(OPINIÓN) La asfixia fiscal del sector minero: un manejo infausto del gobierno de Petro. Por: Nicolás Echeverry Alvarán
En el corazón de las montañas colombianas, donde los metales preciosos prometen prosperidad, se está gestando una crisis silenciosa.
En el corazón de las montañas colombianas, donde los metales preciosos prometen prosperidad, se está gestando una crisis silenciosa. Las empresas exportadoras de metales preciosos, que representan el 14% de las exportaciones nacionales actualmente, pilares de la economía y fuentes vitales de empleo, están al borde del colapso debido a un sistema fiscal asfixiante diseñado para estrangular, en lugar de nutrir, a este sector crucial del país.
Imaginen un negocio en el cual, los márgenes de utilidad son ya extremadamente estrechos, apenas suficientes para mantener las operaciones a flote. Ahora, añadan a esta ecuación una serie de gravámenes exorbitantes que, entre IVA, regalías y contribuciones adicionales, suman más del 50% de los ingresos operativos. El resultado es una receta infalible para el desastre financiero y un incentivo perverso hacia la informalidad.
Las empresas mineras legales de Colombia, hoy se encuentran atrapadas en una red fiscal asfixiante, cada transacción está sujeta a múltiples capas de impuestos que erosionan cualquier posibilidad de ganancia. Este escenario no solo pone en riesgo, la supervivencia de las empresas formales, sino que también está fomentando activamente la economía subterránea y el contrabando de metales preciosos.
En 2024, la minería ilegal continúa siendo un problema grave en Colombia, especialmente por sus impactos ambientales, sociales y de seguridad. La extracción de oro ilegal va superar al narcotráfico como una de las principales fuentes de ingresos para los grupos criminales, lo que ha incrementado la violencia, abusos a los derechos humanos y la degradación del medio ambiente. Según datos recientes, aproximadamente 64,000 hectáreas en Colombia están afectadas por la minería ilegal, muchas de ellas en áreas sensibles como la Amazonía, donde las comunidades indígenas enfrentan desplazamientos y la contaminación de fuentes de agua por el uso de mercurio y cianuro.
En respuesta, el gobierno colombiano ha colaborado con países vecinos como Brasil y Perú en operaciones militares conjuntas para combatir estas actividades, enfocándose en desmantelar campamentos mineros y destruir maquinaria pesada,particularmente en zonas remotas. Sin embargo, el problema sigue siendo de gran magnitud debido a la ubicación aislada de muchas de estas operaciones.
El impacto ambiental es considerable, contribuyendo a la deforestación y la contaminación por mercurio. Aunque el uso de mercurio fue prohibido en 2018, sigue siendo común en la minería ilegal, afectando tanto los ecosistemas como la salud humana. Los esfuerzos por formalizar la minería a pequeña escala han tenido éxito limitado, debido a las trabas burocráticas que enfrentan los mineros, lo que los obliga a seguir operando en la ilegalidad.
La ironía es palpable
El sistema minero que está diseñado supuestamente para asegurar el cumplimiento fiscal está empujando a todo un sector hacia la iliquidez, la informalidad o, peor aún, hacia canales ilegales de comercialización que fortalecen estructuras criminales. Las fronteras porosas de Colombia, como la de Venezuela y Panamá, se están convirtiendo en rutas de escape para estos valiosos recursos, privando al país de ingresos legítimos y alimentando redes de contrabando que generan pérdidas de hasta $600 millones de dólares anuales, según cifras de la DIAN de 2024.
El impacto va mucho más allá de los balances financieros. Comunidades mineras enteras, cuya subsistencia depende exclusivamente de esta actividad, se ven forzadas a elegir entre el hambre y la ilegalidad. Familias que antes operaban dentro del marco de la ley ahora se encuentran atrapadas en un ciclo vicioso de informalidad y riesgo, perpetuando prácticas que el gobierno asegura querer erradicar.
El Gobierno Nacional, en su ceguera ante esta realidad, está inadvertidamente fomentando un éxodo de riqueza mineral. Cada gramo de oro que cruza ilegalmente la frontera representa no solo una pérdida económica, sino un fracaso en la gobernanza y un golpe a la integridad territorial del país.
Estas empresas formales, lejos de ser el problema, son la solución. Son baluartes contra la informalidad y el contrabando, ofreciendo no solo empleos dignos sino también una vía para que los recursos naturales de Colombia beneficien realmente a sus ciudadanos y al fisco nacional.
El desinterés del Estado es más que negligencia; es un catalizador de ilegalidad. Mientras el gobierno se enfoca en políticas cortoplacistas, está creando un terreno fértil para actividades ilícitas que socavan la seguridad y el desarrollo sostenible del país.
Es imperativo que el gobierno actúe ahora. Necesitamos una revisión urgente de estas políticas fiscales asfixiantes y un diálogo genuino con el sector. De lo contrario, Colombia no solo perderá empresas y empleos, sino que verá cómo sus valiosos recursos se desvanecen a través de sus fronteras, alimentando economías ilegales y dejando tras de sí comunidades devastadas y un Estado empobrecido.
El reloj está corriendo, y cada día de inacción fortalece las redes de informalidad y contrabando. Es hora de que el gobierno reconozca que una minería formal y bien regulada es la mejor defensa contra la ilegalidad y la fuga de recursos. La elección es clara: actuar ahora para salvaguardar la riqueza mineral de Colombia y el bienestar de sus comunidades, o ser cómplice silencioso de su desaparición en las sombras de la economía ilegal.

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