(OPINIÓN) La historia que mi generación entendió tarde. Por: Juan Esteban García
Hay momentos en que la mística de un país cambia sin hacer ruido. No es un estruendo, es un giro silencioso, casi imperceptible, como cuando amanece y nadie distingue el instante exacto en que la noche se rinde.
Hay momentos en que la mística de un país cambia sin hacer ruido. No es un estruendo, es un giro silencioso, casi imperceptible, como cuando amanece y nadie distingue el instante exacto en que la noche se rinde. Así nacen las épocas. Algo parecido ocurrió cuando Alexander Von Humboldt y Simón Bolívar conversaron sobre el destino de América y de ese diálogo surgió más que admiración: Surgió la convicción de que la historia podía torcerse si alguien se atrevía a imaginarla distinta. Los países, como los hombres, cambian cuando alguien cree de verdad que pueden cambiar.
Pienso entonces en otra escena, menos solemne pero igual de reveladora. Un niño en Salgar escucha la pregunta inevitable: “¿Qué quiere ser cuando grande?”. No duda, no sonríe, no improvisa. Responde con una seriedad que desentona con su edad: presidente de Colombia. Ese niño era Álvaro Uribe Vélez. Hay respuestas infantiles que no son fantasías sino anticipos, frases tempranas que el tiempo se encarga de convertir en destino.
Cuando llegó al poder, bastaba recorrer carreteras con el presentimiento constante del peligro, oír conversaciones en voz baja sobre secuestros, percibir en las instituciones una fragilidad cercana a la ausencia y sentir en el ánimo colectivo una resignación espesa, como si el país estuviera condenado a ser siempre una promesa inconclusa. Su gobierno no fue perfecto ninguno lo es, porque la política es oficio humano y por tanto falible, pero alteró el pulso nacional de una manera difícil de medir y fácil de percibir: Devolvió la sensación de que el Estado existía de verdad y no solo en discursos. Y cuando una sociedad siente que el orden regresa, empieza también a sentir que el futuro deja de ser amenaza y vuelve a ser posibilidad.
Ese cambio no fue únicamente de seguridad o de indicadores económicos; fue, sobre todo, un cambio de espíritu. Colombia dejó de hablar exclusivamente de sobrevivir de resistir, de aguantar, de esquivar y comenzó a hablar de avanzar, de invertir, de proyectarse. Como escribió G. K. Chesterton, “El verdadero soldado lucha no porque odie lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás”; y en esa frase late una verdad profunda sobre el liderazgo auténtico: el que moviliza no es el resentimiento, sino la convicción de que hay algo valioso que merece ser defendido y construido.
Hoy, en contraste, la atmósfera del gobierno de Gustavo Petro y de sus herederos chavistas es la de un experimento ideológico que juega con el destino del país, que coquetea con recetas fracasadas y que parece más interesado en reescribir la realidad que en gobernarla; un rumbo que inquieta porque, allí donde ese libreto se ha aplicado con retórica redentora y desprecio por los contrapesos, el resultado ha sido siempre el mismo: economías asfixiadas, instituciones debilitadas y ciudadanos cada vez más dependientes de un poder que promete salvarlos mientras les reduce el margen para disentir.
Las generaciones no se definen por lo que proclaman, sino por lo que eligen; por eso, antes de votar, vale la pena mirar atrás y preguntarles a nuestros padres cómo era el país que recibió Álvaro Uribe Vélez, porque a veces la memoria es la forma más honesta de conciencia.

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