combate al enemigo, lo disfraza de extranjero.
“El carbón colombiano financia bombas en Israel”, lanzó sin sonrojarse. No hubo fuentes, ni pruebas, ni contexto. Solo una frase diseñada para sonar bien en las tribunas internacionales y desviar la atención de su propia crisis energética. Mientras tanto, las térmicas se apagan, los embalses se secan y los recibos de luz siguen subiendo.
“Hay un cartel de la insulina”, gritó. Como si las medicinas se escondieran por maldad y no por la desfinanciación brutal que su gobierno le ha impuesto al sistema de salud. A Sanitas la llevaron al colapso. A las EPS las persiguen con discursos. A los pacientes, los dejan sin tratamientos. Pero todo se resuelve con un enemigo inventado.
“Mis reformas fueron celebradas por todos”, aseguró. Como si no hubiésemos visto los chantajes, las compras de votos, las promesas de contratos. Como si el Congreso no estuviera más dividido que nunca y el país más desconfiado que antes. Pero una cosa es que aplaudan… y otra muy distinta es que crean.
Y en medio de tantas distorsiones, lanzó su mentira favorita: “La economía va mejor que nunca”. Díganselo al tendero que cerró, al joven que no consigue empleo, al campesino que dejó de sembrar por falta de crédito. Colombia no crece gracias a él. Colombia crece a pesar de él. Por sus regiones, por su gente, por su resistencia.
Y sí, habló incluso de Antioquia… Con la misma desfachatez con la que ignora nuestras necesidades, ahora pretende colgarse la medalla de nuestro progreso. Pero Antioquia no es resultado de sus políticas, sino de su resistencia. Aquí no nos regalaron nada: crecimos a pulso, mientras nos recortaban el presupuesto, saboteaban el Túnel del Toyo y frenaban proyectos estratégicos como Puerto Antioquia. Antioquia no lo necesita para avanzar.
Y si Antioquia resiste, Colombia se salva.
El discurso del 20 de julio fue el resumen perfecto de un modelo de poder que no necesita resultados, sino relatos. Un gobierno que no se basa en la verdad, sino en la narrativa. Que no enfrenta los problemas, los maquilla. Que no busca soluciones, busca culpables.
Pero lo más peligroso no es que mienta. Es que ya ni siquiera intenta disimularlo. Porque cuando la mentira se vuelve rutina…es cuando más cerca estamos del abismo.

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