(OPINIÓN) ¿Justicia o ruptura cultural? El trasfondo de la condena a Uribe. Por: Andrés Molina González
La condena a Álvaro Uribe Vélez no solo marca un hito judicial, sino que revela una fractura profunda en el alma cultural de Colombia. La juez que firmó la sentencia podrá decir que aplicó la ley, pero los pueblos que no leen el Código Penal, sino las señales de la historia, saben que este fallo tie
La condena a Álvaro Uribe Vélez no solo marca un hito judicial, sino que revela una fractura profunda en el alma cultural de Colombia. La juez que firmó la sentencia podrá decir que aplicó la ley, pero los pueblos que no leen el Código Penal, sino las señales de la historia, saben que este fallo tiene más de símbolo que de sustancia.
Desde la óptica de la justicia multicultural, lo que está ocurriendo excede el plano jurídico. Como bien lo expresó Edward T. Hall, las culturas de alto contexto como la colombiana se tejen en el silencio, la jerarquía y los vínculos no escritos. Uribe, más que un expresidente, era (y para muchos sigue siendo) un referente implícito de orden, autoridad y familiaridad. Tocarlo es tocar la red invisible que estructura las relaciones sociales.
Pero se ha tocado. Y no sin consecuencias.
Únete al canal de WhatsApp de IFMNOTICIAS para estar informado de manera oportuna y con detalle. IFMNOTICIAS · Información de VerdadUnirmeDe la distancia al colapso. Según Hofstede, Colombia es una sociedad con alta distancia del poder. Las figuras de autoridad no solo se respetan: se idealizan. Se legitiman, muchas veces, no por lo que hacen, sino por lo que representan. En este sentido, la condena de Uribe constituye un desafío sin precedentes al orden cultural. Rompe una regla tácita: los íconos nacionales no se juzgan como cualquier ciudadano. El fallo borra esa línea, y en su lugar instala un vacío simbólico.
Este golpe no es solo político. Es emocional. Trompenaars lo explicaría así: en culturas afectivas, como la colombiana, el juicio racional se ve inevitablemente atravesado por los sentimientos. Por eso no sorprende que los seguidores del expresidente no estén leyendo la sentencia como un análisis jurídico, sino como una traición al pacto emocional que tienen con su líder.
¿Qué justicia es esta? ¿Puede una justicia desconectada de los códigos culturales ser verdaderamente legítima? Lo que a ojos de una élite jurídica es una muestra de institucionalidad, para muchos es un acto de humillación. El problema no es si Uribe es culpable o inocente, esa discusión legal le pertenece a los expedientes, sino si el país está culturalmente preparado para este tipo de veredictos.
Y no lo está. La justicia, para ser justicia, debe ser comprendida, aceptada y sentida como tal. Hoy, la mitad del país esa que aún ve en Uribe al defensor de la patria— no reconoce esta decisión como justa. No porque no entienda el Código Penal, sino porque se siente excluida del proceso. Y eso, en un país herido, es peligrosamente inflamable.
Una fractura que apenas comienza. La condena no cierra un ciclo: lo abre. No pacifica: polariza. No unifica: fragmenta. La ruptura cultural que se gesta en este fallo irá más allá del 2026. Porque cuando se rompen símbolos, no basta con redactar nuevos decretos. Hay que reconstruir códigos comunes, lenguajes compartidos, puentes entre visiones opuestas del país.
Y eso, como bien saben los que entienden de culturas, no se logra con sentencias.

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